miércoles, 27 de octubre de 2010

Capítulo XVIII


- No se por donde comenzar.- Dijo Tiago.
- Pues comienza por algo ¡Coño!- Contestó el muchacho pronunciando la primera mala palabra de su vida.
- Bien - contestó el anciano, aunque no comenzó a hablar de inmediato, se tomó un tiempo para pensar y arrancó haciéndolo lentamente. – Pertenezco a una antigua dinastía de elegidos a los que se les ha encomendado guardar los hechizos, ya te hablaré sobre ello. –
Alonso se acomodó en el suelo, recostando su espalda contra el tronco caído de una encina, más antigua que Tiago, presintiendo que la vigilia sería un poco más extensa que el largo relato que iba a escuchar. El crepitar de la hoguera, su curiosidad, el sonido del río y la cambiante combinación de luces y sombras que las llamas producían en la cara y el cuerpo del viejo, le daban un contexto más mágico y enigmático al relato.
- No fue casualidad que hayas encontrado el libro en lo del herrero. – Continuó. – Él te llamó a ti, el manuscrito digo, a su manera hizo que lo descubrieras, que encontraras sus secretos. Piénsalo, Onofre y sus vecinos lo tuvieron siempre a su alcance, podrían haberse aprovechado de él. No pudieron, no supieron, no habían sido llamados. -
- Pero… ¿Cómo me llamó? Y… ¿Por qué? – Preguntó el joven, vacilando.
- El porque te lo contaré luego, el como tu deberías saberlo. No se como fue en tu caso, en el mío lo hizo cuando ayudé a una anciana mendiga, malherida, en las calles de Teruel. Se había caído y yacía tendida en el suelo con una pierna sangrando. La gente pasaba a su lado y no la ayudaba, yo la levanté y la llevé a su hogar, según sus indicaciones. La casa era una pocilga, una sola habitación con el techo de paja casi destruido y los animales dentro de ella. Limpié su herida y la vendé. Regresé varias veces por día durante una semana, algunas de ellas llevaba alimentos. Cuando se repuso y se pudo valer por sus medios me despedí. Como muestra de agradecimiento me dio un obsequio que era lo único de valor que tenía en su casa; me regaló el libro. –
- A mí no me sucedió eso. – Dijo Alonso.
- No siempre son iguale los llamados, tu sabrás como lo hizo contigo. -
El joven comenzó a hurgar en su memoria para recordar los detalles de su encuentro con el manuscrito. Estuvo unos segundos en silencio hasta que comenzó a contarle a Tiago:
- Un brote de peste se presentó en Toledo, tres compañeros míos murieron por ella, sentí algo de temor por mí, pero no me decidía a dejar la ciudad. El monje médico del convento terminó de ayudarme a decidir, aconsejó a Fray Gerardo quien, en base a eso, ordenó a todos los estudiantes que se fueran por un tiempo hasta que la enfermedad hubiera desaparecido. Yo no tenía donde ir, mas que a mi pueblo, a la casa de Onofre. Estuve varios días allí. Una noche me sentía muy aburrido, no tenía sueño, todos los libros que tenía ya los había leído varias veces, y el herrero dormía la mona.
Se acomodó un poco contra el árbol, como para hablar mejor.
- Era tanto el hastío que sentía que me hizo desatender una recomendación de él, de no abrir un cofre que había en la casa. Eso ahora me parece muy extraño, no me gustar romper las reglas y no respetar las normas. Quizás esa haya sido su forma de llamarme.–
- No dudes que la fue. – Acoto Tiago.
- Seguro que si. – Respondió el joven.
- Yo también recibí otro llamado, a ti te sucederá lo mismo algún día. El llamado de hallar, proteger y adiestrar a tu sucesor.
- ¿Cómo sucedió aquello? - Preguntó Alonso.
- Debía conseguir una reja y una vertedera para mi arado, que fueran más resistentes que las que tenía, el terreno que labraba era pedregoso e impiadoso con mis herramientas. Los artesanos de mi comarca no eran diestros en su fabricación, por lo que la herramienta no me era duradera. Un viajero me habló acerca de un herrero de excelencia que vivía al sur del Jarama, en Arganda, no era un lugar cercano como para transportar la herramienta desde allí, por eso me llamó la atención la recomendación, pero lo que más me extraño fue la coincidencia de la descripción del herrero y su cabaña con la de aquel lugar donde había dejado, años atrás, el libro, oculto en la ignorancia. Interpreté lo sucedido con el viajero como un llamado. No tardé mucho en prepararme y allí me dirigí. El día que llegué a la cabaña y golpee la puerta nadie respondió. Salía humo de la chimenea así que supuse que el hombre no estaría lejos de allí. Me senté a esperarlo hasta casi quedarme dormido. De pronto un sonido, que venía del interior de la morada me intrigó, abrí la puerta y entré. Todo estaba desordenado, la mayoría de las cosas desparramadas en el suelo. Tendido en un rincón, entre jadeos y quejidos, cubierto de sangre encontré al herrero. Lo socorrí lo más que pude. No mostraba el aura que me hubiera permitido sanarlo mediante un hechizo, no correspondía hacerlo, por lo que no lo hice. No pude mejorar su estado, A duras penas logró contarme acerca de los tres hombretones que lo habían atacado, “los de túnicas flordelisadas” los nombraba. Me dijo que lo habían interrogado acerca del libro y que les había hablado sobre un muchacho mudo, venido de Toledo. Cada tanto se quebraba y sollozaba entre gritos de dolor.-
- Onofre. – Dijo Alonso.
- Lo calmé y lo cuide cuanto pude. Más tarde terminé sepultándolo en el terreno que estaba detrás de su casa. –
- ¿Onofre muerto? – Preguntó con asombro el muchacho.
- Si, Ordoño y sus viles compañeros lo golpearon hasta acabarlo. – Contestó Tiago.
El joven no pudo reprimir algunas lágrimas. No había tenido una gran relación con aquel hombre, pero lo apreciaba, había sido bueno de corazón, le había brindado protección y enseñado los secretos del oficio de herrero.
Tiago comprendió su congoja. Hizo un alto en su relato y arrojó más maderos a las llamas. El frío era ahora muy intenso.
Alonso miró hacia el cielo, las estrellas estaban tan lejos que solo podía ver su luz. La muerte me ronda y busca robarme lo poco que tengo, pensó.
- Continúa contándome, quiero saber todo. – Le dijo luego al viejo con un tono apesadumbrado.
Antes de que Tiago pudiera hacerlo, el joven lo interrogó:
- ¿Quiénes eran Ordoño y sus secuaces? ¿Por qué buscaban el libro? –
El anciano inspiró profundamente como tomando fuerzas para lo que tenía que hacer, arrojó una rama más al fuego y comenzó a explicar:
- La cofradía de Antioquia es una antigua secta de casi mil años, la creó Eusebio de Nicomedia, un arriano fundamentalista. Saben de la existencia del libro de los hechizos y quieren hallarlo, necesitan hacerlo para demostrar que no hubo santos ni milagros, que todo fue magia. Querían crear su propia iglesia, su propia religión, pura según ellos. Son católicos, sus integrantes se infiltran en las órdenes religiosas pudiendo estar años en ellas, pasando desapercibidos, hasta que algún día encuentran indicios de la presencia de “el libro” y ponen en marcha toda su maquinaria para encontrarlo. En sus comienzos, bajo las órdenes de Eusebio, sus acciones eran nobles y pacíficas, al correr los años y las centurias, sus naturaleza fue cambiando; tanto por la impotencia de no avanzar en su propósito, como por la ambición desmedida de sus posteriores integrantes. Sus métodos se volvieron más y más violentos, hasta llegar a hoy en día, donde solo quieren apoderarse del poder de los hechizos para gobernarlo todo, sin importarles vidas, ni valores.- El anciano prefirió no referirse a Akunarsche, en ese momento, para no complicarle demasiado, la historia al muchacho.
- ¿Cómo descubrieron la existencia de los hechizos? Preguntó Alonso.
- Uno de los guardianes, unos cientos de años antes de la creación de la cofradía, fue poco discreto y vanidoso. Ellos lo investigaron y lo descubrieron.
- ¿Quién fue? – Preguntó el muchacho, como si pudiera conocer a alguien que había vivido, quien sabe donde, más de mil años atrás.
Quizás por eso Tiago hizo caso omiso a la pregunta y continuó:
- La cofradía tiene infiltrados en todos lados, pocas veces se los descubre, lleva mil años practicando ese arte. Generalmente están en órdenes religiosas, hay mucho poder y mucha información secreta en ellas, la de Calatrava no iba a ser la excepción. Ordoño era un cofrade y un calatraveño a la vez, aunque había perdido cierto respeto entre estos últimos. Un par de asesinatos no esclarecidos habían lanzado un hálito de sospecha hacia él. Los otros dos hombretones también practicaban la doble militancia, quizás fueron reclutados por este dentro de la orden. Los corazones corrompidos tienen un sentido muy desarrollado para detectar a sus pares. Vaya a saberse que información los llevó a la casa de Onofre, eso no lo se, yo solamente recibí el llamado de “el libro” hacia allí. Pero el punto es que mediante la tortura lograron que el herrero hablara y supieron de ti. -
A Alonso toda esa historia de intrigas y violencia, ajena a su naturaleza pacífica, le produjo un escalofrío que le recorrió todas las vértebras.
- Ahora lo saben, no debemos confiarnos en que la información haya muerto con los tres hombretones. – Dijo Tiago, y prosiguió. – Cuando Onofre me relató lo sucedido supe que todo lo ocurrido era la llamada para la búsqueda de mi heredero. El libro me había llevado hasta allí y me estaba guiando hacia ti. Luego de sepultar al herrero, partí rapidamente camino a Toledo, con la esperanza de encontrarte antes que los calatraveños apócrifos. Así sucedió, así fue que aquella mañana te encontré en el sendero. Al saludarte lo primero que observé fue tu cicatriz en el cuello, eras mudo, todos los guardianes lo hemos sido. Por eso hablamos tanto, para recuperar las palabras que no dijimos antes. –
Alonso asintió con la cabeza e increíblemente no dijo nada. Tardaría un tiempo en acostumbrase a que podía hablar.
Tiago continuó su relato:
- Eso me dio la primera pista de que eras un elegido, un guardián, faltaba solamente que probaras que eras digno de serlo. –
- ¿Cómo se prueba eso? – Preguntó el joven.
- Demostrando grandeza en el corazón, sabiduría y prudencia, pero sobre todo lo primero. Cuando en la posada aquella la niña agonizaba, me mostraste una prueba de que tenías esas condiciones. Tu preocupación por el estado de ella hizo que vencieras tu reticencia a revelar los hechizos. Eso es sabiduría y prudencia, estos en manos equivocadas pueden ser muy peligrosos. –
- Eso mismo pensé esa noche. – Acotó Alonso.
- Si, y está muy bien que lo hayas hecho. Si los posaderos no hubieran sido analfabetos habría sido igualmente en vano, no tenían el don de los hechizos.
- Eso explica muchas cosas. – Dijo el joven recordando la ira de Ordoño al haberse sentido engañado. - ¿No eran elegidos? – Peguntó.
- No, no tenían el don; aunque no todos los que lo tienen son elegidos. Ya te hablaré sobre eso. – Replicó el anciano. – Fue prudente que no me exhibieras el hechizo para que yo lo leyera ¿Qué sabías acerca de mí? Muy bien por eso. Cuando al día siguiente la niña había fallecido vi su aura brillando alrededor de su cuerpo, eso indicaba que estaba llamada a ser salvada. –
- Yo también la vi. Me llamó la atención y no supe porque se producía. –
- Ya te lo explicaré. – Contestó Tiago.
- ¡Vaya! - Exclamó Alonso. – Es cada vez más extensa la lista de cosas que vas a explicarme. No nos alcanzará el viaje para ello ¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Al Peloponeso? –
- No bromees sobre esto. – Sentenció el anciano algo enojado. – Debo transmitirte toda la sabiduría, eso es ley, deberás aprenderla para cuando te toque a ti ceder el legado. Nos dirigiremos hasta mi hogar, en la torre de Don Pero Xil, donde está mi familia, mi mujer y los tres niños, hace mucho tiempo que los dejé y deseo fervientemente estar con ellos –
El joven, continuó escuchando, poniéndose muy serio y el anciano prosiguió su relato acerca de lo sucedido en la posada de la niña.
- Podría haber lanzado el hechizo de resucitamiento en aquel momento y haber revivido a la chiquilla, pero habría perdido la oportunidad de evaluar completamente tu corazón. Cuando reanudamos el viaje, me iba preguntando acerca de cuando me pedirías que regresáramos a salvarla y me dieras las palabras para hacerlo. Mi impaciencia era enorme. –
- ¿Qué habría sucedido si yo no lo hacía? –
- Habría sabido que no eras el correcto, que no eras un elegido. El libro suele a veces equivocarse, por eso las evaluaciones. Si no me hubieras pedido que regresáramos a la posada, me habría despedido mas tarde de ti, escrito y ocultado una nueva copia del libro y habría esperado una nueva llamada de él.
- ¿Y la niña? – Preguntó el joven. –
- Ya no estaría entre nosotros, esa habría sido tu decisión. –
- Pero… Si tenía el aura ¿Por qué no la habrías salvado tú?
- Porque el aura es un permiso. La decisión de resucitar a alguien es potestad del elegido, del guardián, es el hechizo más potente que hay. Es más fácil destruir que construir. Revivir es hacer esto último y tiene que ser una decisión muy sabia… La tuya lo fue. Regresar para darle nuevamente la vida a la pequeña me demostró tu grandeza de corazón. Era la última señal que necesitaba para saber que eras el correcto, que el libro no se había equivocado. –
Alonso sonrió y ensanchó los hombros dejándose llevar por un impulso de vanidad; se sintió orgulloso ante estas últimas palabras del anciano. Este percibió eso y también mostró su sonrisa.
Tonta vanidad juvenil, pensó.
- Esa niña hará algo importante y bueno en su vida. – Prosiguió Tiago. – Por eso pudimos ver el aura. –
El muchacho intentó interrumpirlo con una pregunta, pero el anciano no detuvo su verborragia esta vez.
Si, ya se, me lo explicará luego, pensó el joven.
- Cuando continuamos el viaje tu alegría me hacía feliz, aunque una preocupación rondaba mi cabeza; los falsos calatraveños. Por eso cuando vi que se nos acercaba Ordoño, supe que estábamos en peligro. Al verlo solo, comprendí que en algún lugar cercano estarían rondando sus secuaces. Debí ser prudente y por nada en esta vida, revelar que yo también sabía de los hechizos. Pude haberlo inmovilizado con uno de ellos en ese mismo momento, pero eso habría sido nuestra perdición.
- ¿Qué sucedió aquella noche? – Preguntó Alonso muy impaciente.
- Es tarde ya, debemos dormir. – Contestó el anciano provocando una gran decepción en el joven. – Mañana nos espera una larga caminata.
- ¿No puedes hablar dormido? – Preguntó el muchacho.
- No. – Respondió sonriendo Tiago. – Aunque ganas de hacerlo no me falta, he pasado tantos años callado… -
Agregaron uno leños a la fogata y se cubrieron con sus mantas. El silencio de la noche los acunó.

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato: Anarquía en los Jueves literarios


Se sentó frente a la pantalla y se dispuso a releer lo que había escrito la noche anterior. Abrió el archivo de texto y comenzó a hacerlo. Era una historia de amor breve:

El noble joven se paró frente al apuesto y corpulento hidalgo,
los cambios se hacían presentes, nada sería como antes era,
se abalanzó hacia él, decidido y con velocidad, y se abrazaron.
Una puñalada directa al corazón, desgarradora y letal para el alma,
fue el fin de la contienda, la triangulación amorosa y el juego de celos.
El caballero de cabellos rubios, elegante, valiente y refinado,
vio con un profundo dolor como perdía al amor y su vida.
La disyuntiva había terminado, el príncipe se quedaría con
la bella princesa, quien había esperado la decisión, sintiendo
una experiencia maravillosa e increíble, nunca antes vivida,
Se besaron en los labios y se alejaron tomados de las manos.

Terminó la lectura y frunciendo el ceño, dijo imperativamente:
- ¡El que escribe soy yo, por lo tanto el que manda! Acá no tiene cabida la anarquía, yo soy el jefe por lo que les ordeno que vuelvan a estar como las creé. –
Por miedo, por falta de convicción y por no tener una líder, la revolución de las líneas llegó a su fin. Todas cambiaron su lugar por el original.
El hombre leyó nuevamente el texto:

La bella princesa, quien había esperado la decisión, sintiendo
una puñalada directa al corazón desgarradora y letal para el alma,
vio con un profundo dolor como perdía al amor y su vida.
La disyuntiva había terminado, el príncipe se quedaría con
el caballero de cabellos rubios, elegante, valiente y refinado.
Fue el fin de la contienda, la triangulación amorosa y el juego de celos.
El noble joven se paró frente al apuesto y corpulento hidalgo,
se abalanzó hacia él, decidido y con velocidad, y se abrazaron.
Se besaron en los labios y se alejaron tomados de las manos,
una experiencia maravillosa e increíble, nunca antes vivida
Los cambios se hacían presentes, nada sería como antes era.


Ahora sí, pensó, así es.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato: Robótica


Don Alfonso miraba a través del ventanal que daba al interior de la fábrica, a los talleres; las manos unidas por la espalda, con sus gruesos dedos de trabajador, hacían que el viejo saco de pana marrón que vestía se abriera por delante.
Detrás de él había una larga mesa de directorio rodeada de jóvenes prolijamente trajeados.
- Pero papá – Dijo Javier, el gerente general de la empresa – los obreros cada vez nos ocasionan mas problemas con sus demandas, sus accidentes y sus huelgas. –
- Son mi gente. – Contestó el viejo dueño de la compañía, sin darse vuelta. – Con algunos de ellos empecé a construir este sueño, muchos más se agregaron luego, los conozco uno por uno, conozco sus hijos, sus esposas, sus problemas. Cuando pasó lo de la crisis todos se ajustaron, trabajaron más de lo que se les pidió. Son mi gran familia. –
El joven miraba a los demás participantes de la reunión, quienes levantando las cejas o mediante otros gestos, lo alentaban a que siguiera con su argumentación.
- Padre, el sueldo promedio de los obreros es de 1.200 euros por mes, cada uno de los robots de la serie Full Job 2010, hace el trabajo de tres de ellos. Nos ahorraríamos 43.200 € por año. Los costes de despido son de 40.000 €. Cada máquina cuesta 120.000 €, ya conseguimos el crédito a tasas blandas. En menos de dos años las habremos pagado y nos habremos librado de huelgas, protestas y problemas y triplicaremos las ganancias.
Los demás jóvenes asentían ante los argumentos de Javier. El viejo, girando para enfrentar a la mesa dijo:
- ¡Por favor! ¿De qué me hablas? ¿De números? Ellos no son números, tienen sueños, problemas, alegrías, sentimientos, gente que los espera, que espera el fruto de su digno trabajo ¿Me saludaran todas la mañanas con una sonrisa y un buen día tus robots? -
- Ellos son culpables de su destino, contestó el joven, si no tuvieran tantas exigencias uno no dudaría en conservarlos. Han pasado la línea de la tolerancia.–
- ¡De ninguna manera lo haré! Euros, dinero, ganancias ¿Dónde estaban cuando mis hombres fueron a donar su sangre el día de mi accidente? No lo haré ¿Qué harían si se van de acá? No saben hacer otra cosa.
- Es culpa de ellos no haberse capacitado.
- ¿Es merito tuyo haber nacido en nuestra casa y tener tus oportunidades?
El joven bajó la vista y calló.
- La reunión ha terminado. – Dijo el anciano.
Pasó el tiempo y nada cambió en la empresa hasta la muerte de Don Alfonso, en un día muy gris; todos los empleados de la fábrica fueron a su funeral, a los dos días volvieron al trabajo.
Fue después de aquello y de mañana, una muy fría, cuando llegaron los camiones que tenían escrito Full Job Enterprises en sus laterales. Algunos obreros tuvieron que ayudar a descargarlos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Capítulo XVII


Como si se situara frente a un espectáculo, Alonso se acomodó para escuchar al espigado, había muchas cosas acerca de las que quería saber. Si bien la desazón por haber dejado a Juana ocupaba casi todos sus pensamientos, de tanto en tanto, lo invadían los resabios de sus dudas.
El otro muchacho, a pocos metros de él, miró de un lado al otro, tratando de cerciorarse de que no había nadie en los alrededores que los estuviera observando. Un minuto estuvo ocupado en esa acción, hasta que se sintió seguro de que nadie más había en la zona.
Bajó su cabeza, la tomó entre sus manos, cerró los ojos y dijo:
- “Radivorón velamallad” –
Una luz intensa salió de todo su cuerpo, el cual se retorció brevemente, manifestando dolor. Cuando la confusa imagen producida por el fulgor y el movimiento se aclaró, el muchacho no lucía como antes. Su considerable altura seguía siendo la misma y sus facciones casi iguales, pero su piel estaba ahora poblada de arrugas y su pelo teñido de blanco; era el mismo pero avejentado.
¡Tiago! Dijo Alonso para sus adentros totalmente asombrado. Se puso de pié y, tomando al anciano de los hombros, lo sacudió como diciendo ¡Tiago, Tiago! ¿Qué ha pasado? ¿Eres tú? ¿Fuiste tú siempre?
El anciano le sonrió con alegría al sentir que ya nada tenía que ocultar. Entendió los interrogantes de su joven amigo.
- Te contaré todo, absolutamente todo. – Dijo mientras observaba, nuevamente, los alrededores ya que no se olvidaba que necesitaban privacidad.
Alonso tomó consciencia de lo que había sucedido, un hechizo había vuelto al anciano a su apariencia normal. Estaba ahí, era su amigo, nunca había dejado de serlo aunque él había pensado lo contrario. Si Ordoño, finalmente, resultó ser el malo, Tiago que lo había salvado de las manos de aquel era, decididamente, el bueno. El muchacho lo abrazó fuertemente y unas lágrimas emocionadas abandonaron sus ojos.
El anciano lo separó unos centímetros y lo miró fijamente.
- Estoy acá para protegerte y enseñarte – Afirmó. – Eres un elegido, como yo, deberás saberlo todo, por el bien de todos, pero ahora debemos marcharnos, no siento que estemos seguros aún. –
Tomó una rama del suelo, para utilizarla como bastón y comenzó a caminar. Al muchacho no le quedó más remedio que seguirlo. Se dirigieron hacia el sudeste y avanzaron casi sin detenerse. Tiago parecía seguro acera de hacia donde iban.
Curiosamente durante la vespertina caminata, el anciano casi no habló. Alonso deseaba más que nunca que lo hiciera. Mientras avanzaban sobre el sendero, entre las piedras pardas rojizas, rememoraba lo vivido abordado por un enjambre de preguntas, que no podía formular. Lejos de encontrar respuestas, hallaba más de las primeras ¿Quién era Tiago? ¿Por qué se transmutó en joven para salvarlo? ¿Y Ordoño? ¿Quién era? Pensaba ¿Para qué quería los hechizos?
Recordó aquella vez en la que, mientras se dirigían con Juana hacía el río, había notado que el espigado los estaba siguiendo. El joven era Tiago, ahora entendía, los estaba vigilando para protegerlos. Sintió esa acción y otras más, como un acto de amor del anciano. Quiso abrazarlo pero se contuvo y siguió caminando detrás de él.
El paso que llevaban era rápido. Tiago giraba, de tanto en tanto, su cabeza hacia atrás, buscando a alguien que, por suerte, nunca apareció. Nadie los seguía.
El otoño no solo le roba las hojas a los árboles, le quita, también, momentos a la luminosidad, por eso la noche caía mas temprano que de costumbre.
Aunque ya casi había oscurecido, a lo lejos aún lograron divisar la sisla de Toledo. El anciano seguía caminando con paso firme. Un poco más adelante escucharon el sonido de una corriente de agua.
- Es el Guajaraz, en su orilla acamparemos. – Dijo Tiago.
Eso alegró al muchacho que se sentía muy casado. Llegaron al arroyo, el cual no cesaba de enviarle sus aguas al Tajo.
- Espérame un momento aquí. – Dijo el viejo y se alejó por detrás de unos madroñeros que crecían cerca de la orilla del agua.
Al rato regresó con un jabato.
¿Cómo lo habrá cazado? Se preguntó el muchacho. Casi al instante se dio cuenta y sonrió, conocía el hechizo para hacerlo y era evidente que su compañero también.
El anciano juntó unas raíces de un rezo, que yacía desarraigado de la tierra por la fuerza de algún viento, tomó el yesquero y encendió una fogata. Con gran habilidad desolló al pequeño jabalí, lo preparó para la cocción y se entretuvo en ella.
Alonso miraba sus movimientos con asombro, eran todos calculados, sabios y contundentes. Pensó que era momento de que Tiago comenzara a hablar, a develarle los misterios. Lo miró pero este parecía ignorarlo, absorto en la contemplación de las llamas que comenzaban a dorar al animal.
El muchacho tomó un guijarro del suelo y se lo arrojó para atraer su atención. Le dio en la frente.
- ¡Eh! La vida te queda larga por delante. Deja que comamos tranquilos y comenzarás a saber luego. – Dijo el anciano, entendiendo que era lo que se le estaba reclamando.
Avanzó la noche cada vez con más frío, esto hizo que la distancia entre Alonso y la fogata se acortara paulatinamente. Cuando la carne estuvo lista, las manos las llevaron a las bocas, la caminata había acrecentado el hambre de los dos hombres. Comieron hasta un poco más de haberse saciado.
No es bueno esto para el sueño liviano, pensó el muchacho, aunque su intriga hacía que lejos estuviera del deseo de dormir.
Bajaron hacia el arroyo, bebieron agua y se lavaron las manos y caras. El líquido transmitía mucho frío, por lo que volvieron hacia la fogata y Tiago la alimentó con más madera.
Alonso dio por concluida la espera, de manera que se sentó y miró al anciano con actitud demandante.
- ¡Ja, ja! – Se rió este. – Si, ya es tiempo. –
Calentó sus palmas contra las llamas y se dirigió hacia el muchacho. Frente a él, puso una rodilla en el suelo, su otra pierna formando un ángulo recto y lo tomó con ambas manos por el cuello. Si Alonso no le tuviera confianza se habría defendido, pero permaneció quieto y expectante.
El anciano cerró sus ojos y dijo:
- “Vezet niso” –
El joven sintió como si se estuviera tragando una brasa del encendido brezo. El ardor fue intenso, pero pasajero.
- ¡Aaaah! – Dijo y llevó sus manos a su cuello.
Lo doloroso de la acción no le permitió tomar consciencia, rapidamente, de lo sucedido, hasta que logró hacerlo.
¿Me oí a mi mismo? Se preguntó.
- ¡Aah! – Volvió a decir.
¡Y era a él a quien escuchaba!
- Puedo… Puedo… ¡Puedo hablar! Exclamó con la mirada incrédula clavada en el anciano.
El viejo lo observó con su sonrisa dejando ver todos sus dientes. Si, asentía con la cabeza.
- ¿Puedo hablar? ¡Puedo hablar!
La emoción lo embargó completamente. Ni siquiera había soñado, por parecerle imposible, con un milagro tan extraordinario.
- ¡Puedo hablar! ¡Puedo hablaaaaaaaar! – Gritó.
- ¡Shhh! – Dijo Tiago – Pueden estar buscándonos, te escucharán hasta en Toledo. –
El muchacho calló, posó las palmas de sus manos sobre sus ojos y comenzó a sollozar sin poder contenerse. Sentía emoción, tristeza por todo lo que le había hecho perder el silencio, que el regalo era tardío pero, a la vez, a tiempo y alegría, todo mezclado. Sollozaba desconsoladamente.
Tiago, también con lágrimas en los ojos, posó su mano sobre su hombro, lo dejó sentir y compartió su sentimiento.
Poco a poco Alonso se fue calmando. Con los ojos enrojecidos y dando fuertes y repetidas inspiraciones por la nariz, miró al anciano a través de la distorsión que le producían las lágrimas.
- ¡Gracias! Atinó a decir.
- Se lo que sientes, - Dijo el anciano. – Yo lo he vivido. –
Y corriendo su túnica con una mano, le mostró una antigua cicatriz que tenía en su cuello.
El joven se quebró nuevamente, recostó su cuerpo contra el de su amigo y lloró, sobre su hombro, por un rato largo. Tiago le acariciaba la nuca con una gran ternura y comprensión, como si fuera su padre.
Finalmente Alonso se tranquilizó, hasta que pudo hablar.
- Debes contármelo todo.- Le dijo ametrallándolo con las palabras. – Debes decirme que es lo que ha pasado desde el principio, del libro que encontré en lo de Onofre, de cómo me encontraste tú, sobre Ordoño, los calatraveños, la noche que desapareciste, los hechizos ¿Por qué no funcionaron con algunos? ¿Qué es un elegido? ¿Qué…
- ¡Bueno, bueno, shhh! Ya tendrás tiempo para hablar, no gastes todas las palabras de golpe. – Lo frenó el anciano sonriendo. – Ahora lo sabrás. -
Agregó mas maderos a la fogata y ambos se sentaron junto a ella.

jueves, 14 de octubre de 2010

Capítulo XVI


La mañana amaneció opaca, los días estivales estaban dejando Toledo y el otoño comenzaba a robarle las hojas a los árboles.
Alonso miró por la ventana de su habitación. En el fondo del mesón una encina hacía fuerza, infructuosamente, para mantenerse verde. Los sentimientos del muchacho también estaban turbios como el día. Debía alejarse de su amada y, aunque el distanciamiento sería temporal y no eterno, como había creído el día anterior, debería dejarla y eso lo angustiaba. Deseaba pasar todos los instantes al lado de ella.
Ordenó sus cosas en el saco, dejándolo preparado para el momento de la partida. Para alivianar su carga, no guardó en él todos los libros que tenía, salvo el de Averroes. Luego se dirigió al comedor para tomar el desayuno, el joven espigado ya se encontraba sentado a la mesa.
- ¡Buen día! ¿Estás preparado para la partida? – Dijo.
El joven asintió y se sentó en la banca.
Qué extraño es el mundo que termina atando mi destino a personas que ni por casualidad imaginé cerca de mí, pensó. Pasaría muchas jornadas compartiendo el tiempo con este extraño conocido.
Juana apareció desde la cocina con leche y pan negro. Depositó los alimentos sobre las tablas y, moviendo la cabeza de un lado al otro para detectar la presencia de su padre, posó sus labios sobre los de la boca de Alonso, sin que le avergonzara la presencia del espigado.
- Si hay para todos, reparte – Dijo el mozo con una amplísima sonrisa, en un gesto totalmente diferente a la parquedad con la que se había mostrado anteriormente.
- Yo también me apunto – Expresó Guillermo al tiempo que entraba al comedor.
La muchacha se ruborizó y huyó hacia la cocina. Alonso, entendiendo el tenor de las frases escuchadas, sonrió. Fue la única sonrisa que exhibiría en ese día.
Los tres jóvenes se hicieron cargo de hacer desaparecer de la mesa los alimentos. Cuando estuvieron saciados el espigado dijo:
- Debo decirte algo Talavero, Fray Gerardo te interrogará acerca de la ausencia de Alonso en las labores. No deberá saber sobre el ataque sufrido, eso levantaría sospechas y nos relacionarían con el malvado Ordoño y todo su séquito. Vendrían a investigar, están muy severos aplicando el libro de las leyes. Deberás mentir. Perdona que te sugiera que lo hagas.
- Haré lo que fuere para proteger a mi amigo. – Replicó Guillermo.
- Puedes decir que llegó un viajero – prosiguió el joven – que le comunicó que su antiguo tutor, Onofre, se encontraba enfermo y que él decidió volver a su aldea para ayudarlo en las labores de herrería.
- De acuerdo – Dijo Guillermo.
- Te aconsejo que sea lo primero que hagas, que no esperes a que venga a preguntarte por Alonso. Ve tú donde el fraile y cuéntale, así lo verá más natural.
- Así lo haré – Dijo el talavero.
Alonso elogió en silencio la astucia de su nuevo amigo, no había pensado en eso Aún no siendo culpables, no había que dejar cabos sueltos que los hicieran víctimas de alguna injusticia. Cabía la posibilidad de que lo relacionaran con Ordoño, si desaparecía sin avisar y más si este hablara acerca de un mudo que sabía hechizos. Extraño fue que no le llamara la atención como era que el espigado conocía sobre la existencia del calatraveño.
La muchacha, sabiendo que era inminente la separación con su amado, entró en la habitación con una bolsa de lino, en la cual había queso, verduras, huevos, higos, pan y otros alimentos.
- Lleven esto para el viaje. – Dijo. La tristeza se reflejaba en sus ojos.
Alonso se puso de pie y la abrazó. Con su cuerpo parecía transmitirle a la muchacha “Todo va a estar bien, volveré en cuanto pueda”.
La joven estaba atenta a algo que a los demás no les preocupaba, por eso, cuando escuchó los pasos que provenían de la cocina, se alejó del abrazo.
Ximénez ingresó al comedor y dijo, con su vozarrón:
- La ruina golpea a mi puerta, tres pensionistas perdidos en un solo día. Son tres alfonsíes menos por mes, nada de iavolaires. –
La joven golpeó con su codo el abultado abdomen de su padre.
- ¡Auch! – Dijo el mesonero. – Está bien, no todo es dinero en la vida. Cuídense mucho jóvenes, quiero tenerlos de clientes otro día. Y tú, muchacho – Agregó dirigiéndose a Alonso. – Deberás regresar o iré a buscarte hasta allende los mares. Quiero ser abuelo algún día. –
Juana volvió a ruborizarse, el joven hizo caso omiso al comentario y estrechó la mano que Ximénez le extendía.
- ¿Puedo acompañarlos hasta el puente? – Preguntó la muchacha a su padre.
- ¿Qué cambiaría si dijera que no? Últimamente has hecho lo que se te ha dado en ganas. –
Las mejillas de la joven volvieron a teñirse de rojo por tercera vez en la mañana.
Los preparativos del viaje habían llegado a su final. Alonso se abrazó con Guillermo y se palmearon las espaldas.
- Cuídate amigo, nos volveremos a ver. – Dijo el Talavero.
El mudo dijo lo mismo pero en silencio.
El trío comenzó a caminar descendiendo por las calles toledanas. El espigado iba adelante, con paso firme y decidido. Escrutaba todos los rostros con los que se cruzaban, desde la altura de su cabeza, en busca de alguna evidencia de peligro. Sentía que todo no había terminado aún, que alguien podría estar asediándolos.
Alonso iba con Juana asida fuertemente a su brazo. La muchacha no hablaba, menos él. La tristeza los invadía, habrían podido vivir felices, el uno sin el otro, antes de conocerse; ahora era casi imposible.
No es posible anhelar lo que uno desconoce, pero cuando uno prueba el néctar ya no podrá abandonar la adicción a él, pensó el muchacho.
Casi al final del sendero descendiente, divisaron el puente de Alcántara. Lucía tan magnífico y milenario como siempre ¿Cuántas vidas habría costado su construcción? ¿Cuántos sueños cotidianos se habrían llevado sus ladrillos, para cumplir el sueño de algún poderoso?
Llegaron a él y sintieron el bramido de la continua corriente del Tajo, que se dirigía hacia el Mar da Palha. Alonso detuvo su marcha y la muchacha hizo lo mismo. Se puso frente a ella y la miró con una expresión de dulzura que solo puede generar el amor más profundo. Ella lloró en silencio. Las yemas de los pulgares del muchacho le secaron las lágrimas que pudieron, mientras le tomaba la cabeza suavemente entre sus manos.
¡Volveré! ¡Volveré! Le decía con su mirada.
Bajo la torre mudéjar selló su despedida con un beso en su boca y se alejó. Ella se quedó de pie, viéndolos, hasta que el camino recorrido los hizo desaparecer de su mirada.
La mañana no dejó de ser mustia para el muchacho, aunque ya se había levantado la neblina y el sol, con el velo con que lo cubría el otoño, brillaba todo lo que podía. Caminaron durante un par de horas, tratando de evitar lo más escarpado de los peñones. De vez en cuando se detenían a descansar.
El espigado, que casi nunca había hablado antes durante su estancia en el mesón, no paraba ahora de emitir palabras. Le contó al muchacho sobre las bellezas que había conocido en Toledo. Acerca de que hubo días en los cuales para conseguir dinero, trabajó de jornalero en la construcción de la catedral y en la sinagoga mayor y que el mismísimo Yosef Ben Shosham a veces le pagó el jornal, de su propia mano. No paró de hablar durante toda la mañana.
Cuando llegó el mediodía se detuvieron en un llano, al rayo del sol. La temperatura fresca no los obligaba a guarecerse bajos las sombras de algún árbol. Comieron algunos de lo alimentos que Juana les había preparado, saciando así su hambre.
Cuando terminaron, el espigado se puso de pie y dijo:
- Debo confesarte algo. -

miércoles, 13 de octubre de 2010

Este Jueves, relato: ACIERTOS Y EQUIVOCACIONES


“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” Sabina – 1990

La primera persona del pretérito imperfecto del subjuntivo, puede llegar a ser cargada como una cruz, toda una vida.
Si yo hubiera hecho tal cosa… Si yo hubiese dicho tal otra…
Las decisiones que son tomadas en un momento determinado solo pueden ser juzgadas, con todos los parámetros en iguales condiciones que aquel. No se puede cobrar un penal mirando la repetición de la jugada, hay que hacerlo en el momento en que se cometió.
Tampoco aquello que no tiene forma de contrastarse puede ser juzgado correctamente. Por ir por una calle lateral se puede chocar y abollar el coche.
- ¡Qué tonto! Hubiera tomado la carretera ¿Y si lo hacía y me atropellaba un camión a 100 km/h y me mataba? -
Nunca se podrá saber hacia donde conducía el camino que no se tomó.
No se debería añorar lo que nunca jamás sucedió.

lunes, 11 de octubre de 2010

Capítulo XV


La ira del calatraveño alcanzó su punto más intenso. Elevó nuevamente su espada para ejecutar a Alonso. El muchacho no se inmutó ante la amenaza y se quedó inmóvil esperando la ejecución. Ya nada le importaba en este mundo, que sentido tendría vivir con el corazón latiendo sin ton, ni son.
La punta del arma comenzó a trazar un semicírculo en el aire, pero el mandoble fue interrumpido, al tiempo que un chasquido metálico retumbó en la habitación, por una espada empuñada por un hombre que había entrado sin ser advertido.
El cambio de movimientos hizo que Ordoño girara sobre su eje y terminara casi de bruces en el suelo.
Intentó levantar la vista para ver a su atacante pero un golpe de plano, sobre su pómulo derecho, lo arrojó unos metros a su izquierda. Entre quejidos de dolor quiso ponerse de pie nuevamente. El filo de una fría hoja fue presionado contra su yugular y la advertencia de peligro lo obligó a quedarse inmóvil. Su arma, aún a unos pocos centímetros de él, estaba muy lejos de su poder.
Alonso vio toda la acción con incredulidad, ningún otro sentimiento lo invadía ¿Qué sentido tenía su salvación ahora? Pensó. Incluso tuvo pensamientos de reproche hacia el autor del tardío rescate.
- Será mejor que te quedes quieto. – Le dijo el joven espigado a Ordoño.
El espíritu guerrero del monje lo hizo desatender la sugerencia e intentar un ataque. El muchacho, con una gran destreza, giró su espada en el aire la tomó por la hoja y asestó un tremendo golpe, con la empuñadura del arma, sobre la frente del malvado. No quería matarlo. Ordoño se derrumbó desmayado.
Luego de eliminar el peligro calatraveño, se dirigió hacia Alonso quien, ante el dolor físico, la sangre perdida, la desesperación y la angustia, solo atinaba a permanecer sentado casi inmóvil. Tomó la mano inerte que yacía sobre la mesa, la acercó hacia el incompleto brazo del joven, apoyándola contra él en la posición en la que debería estar, y dijo:
- Tostecu tényeri. –
El dolor que sintió Alonso fue tan intenso como breve. Los tejidos de ambas heridas se fusionaron y, casi al instante, volvió a tener el dominio de los movimientos de su mano. La levantó y la hizo girar, mientras la miraba con incredulidad. En un repentino impulso, atacado por un pensamiento, se puso de pie y tomó al espigado de sus ropas. Con movimientos de su cabeza le señalaba el cuerpo de Juana, ordenándole que hiciera algo.
¡Revívela, revívela! Parecía decirle.
El alto joven tranquilizó al muchacho haciendo un gesto con la palma de su mano, como si también él fuera mudo. Se acercó al cuerpo de ella y, mientras le quitaba las sogas que la asían, le dijo unas palabras al oído.
Alonso alcanzó a escucharlas.
- Yatanta velna. –
Con las sogas en sus manos se dirigió hacia el cuerpo de Ordoño.
La muchacha abrió sus ojos y pestañeó unas cuantas veces, de inmediato se puso de pie. Al mismo tiempo Alonso se dirigió hacia ella y la abrazó fuertemente mientras la joven, con sus brazos caídos sobre sus costados, decía:
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –
La alegría del muchacho lo hacía llorar a raudales. La estrujó tan fuertemente que ella, apelando a fuerzas que casi no tenía, forcejeó un poco para liberarse y logró apartarlo unos centímetros.
- ¿Qué pasó? - Volvió a preguntar.
Alonso la miró a los ojos y luego la besó en la frente. No podía explicarle nada.
El alto salvador ató fuertemente las manos de Ordoño y, acercándose hacia ellos, les dijo:
- Debemos irnos de acá, no es seguro. –
Los jóvenes, embelezados el uno con el otro, muy poca atención prestaron a lo que el muchacho les dijo. Este salió de la casa, para regresar unos minutos después.
- Deben ayudarme a cargarlos, debemos irnos de aquí. – Dijo con más énfasis.
¿Cargarlos? Pensó Alonso ¿Al muerto también? ¿Lo resucitará? Se preguntó.
La pareja se sentía muy debilitada por causa de todo el sufrimiento que habían padecido. Ayudaron a cargar el cuerpo inconsciente del monje, al carro que el espigado había sacado del fondo de la casa y al que le había amarrado el caballo.
Cuando por fin lograron subir el pesado cuerpo al transporte, el alto muchacho dijo:
- ¡Vamos por el otro! –
Alonso lo siguió y vio que no ingresó en la casa para retirar el cuerpo del calatraveño muerto.
¿Cual otro? Pensó el muchacho.
Siguiendo la línea de la pared del frente, el espigado, llegó hasta la esquina y dobló dirigiéndose hacia el fondo de la casa. Cuando el muchacho también giró hacia el interior del terreno, vio que su compañero aferraba un cuerpo inconsciente, yacido sobre el suelo, e intentaba levantarlo.
- ¡Ayúdame con él! – Le dijo.
Alonso así lo hizo. Entre los dos lograron transportarlo hasta subirlo al carro. Cuando lo depositaron en él, pudo reconocerlo. Era Hamad.
Miró al espigado con asombro y este, entendiendo, le dijo:
- Ya te explicaré todo con lujo de detalles. Ahora debemos irnos. -
Antes de dejar el lugar, el alto joven, tomó una pequeña tabla que encontró en el suelo y, con la pluma que había utilizado Alonso, escribió algo en ella; luego la depositó sobre el asiento del conductor.
Ayudaron a la debilitada Juana a subir y, una vez todos arriba, emprendieron la marcha. La luna, esa noche, era tan nueva, que todavía no había aprendido a iluminar.
Por las oscuras y estrechas calles de Toledo, el carro se trasladaba sin que ningún ocasional trasnochado pudiera distinguir que transportaban dos cuerpos, sospechosamente inmóviles. Por otro lado era la víspera del Corpus Christri y no era extraño el tránsito de algún carruaje por la noche, llevando algún cabezudo que prepararían para la fiesta.
El salvador condujo, mediante hábiles movimientos de las riendas, al pesado pero dócil caballo hasta las puertas del monasterio. La pareja realizó todo el recorrido abrazada y en silencio.
Cuando llegaron a la puerta del cenobio, el conductor hizo que el carro se detuviera y dijo:
- Acá dejaremos la carga. –
Se apeó y, tomando a los prisioneros por sus ropas, hizo que cayeran al suelo, sin importarle mucho que se golpearan, y los arrastró hasta la puerta. Luego regresó al carro y tomó la tabla que había escrito, en ella podía leerse: “Para Don Pedro Yánez, maese de la orden de Calatrava. Estos son quienes están buscando. Haced justicia con ellos.”
Se subió nuevamente al vehículo y lo condujo por las oscuras y curvadas calles empedradas.
Alonso mantenía a Juana apoyada sobre su hombro, dormida. Sus pensamientos lo revolucionaban. Por un lado, los sentimientos que había sentido al perder a su amada fueron tan terribles, que supo que lo habían marcado para toda la vida. Nunca más dejaría de sentir el temor de vivir momentos así. También lo asaltaban las dudas acerca de cómo supieron sobre él y el libro los malos hombres ¿Por qué Hamad había sido atacado por el espigado? Y, sobre todo, lo invadían las dudas acerca de este ¿Quién era este hombre? ¿Cómo es que con él funcionaban los hechizos? ¿Cómo pudo llegar a rescatarlos?
El monótono repiqueteo de los cascos del caballo sobre el empedrado y el silencio de la noche y de sus acompañantes, lo inducían a enfrascarse más en sus pensamientos. De pronto el joven habló.
- Deberemos abandonar la ciudad cuanto antes. Cuando interroguen a Ordoño hablará sobre nosotros, conozco a esa clase de seres cobardes como él, que simulan valentía pero flaquean instantáneamente ante la tortura. No le creerán mucho, pero igualmente irán a buscarnos y ¿Qué podremos explicar que no nos comprometa? Debes hacerte a la idea, amigo, de que mañana dejaremos Toledo. No será por mucho tiempo, juzgarán al monje por blasfemia, lo estaban buscando. Luego de que la hoguera se apague, en poco tiempo todo estará olvidado y podrás regresar por tu mujer, a ella no la interrogaran. –
Dicho esto continuó conduciendo en silencio. Alonso deseaba hacerle numerosas preguntas. No pudo. La sensación de alivio que sentía al haberse revertido toda la desgracia sufrida, lo liberaba de cualquier sentimiento de opresión, incluso de angustiarse por tener que separarse de su amada.
Al llegar al cruce con la calle que lleva al barrio de francos, el joven hizo detener al caballo. Soltando las riendas dijo:
- Dejaremos el carro abandonado acá. Seguiremos a pie, debemos evitar que alguien nos relacione con él. -
Alonso despertó a Juana, quien titubeó un poco hasta que tomó consciencia de que ya no dormía. Todos se bajaron del vehículo y comenzaron a caminar. No fue una fácil tarea para la pareja, por la fatiga y lo irregular del empedrado. Varios minutos pasaron, entre pasos y trastabilleos, hasta que llegaron a la posada.
Cuando ingresaron en ella, encontraron a Ximénez, Guillermo y Osenda, sentados a la mesa. Con gestos de alegría y de sorpresa, se pusieron todos de pie para recibir a los recién llegados.
La imagen de la pareja no era para nada tranquilizadora, lucían abatidos y sus prendas estaban manchadas con sangre.
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? – Era lo que repetían los tres que esperaron, casi al unísono.
Ximénez abrazó y besó a su hija inmerso en una gran alegría. Guillermo hizo casi lo mismo con su amigo. El joven espigado permaneció en silencio.
Cuando el momento de excitación pasó, Ximénez trajo alimentos de la cocina. Realmente estaban hambrientos. Quien más comió fue Osenda.
Con el apetito saciado y algunas de las fuerzas recuperadas, el espigado fue quien habló. Dio una explicación a medias de lo que había sucedido, aunque obvió mencionar los hechizos, el libro y el carácter religioso de los atacantes. Mintió cuando dijo que se trataba de una banda de ladrones que estarían confundiendo a Alonso con otra persona y acerca de que él pasó por el lugar casualmente. También hizo cierto alegato acerca de su conocimiento sobre esas bandas y dijo que seguirían persiguiendo al muchacho, por lo que debería abandonar la ciudad por un tiempo. Alonso asintió cuando el muchacho terminó su narración.
La historia satisfizo a Guillermo y Ximénez, Osenda no se enteró casi de ella. Juana no dijo nada, también creyó en el relato.
Estuvieron un rato más en el comedor, hasta que cada uno se retiró a descansar.

jueves, 7 de octubre de 2010

Capítulo XIV


Un instante de lucidez aclaró los pensamientos de Alonso, de manera tal que pudo pergeñar un pequeño plan, el cual no les garantizaba nada, pero les daría más tiempo, lo que aumentaría las posibilidades de salvarse de las manos de los calatraveños. Escribiría, erroneamente, aquellos hechizos que ellos no tuvieran posibilidades de comprobar en ese momento. El de detener las aguas de un río, el de protección ante la lluvia, el de resucitamiento y otros más.
Mojó la pluma en la tinta y comenzó a escribir. No había plasmado en el papel más de tres o cuatro conjuros, con su correspondiente explicación, cuando Ordoño, impaciente, se lo quitó de las manos para revisarlo. El monje, que no era tonto, le dijo:
- ¡Mnnn! ¿Cómo sabré que no me estás engañando? Sería una idea muy estúpida de tu parte. –
Le acercó nuevamente el papel al muchacho.
- ¡Continúa! – Le ordenó.
Alonso disimuló su nerviosismo ¿Lograría engañarlos? Se preguntó. Miró a Juana quien, con la cara apretada por la mordaza y los ojos irritados de tanto sollozar, sin entender bien de que se trataba todo lo que estaba sucediendo, le decía que si con la cabeza, como instándolo a que continuara con la escritura. El muchacho bajó la vista y así lo hizo.
Escribió explicaciones verdaderas a continuación de hechizos falsos.
Ordoño lo observó seriamente, escrutando cada uno de sus movimientos, en busca de alguna señal de intento de engaño, por parte del muchacho. La alegría que tendría que sentir por estar consiguiendo lo que quería, los hechizos, se veía opacada por la duda ¿Cómo probarlo? Se preguntaba el monje a quien también lo aquejaban las incertidumbres.
Mientras Alonso escribía a un ritmo más lento que el que le era habitual, Ordoño se acercó a su compañero y, sin mediar señal alguna de lo que iba a hacer, le clavó el cuchillo en el pecho. Su habilidad en el uso de las armas, hizo que la puñalada pasara entre dos costillas sin siquiera rozarlas, y perforara el corazón del hombretón. Este, antes de caer muerto, solo atinó a lanzar un leve quejido, llevarse sus manos al pecho y mirar al monje con sorpresa e incomprensión. La ejecución fue tan perfecta que casi no le provocó sufrimiento.
Juana emitió una exclamación y Alonso, estremeciéndose ante lo horrendo de la escena, pegó un breve salto sobre el banco en el que estaba sentado.
La cara de Ordoño mostró síntomas de enojo y excitación. Su voz aumentó de volumen y de tonalidad imperativa.
- ¡Ahora vamos a comprobar si me estás engañando! – Dijo.
Le quitó nuevamente el papel al muchacho y lo comenzó a leer para ubicar el hechizo de resucitación.
Alonso se desesperó ¿Qué haré ahora? Pensó sumido en un gran abatimiento. Este monstruo es capaz de cualquier cosa, se dijo con desconsuelo, mientras miraba a Juana.
El calatraveño, con el escrito en la mano, se acercó hasta su secuaz muerto y dijo:
- ¡Ufínona noc!
Se quedó quieto, mirando el cuerpo yacido en el suelo, cargado de expectativa.
Alonso evaluó la posibilidad de aprovechar el momento de distracción y atacarlo. Aunque las probabilidades de derrotar al monje, avezado en la lucha, eran pocas, no vislumbraba que tuvieran otras opciones. Apoyó sus manos en la mesa para darse impulso y ponerse de pie, pero Ordoño le dijo:
- ¡No te atrevas, estúpido! O la cabeza de ella rueda – Y blandiendo su pesada espada, amenazó a Juana con un revés.
El joven se sentó nuevamente.
- ¡Ufínona noc! ¡Ufínona noc! Repetía el monje, alterado.
Nada sucedió.
- ¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí! – Dijo totalmente enfurecido mientras miraba al joven - ¡Te advertí que no me engañaras! – Y cometiendo su segundo asesinato de la noche, clavó el puñal, con la misma habilidad con que lo había hecho con el hombretón, en el pecho de Juana.
Alonso, sin dar crédito a lo que estaba viendo, intentó ponerse de pie. El calatraveño le asestó un golpe en la frente, con la espada de plano, que lo obligó a sentarse nuevamente.
El cuerpo de la muchacha se fue inclinando lentamente, hasta que cayó al suelo.
Estaba muerta.
El joven observó a su amada con incredulidad ¿De qué otra manera se puede ser testigo de algo semejante? Lanzó un terrible grito de impotencia y desesperación, el cual quedó atrapado en su garganta. El rostro se le enrojeció como una brasa. Quiso levantarse nuevamente, deseaba matar a Ordoño, pero este lo detuvo amenazándolo con la punta de su espada. El instinto de conservación lo hizo detener.
- Todavía tienes la posibilidad de salvarla – Dijo. – Escribe el verdadero hechizo de resucitación, y lo haré. No creo que me engañes nuevamente. –
Alonso, esta vez, no dudó en entregar su secreto. Tomó la pluma la cual se sacudió en el temblequeo nervioso de su mano, mojó en la tinta la punta y escribió, con una letra horrible: “Yatanta velna”.
El calatraveño tomó el conjuro y se acercó hacia el cadáver de su compañero. Alonso abrió más sus ojos con asombro y gesto de exigencia.
- Primero resucitaré a mi amigo – Le dijo con soberbia.
El joven se sintió desesperar ¿Me estará engañando? Pensó.
De pronto Ordoño cambió de parecer y se dirigió nuevamente hacia Alonso.
- Haremos otra cosa – Dijo – Escribe los demás hechizos. Sin trampas. Cuando lo hayas hecho resucitaré a la chica. -
Otra vez la disyuntiva atroz ¿Qué garantías tengo de que el monje no me va a engañar? Se preguntó. De que no resucite a Juana y termine con mi propia vida, quedándose, además, con el tremendo poder de los conjuros. Pensó.
La única alternativa que encontró fue convertirse en un negociador.
“Primero resucítala y luego, si prometes que nos dejarás libres, te daré todos los hechizos”. Escribió en un papel que le ofreció a Ordoño.
- ¡Ahá! Veo que quieres exigirme cosas ¿Crees que estás en posición de hacerlo? – Dijo ironicamente.
Alonso escribió: “Ya lo he perdido todo”.
- Aun te queda tu vida – Retrucó el monje.
El muchacho se encogió de hombros, indicando que no le importaba.
El calatraveño evaluó un instante la situación y le dijo:
- Está bien, pero ten en cuenta que luego, si me engañas, puedo volver a matarla.
Alonso asintió con la cabeza. Tener más tiempo aumentaba sus posibilidades de planear un escape y eso le dio cierta esperanza.
Ordoño se paró frente al cadáver de Juana, leyó el papel detenidamente, la avara luz de la llama de la vela no ayudaba mucho para eso, la miró con indiferencia y dijo:
- ¡Yatanta velna!
Esperó unos segundos para ver el resultado, el joven también observó con enorme expectativa. Nada ocurrió, la muchacha permaneció tan tiesa como un cuerpo ya sin alma puede estarlo.
- ¡Yatanta velna! - Repitió algo ofuscado - ¡Yatanta velna! ¡Yatanta velna! –
Nada cambió en el cuerpo de Juana.
Alonso no entendía que estaba sucediendo. Ahora si su desesperanza era mayúscula. Había escrito el hechizo correctamente, el monje lo pronunció bien. Su amada debería estar nuevamente viva, como había sucedido con aquella niña de la posada, ante las mismas palabras, pronunciadas por Tiago.
El calatraveño giró su cabeza y, totalmente enardecido, miró al muchacho. Había aceptado el primer engaño, por tomarlo como una lógica estrategia de guerra. Pero esto, ahora, ya le parecía una burla.
- ¡Mudo imbécil! – Gritó – ¿Ni la vida de la muchacha te importa? -
Se abalanzó hacia el joven con la espada en alto y la bajó violentamente. Como emulando a Procastes, cuando el filo de esta talló una grieta en la madera de la mesa, la mano de Alonso ya estaba separada de su brazo. El certero golpe la cercenó a la altura de la muñeca. Un pequeño charco de sangre fue creciendo sobre las desgastadas tablas. El muchacho tomó su brazo amuñonado con la otra mano.
El dolor lo hizo casi desmayar, lo invadió completamente, en cuerpo y alma, se sintió desfallecer. No hallaba razones para seguir viviendo. Miró su mano, lejana sobre la mesa, el cuerpo de Juana tendido en la habitación y deseó que el malvado calatraveño le quitara la vida en ese instante. No le importaba, ni siquiera, la venganza.
Ordoño blasfemó y luego insultó al muchacho, iracundamente. Luego, gradualmente, se fue calmando, quitó el lienzo que amordazaba a la joven y aplicó, con él, un torniquete en el brazo de Alonso, el cual detuvo la perdida de sangre.
- Tomemos esto con un poco más de calma. - Le dijo. –Tienes la otra mano sana, escribe correctamente los hechizos necesarios para remediar toda esta situación. Seguro que debe haber alguno que regrese tu brazo a la normalidad. Escríbelo y yo te lo sanaré.–
Alonso estaba destruido. Tomó con su mano izquierda un papel mojado con sangre y, en un extremo que permanecía seco, escribió usando como tinta el rojo líquido que su muñeca había vertido:
“Mátame, cerdo”.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Una convocatoria literaria. Este Jueves un relato: Página 24, línea 3.



Si bien soy bastante liberal en la vida cotidiana, a la hora de escribir soy un tanto pacato y no me gustan los insultos.
Me propuse cumplir con la consigna de este jueves literario. Tomé un libro de mi biblioteca y fui hasta la página 24. Leí el primer párrafo buscando la línea tercera. Lo que ahí decía era lo siguiente:

“La investigación los llevó hacia un lugar en las afueras de la ciu-
dad. Aparcados en el estacionamiento, encontraron seis vehí-
culos que se hallaban sucios y olorosos, en pésimas condiciones,
como consecuencia de varios meses de abandono.”

Me dije -No puedo escribir acerca de esto, voy a buscar otro libro -. Así lo hice. El segundo libro, en su página 24 decía lo siguiente:

“Las predicciones de Nostradamus generaron siempre opiniones diver-
sas. Tanto defensores como detractores se han valido de sus cuar-
tetas a las cuales han manoseado y puesto en la punta de la lengua,
como para encontrarles un significado verdadero o como para denos-
tarlas y…”

Este tampoco, pensé. Vamos por otro

“La moral de los hombres había caído muy bajo
y afloraba la mezquindad humana. Las dis-
putas por muy poco dinero, entregaban todo
un ejemplo de aquello.”

¡Menos! A ver este:

“Para alimentar a los animales, en la ciudad, se
proveían de comerciantes que venían del campo.
Francisco era uno de los más grandes pajeros
de la comarca. Comercializaba dos carros de
heno por día.”

¡Noooo, no! Grité ofuscado. Fui por uno más, página 24:

“Luego de caminar por más de una hora sobre el asfalto caliente,
solo con el zapato derecho, le apareció en el pie izquierdo, una am-
polla grande de la cual brotó un líquido blanco amarillento,
cuando la piel se desgarró. Encontró un estanque en el cual pu-
do remojar el pié y calmar el dolor.”

¡Es suficiente! Me dije. Frustrado y abatido abandoné el intento de escribir algo, es por eso que les pido las disculpas del caso, por no participar en la convocatoria de este Jueves.

lunes, 4 de octubre de 2010

Capítulo XIII


Las horas en soledad, frente a las aguas que no cesaban de desfilar delante de sus miradas, pasaron rapidamente para la pareja. Se divirtieron mucho. Por momentos la situación, entre ellos, se ponía dulcemente tensa. Alonso atentaba contra la castidad de Juana y esta apelaba a todas sus estrategias defensivas para protegerla. Ante el último de esos ataques la joven, con fuerzas que no supo de donde logró sacar, se puso de pié y dijo, mientras se acomodaba el pelo arremolinado por las caricias:
- ¡Vámonos! Ya es tarde –
El joven, con algo de esfuerzo, se puso también de pié. Se sentía algo dolorido.
Tomaron por el sendero y comenzaron a trepar el peñón. Detrás de ellos el sol, casi caído, enrojecía las aguas del Tajo.
Cuando llegaron a la cima prácticamente había anochecido. La gente que cruzaron en las calles fue muy escasa.
- ¡Apurémonos! – Dijo ella – Mi padre se preocupará si tardamos en llegar. –
Aceleraron el paso. La muchacha tomó el brazo de él con los suyos y comenzó a entonar, suavemente, una de las canciones que más le gustaban a Alonso. Él siempre había lamentado tener su discapacidad, pero en ese momento se sentía agradecido de ser mudo. De no serlo, difícilmente hubiera podido evitar la tentación que tuvo de haberle lanzado el “Ediómare metam” a Juana, y jamás habría sabido si el amor de ella hacia él era puro o fruto del hechizo, y eso habría hecho incompleta su felicidad.
¿Qué placer hay en el dominio sobre otros? Pensó.
Mientras los jóvenes caminaban por el edén construido por el dulce cantar de Juana y la felicidad de sus sentimientos mutuos, un carro de madera, tirado por un pesado caballo de cascos gruesísimos, pasó al lado de ellos y se detuvo. La pareja no le prestó ninguna atención, en ese momento podrían estar en medio de una multitud y, aún así, se sentirían en la más sublime intimidad.
El conductor del vehículo descendió de él de un salto y quedó de pié unos metros delante de ellos. Esto si llamó la atención de los jóvenes, los cuales se detuvieron bruscamente. Cuando Alonso levantó la cabeza para ver al protagonista del inoportuno encuentro, reconoció al villano que lo había atacado ya dos veces, el que había quedado vivo. Sintió la adrenalina fluir rapidamente por su cuerpo, encendiéndolo como una antorcha. Atinó a tomar una piedra, de mediano tamaño, del suelo y se preparó para defenderse de aquel hombre, pero escuchó lanzar una exclamación a Juana y a una voz conocida que lo detuvo:
- ¡Alto ahí! Muchacho. -
El joven giró para ver quien era el emisor de la orden. Una mezcla de sorpresa, miedo e impotencia lo invadió. Abrazando por detrás a la muchacha, con su brazo izquierdo, y apoyando la punta del cuchillo, que tenía en su mano derecha, en su garganta, Ordoño le dijo:
- Mas te vale que no hagas nada alocado o la vida de esta niña se termina aquí. –
Alonso, en una clara señal de obedecer, soltó la piedra que tenía en la mano. En su cabeza empezó a girar un torbellino de pensamientos. Se hacía preguntas acerca del porqué de lo que estaba sucediendo, al tiempo que buscaba alguna solución, para procurar la seguridad de Juana. Nada le resultaba concluyente.
- ¡Vamos a subir todos al carro e irnos hasta mi morada! – Dijo el monje – Cualquier señal de alarma, cualquier intento de huir y ella se muere. – Acotó.
El joven obedeció y se subió al transporte, se sentó y apoyó su espalda contra uno de los laterales. Frente a él hicieron lo mismo Ordoño y la muchacha. Ahora el cuchillo apuntaba al cuerpo de la joven, a la altura de las costillas, medio oculto entre las amplias mangas de la túnica del calatraveño.
El hombretón se sentó en la silla del conductor y obligó al equino a mover sus patas. Las imperfectas ruedas de madera traquetearon sobre el empedrado, al ritmo cadencioso de los cascos del caballo.
- Tenemos mucho de que hablar – Dijo Ordoño seriamente – Hay muchos secretos que debes revelarme. –
Alonso, inmóvil, casi no prestaba atención a las palabras del monje, buscaba la forma de zafar de la situación. Los ojos de Juana, enjuagados en lágrimas, lo miraron como pidiendo alguna explicación acerca de lo que estaba sucediendo. El la observó tratando de tranquilizarla con su mirada.
¿Qué pensará de mí mi niña? ¿Qué soy un villano que oculta algo? Se preguntó. Debo pensar rapidamente y actuar en consecuencia para salir de esta situación, pensó. Pero no halló ninguna solución. Estaban en manos de esos hombres. Miró al hombretón y un sentimiento de odio se apoderó de él, recordó los dos ataques que aquel hombre le había infligido. Esto le generó un nuevo interrogante, como si no tuviera muchos; en el ataque durante el viaje a la ciudad, Ordoño había hecho huir al villano, dándole una zurra ¿Qué los unía ahora? Tampoco encontró respuesta a eso.
El carro subió por una empinada calle, que hizo disminuir el ritmo de avance del caballo y todo lo que acarreaba. La aparente tranquilidad de los pasajeros, generada por la amenaza continua, no despertó ninguna sospecha entre los pocos y ocasionales transeúntes con los que se cruzaron durante el viaje. Doblaron por una calle, que Alonso reconoció como aquella en la que estaba la casa de tres ventanas, en donde había dejado a Ordoño en su primera noche en Toledo. No habían pasado frente a la mezquita de Bib Mardum, el corpulento villano había maniobrado las riendas, como para evitar los lugares con mayor transito de personas.
Una vez detenidos frente a la morada el monje los obligó a bajar, siempre con el filo amenazando a Juana, del carro. Le ordenó al muchacho que ingresara en la casa y se sentara a la mesa. El hombrón encendió una delgada vela, que solo le añadió algo de penumbra a la oscuridad absoluta, la cual abdicó ante la pequeña llama, a su reinado.
- ¡Deberás obedecerme, muchacho! – Dijo Ordoño - Y todo saldrá bien. No tienes porque temer. Si me enseñas los secretos quedarán en libertad. –
A esta altura de los acontecimientos, el joven no tenía dudas acerca de lo que buscaban los dos hombres. Tampoco creía tenerlas con respecto a lo que él haría: no revelaría ninguno de los hechizos.
No serán capaces de hacerle algo malo a alguien tan bello y tan puro como Juana, se consoló. No le importaba en absoluto lo que podrían hacerle a él.
Matarme no es una opción, conmigo moriría lo que buscan, los hechizos, pensó.
El hombretón salió para guardar el carro en el fondo de la casa y encerrar al caballo en un cobertizo. Ordoño se encargó, durante ese tiempo, de atar a Juana con una soga y de amordazarla con un paño de lino retorcido.
- Verás hijo. – Dijo mintiendo el monje. – Lejos está de mí la intención de hacerles daño. He compartido una travesía contigo y has conquistado mi aprecio; pero mi misión es primordial y debo obtener tus secretos, cueste lo que cueste. De manera que no me obligues a hacer lo que no deseo. –
A Alonso lo perturbó la amenaza, lo miró sin asentir, ni negar. Mas bien su mirada hacia Ordoño era de odio. Veía a su amada sollozar, inmovilizada y dolorida, y eso acrecentó ese sentimiento hacia el monje. Volvió a pensar en como encontrar una salida, pero de nuevo no encontró respuesta. Evaluó las posibilidades de salvación externa. A esta altura Ximénez, preocupado por la ausencia de Juana, habría, si su mente funcionara bajo los axiomas de la lógica, interrogado a Guillermo. Este también estaría preocupado ¿Qué podrían hacer? Ir al río, que fue el último lugar en el que el talavero los vio. Quizás, a regañadientes de su amigo, podrían pasar por lo de Osenda para enterarse si ella sabía algo. Cuando hubieran recorrido todo el camino hacia el Tajo y no los hallaran ¿Qué podrían hacer? Encontrar algún testigo, que recordara haberlos visto pasar en el carro, sería una absoluta casualidad, muy poco probable. Él tampoco había descrito el lugar de residencia de Ordoño, de nada serviría si a alguno de los dos supuestos buscadores, se le ocurriera la posibilidad de que allí estuvieran. Estamos perdidos, pensó.
- Aquí tienes pluma y papel ¡Escribe los hechizos que leíste en aquel libro! Dijo el calatraveño enojado.
¿Cómo sabía, aquel hombre, lo que él había leído en la cabaña del herrero? Se preguntaba ¿Lo habría descubierto y delatado aquel? ¿Con qué intención?
Las dudas lo inundaban, una vez más asediaban sus pensamientos ¿Qué sucedería si, como tenía pensado hacerlo, se negaba a escribir los poderosos hechizos?
El hombretón ingresó por una puerta trasera, miró al monje y le dijo:
- ¿Ha dicho algo?
- ¡No!
Con una manaza, que parecía un pulpo retacón, dio un golpe de plano en la nuca del muchacho.
- ¡Habla, mierda! Lo reprendió.
Ordoño mantenía el puñal amenazador en su diestra, aunque no tan cerca de Juana como antes. La muchacha tenía los ojos rojos por el llanto. De tanto en tanto intentaba, en vano, decir algo.
- ¡Escribe! – Le ordenó el monje acercando un poco más el papel hacia las manos del muchacho.
Este permaneció inmóvil.
- ¡Hazlo! Gritó. Y le asestó un golpe, con el mango del cuchillo, en la cara.
Un pequeño hilo de sangre brotó de su nariz. Juana lanzó un atenuado grito a través de la mordaza. Alonso pareció caerse de la silla, pero logró enderezarse nuevamente. Nada en la vida le había producido tantos magullones como el haber leído aquel libro. Con un rabioso manotazo arrojó los papeles al suelo.
- ¡Estúpido mudo! – Dijo Ordoño – No sabes de lo que somos capaces. –
Levantó su mano amenazadoramente hacia el muchacho, pero contuvo la intención de golpearlo. Recogió los papeles, los colocó en su antigua ubicación, sobre la mesa y tomando a la joven por la cabeza, apoyó la punta del cuchillo en su cuello, formándole un hoyuelo en él.
- ¡Hazlo de una vez! ¡Escríbelos! - Dijo, enérgicamente, el ruin clérigo.
Alonso cayó victima de una de las disyuntivas más perturbadoras de la vida ¿Haría lo que es correcto o lo que deseaba? Sabía que sería terrible develar sus poderosos secretos a tan malévolas personas, pero no podría vivir sin su Juana y, peor aún, sabiendo que él habría podido evitar su muerte. Estaba en una de esas situaciones en las que cualquier decisión es mala. Sabía que al entregarle sus secretos a estos malos hombres, ellos los matarían, para no dejar evidencias. Aunque se auto engañaba acerca de esto último.
La dilación, a veces, genera más oportunidades, pensó.
Tomó un papel con una mano, la pluma con la otra y supo que debía tomar una decisión.
En ese momento solo le importó una cosa: Juana.

viernes, 1 de octubre de 2010

Una convocatoria literaria. Este Jueves un relato: "Mentiras"


- La corte entra en sesión ¡Qué se ponga de pie la acusada! –
La Mentira así lo hizo.
- Se la acusa de ser la responsable de muertes, delitos, violaciones, divorcios, depresiones y un montón de cargos mas, que serán evaluados en este juicio ¿Cómo se declara? – Dijo el juez.
- ¡Inocente! Proclamó la Mentira.
- Comienza el juicio, tiene la palabra el fiscal. –
Fiscal: ¿No es verdad que por su culpa se han cometido genocidios, como el provocado por los nazis o las cruzadas?
Defensor: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar.
Fiscal: ¿No es verdad que por causa suya mujeres engañadas por sus esposos se han suicidado o han caído en una severa depresión?
Defensor: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar.
Fiscal: ¿Negará que Ud. fue la causante de que políticos inescrupulosos subieran al poder para luego enriquecerse y dominar a sus pueblos?
Defensor: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar.
Las acusaciones siguieron durante toda la sesión, ante cada pregunta la mentira callaba.
En el segundo día del juicio, el magistrado le dio la palabra al abogado defensor.
Defensor: la acusada ha generado un sinnúmero de beneficios a la humanidad. Nadie puede negar que por su acción, muchos padres han alabado virtudes, todavía inexistentes, de sus hijos los que, al no ser dañados en su autoestima, de adultos produjeron hermosos logros: pinturas, música, libros, que entretuvieron y alegraron a mucha gente.
Fiscal: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar
Defensor: Mi defendida ha hecho sentirse muy bien a muchas mujeres a las que les han dicho, en algún momento, que lucían bellísimas.
Fiscal: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar
Defensor: también lo ha hecho con hombres a los que les dijeron que en la cama no había nadie como ellos.
Fiscal: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar
Defensor: Muchas vidas se han salvado por la acción de mi defendida, personas que fueron libradas de sus captores, a causa de falsas promesas a estos. Torturados que evitaron el cadalso mediante una confesión.
Fiscal: ¡Protesto!
Juez: No ha lugar
La segunda jornada siguió con una larga y detallada enumeración de la defensa, acerca de las virtudes de la Mentira.
El juez, pasadas las 17:00 hs dijo:
Se levanta la sesión hasta mañana a las 9:00 hs en la dictaré mi veredicto.
A la mañana siguiente todos se pusieron de pie ante el ingreso del magistrado.
- Pueden sentarse – Dijo este –Que solo se quede parada la acusada. –
El veredicto iba a ser igual al que el mismo juez dictó sobre el dinero, la energía nuclear, la ingeniería genética, el TNT y varias cosas mas.
- Este juzgado declara – Dijo el magistrado ante la expectativa de todos los presentes – a la acusada: Ambigua. Queda en libertad. -

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Una convocatoria literaria. Este Jueves un relato: "Mentiras"

Tomemos un poco de acá, otro poco de allá y escribamos esas historias.
No entiendo como funciona esto ¿Por qué crecen esos árboles? Escribiré una explicación y la sumaré a las tantas del libro.
Me contó alguien, que le contó alguien, al quien le había contado alguien, que hace unos años un hombre hizo unos milagros maravillosos. Lo voy a escribir en el libro.
¡Esto no puede durar para siempre! ¿Cómo podría terminar? ¡Ya se! Voy a escribir el final.
Los años, las plumas y los hombres engordaron al libro hasta que este cobró vida. Por él murieron miles, fueron torturados otros tantos y apresados muchos mas. Algunos, gracias a sus favores, lograron hacerse ricos y uno hasta estrenó su imprenta.
Es pecado discutirlo y el libro sigue aquí.

Capítulo XII


La felicidad de Alonso le impidió, durante este nuevo día, conseguir logros aceptables en su labor; apenas tradujo un par de hojas. El granadino lo observaba sin entender el discontinuo ritmo de trabajo del muchacho, no comprendía como un día avanzaba a una velocidad insuperable y otro se quedaba inmóvil, en posición de escribir durante largos minutos. Este era uno de ellos.
El joven reflexionaba acerca de cómo un momento de desgracia puede quitarte todo lo que la vida te ha dado y destruirte internamente.
La casualidad suele ser la pesa más gorda de la balanza. A medida que más seres amados tenemos, mayores son los miedos que debemos soportar, pensó.
Trabajó un rato al ritmo que pudo, o que quiso. Al poco tiempo se hizo la hora del almuerzo y el granadino abandonó su trabajo momentáneamente, como lo había hecho religiosamente los días anteriores.
Alonso aprovechó para visitar, nuevamente, a su amigo. Cuando llegó al ala sanitaria encontró en el corredor, conversando animadamente, a Guillermo, al médico y a Fray Gerardo. El clérigo mayor, al verlo, le dijo:
- ¡Por Dios, hijo! ¿Qué te ha sucedido?-
El joven quiso comenzar a dar una explicación, que le resultaría difícil, pero su amigo interrumpió su silencio diciendo:
- Me lo ha contado por escrito – Y narró lo versionado por Alonso, facilitándole la tarea.
- ¡Buscaban un libro! – Dijo Fray Gerardo - ¿Qué libro? –
El muchacho hizo señas de que ignoraba de que se trataba.
- ¿Cómo eran los hombres? – Replicó el religioso - ¿Eran corpulentos?-
Un repentino sobresalto de temor, al cual supo disimular, recorrió el cuerpo de Alonso ¿Cómo sabía Fray Gerardo que lo eran? ¿Habrían encontrado el cadáver de su enemigo y él ya lo sabía? Se preguntó. De ser así ¿Debería evitar que relacionaran el ataque que sufrió, con ello? ¿Qué explicaciones daría? ¿Y el libro? Si tuviera que aclarar acerca de él ¿Qué diría? Si bien algunos monjes repudiaban los métodos de los inquisidores, no sabía en que grupo militaba Fray Gerardo. Por mucho menos que la sospecha semejante a la existencia de un libro mágico, muchos hombres habían sido torturados hasta la muerte u obligados a una falsa confesión, procurando la piedad que nunca les llegó.
Alonso dio a entender que no vio quien lo atacó y que no sabía nada de nada acerca del libro.
- ¡Mnnn! Farfulló el fraile, y se retiró con gesto adusto.-
El muchacho estuvo un rato con Guillermo y el médico, hasta que también se marchó, preocupado por la situación ante Gerardo.
Es mejor no lamentarse por la desgracia por suceder. Si finalmente ella no llega se habrá sufrido en vano, pensó y eso lo tranquilizó bastante.
Volvió a su trabajo con el silencioso granadino. Cuando la tarde empezó a retirarse hasta el día siguiente, fue a visitar nuevamente al talavero. Desobedeciendo, en cierta forma, las recomendaciones del médico, entró en su habitación. Lo halló reposando pero despierto.
- ¡Por fin algo de distracción! – Dijo Guillermo - ¡Cuéntame algo! –
Alonso, entendiendo la broma, empezó a hacer ademanes que, de ninguna forma, se podían interpretar como algo coherente. Ambos rieron.
Al rato, luego de escuchar la reprimenda que le dio el médico por molestar a su amigo, Alonso emprendió su diario y crepuscular regreso hacia el mesón. Sin darse cuenta, hizo el recorrido casi corriendo. Llegó agitado. Juana, al verlo, fue a su encuentro, estaba esperándolo en la calle. Notó su exaltación, por lo que se acercó a él diciendo:
- ¿Qué pasó, qué pasó? –
La sonrisa que la alegría dibujaba en la cara de Alonso, fue toda una explicación. Ambos, al encontrarse, giraron dentro de un abrazo y las lágrimas de uno mojaron las prendas del otro.
Pasada la cena, entrada la noche y junto al telar, Juana cantó, a los oídos del joven, de la forma más maravillosa que alguna vez lo hubiera hecho. Alonso estaba feliz.
Durante los siguientes días Guillermo mejoró más y más, y las visitas de Alonso aumentaron en frecuencia.
Una tarde en la que ambos jóvenes estaban en el jardín del monasterio, Fray Gerardo se acercó hacia ellos y dijo, mirando al Talavero:
- Me ha dicho el médico que te encuentras en buenas condiciones ¿Quieres volver al trabajo? –
- ¡Si! Dijo Guillermo con énfasis. –
- Pues vayan para allí – Contestó el clérigo – Que para eso les pago –
Cuando se iban retirando el fraile añadió:
- A ver tú, Alonso, como se encuentra tu ojo.-
El muchacho se acercó al anciano y este lo examinó.
- ¡Mnnn! Ya casi está sano ¿Sabes algo nuevo acerca de quién te atacó?-
El joven negó con la cabeza.
- ¡Mm.! - Expresó Gerardo al alejarse.
Esto alteró nuevamente al muchacho ¿Qué sabría el fraile? Pensó ¿Habrán hallado el cadáver?
Cuando entraron al scriptorium no había rastros de Jalif, más que una elevada torre de hojas apiladas, de las que Alonso debía dar cuenta.
- Ahora si te llevo al trote. – Dijo Guillermo riéndose.
El muchacho rió también, al tiempo que asestó un codazo a su amigo, el cual contestó con un quejido.
Se sentaron para trabajar y, mientras Guillermo parecía esforzar sus ojos para entender el primer párrafo, Alonso escribió “liber summarum aberrosis super liber aristotelis”.
Ciertamente el ritmo de trabajo de Alonso, contrastando con la lentitud del talavero, hizo disminuir la altura de las pila de hojas, rapidamente.
Al día siguiente Guillermo pudo pisar el empedrado de la calle nuevamente y, para pasar la noche, regresó al mesón. Se sentía tan bien, como normal se veía el ojo de Alonso.
Al llegar a la posada todos se alegraron de verlo. Juana reprimió su deseo de lanzarse a sus brazos, un poco por pudor ante la presencia de su padre y, otro poco, por no celar a Alonso. Ahmad lo saludó con una sonrisa y hasta el enigmático joven espigado pareció dar muestras de alegría. Ximénez dijo:
- Suerte que la parca no te ha llevado, hijo. Ya es hora de que me pagues la renta.-
Todos rieron y el hombre concluyó:
-¡Iavolaires!-
Cenaron con gran alegría, festejando cada una de las ocurrencias del mesonero, que esa noche estaba especialmente inspirado.
A la hora en que Alonso usualmente se retiraba y los demás quedaban bebiendo vino, el joven le dio a entender a su amigo que quería que lo acompañara. Guillermo, haciendo caso al deseo de su amigo, lo siguió cuando este salió por la puerta del mesón. Totalmente intrigado vio como el muchacho rodeó el edificio y se dirigió hacia el fondo. Obedeciendo las tácitas órdenes de su amigo hizo lo mismo. Se sentaron, cada uno a su tiempo, sobre la piedra y, en el mismo momento, apareció Juana. Alonso quería compartir la felicidad que sentía esa noche, con las dos personas que más quería en el mundo.
Una luna casi ausente y oscura, estrenaba una media circunferencia, menguada y perfecta, apenas elevada por encima de la línea que separa al mundo del cielo.
Pasaron parte de la noche entre historias y risas.
- Mañana quisiera ir de paseo al río – Dijo Juana.
Alonso asintió con una sonrisa.
- Me gustaría que nos acompañes, Guillermo –
El talavero miró a su amigo, como esperando su aprobación. El muchacho expresó su afirmación nuevamente.
- Me sentiré muy halagado de hacerlo – Contestó.
- Puedo invitar a mi prima, si les parece. Vive cerca de aquí – Dijo la joven.
Los muchachos aceptaron la propuesta, Guillermo con más entusiasmo. Ambos habían ignorado, hasta ese momento, la existencia de ella.
- Es hija de la hermana de mi madre – Agregó – No es una Ximénez.
Eso entusiasmó aun más, al talavero. Las probabilidades de que no sea una mujer tosca, aumentaban al no ser pariente del mesonero, pensó.
A la mañana siguiente la expectativa por la inminencia del paseo hizo que los tres se levantaran bien temprano. Ambos jóvenes se encontraron sentados a la mesa vacía. El desayuno no aparecía. Al rato Juana ingresó desde el exterior del mesón.
- Ya le he avisado – Les dijo sabiendo que entendían de que se trataba lo que estaba diciendo – Nos estará esperando en su casa –
El entusiasmo de Guillermo era muy difícil de disimular. Cuando estaban por terminar los alimentos hicieron su aparición en el comedor, también temprano, el mudéjar y el espigado, en ese orden.
Juana, el talavero y Alonso se reunieron, poco más tarde, afuera de la posada. La joven llevaba una canasta con unos tentempiés, para el mediodía. Caminaron calle abajo hasta que la muchacha dijo:
- ¡Aquí es! ¡Osenda, Osenda! –
El nombre le pareció algo feo a Guillermo, pero se dijo “¡Que importa!”.
La puerta de la casa chirrió con un agudo sonido y, detrás de ella, apareció una muchacha.
No superaba el metro y medio de altura. Sus anchas caderas envolvían, como dos cordones montañosos surcados por un río, el cinto que ceñía su rustica túnica a la altura de la cintura. Dos huecos rectangulares y oscuros, opuestos por el vértice, interrumpían la continuidad de su sonriente dentadura, en la zona de los incisivos, bajo la sombra de una nariz más abultada que lo normal. Remataban su cabeza dos matas de un pajoso y enredado pero castaño oscuro.
Guillermo pareció palidecer, mientras que Alonso sonreía casi al punto de estallar en carcajadas.
Juana hizo las presentaciones del caso e invitó a todos a proseguir el camino.
La pareja de tórtolos iba delante, mientras que Osenda y el talavero, los seguían a corta distancia. En un momento Alonso giró su cabeza y vio que la “dulce doncella”, llevaba tomado del brazo, a su amigo. Este iba serio como frente a una lápida y, al ver que su compañero lo observó, le lanzó una mirada que solicitaba socorro. La muchacha no paraba de hablar a través del los huecos que dejaban los dos dientes que le faltaban.
Avanzaron alejándose de la ciudad. A medida que lo hacían las casas eran cada vez más escasas. Llegaron a la cresta de un peñón y echaron la última mirada a la imponencia del Alcázar, la misma loma lo ocultaría varios pasos más adelante. Descendieron por un sendero que zigzagueaba entre las oscuras rocas, moteadas de verde, alejándose del bullicio de la zona cercana al puente.
Al acercarse al Tajo llegaron a la pequeña playa de gruesa grava, a la cual la pareja había ido la última vez. Luego de buscar ubicación cómoda, se sentaron los cuatro a observar el paso de las aguas, al rodear la base de la peña del rey moro. El suave tronar de la corriente, que a mas tardar al día siguiente, besaría las sales del océano, tenía a casi todos embelesados. El paisaje en movimiento era maravilloso.
Guillermo no hablaba. Juana y Alonso estaban, el uno junto al otro, en su mundo. La única que parecía estar ausente de la magia del lugar era Osenda.
Aguijoneando de un codazo al talavero le dijo:
- ¿Te gustan los garbanzos? –
Guillermo, haciendo un gran esfuerzo, le contestó muy seriamente:
- Ha de gustarme lo que me guste, todo a su tiempo y en su justa medida.-
La muchacha lo miró embelesada y agregó:
- Y ¿Cómo te gustan? Se hacerlos de muchas formas.-
El talavero decidió que su silencio sería la mejor de las respuestas, mientras que la muchacha no cesaba de decir cosas por el estilo.
Alonso, enfocado ahora en la conversación de su amigo con la “doncella”, no paraba de sonreír.
Cuando el sol se plantó encima de sus cabezas, Juana sacó los alimentos de su canasta y los cuatro saciaron su hambre. Fue el único momento en el que Osenda permaneció callada. Ella comió más que los demás.
En un momento las muchachas se retiraron a través de la espesura de unas genistas, nadie preguntó para que. Guillermo se acercó a Alonso y le dijo en voz baja:
- Amigo, no soporto más a este… A la prima de Juana. No es que sea fea ni nada, no es mi tipo. Es… Tosca, burda, es… Mis antecedentes inmediatos me ayudarán. Fingiré sentirme mal y me retiraré dejando al… Dejando a Osenda en su casa para irme quien sabe donde.-
Alonso, entre silenciosas risas, avaló su decisión.
Cuando las muchachas retornaron, Guillermo puso cara de dolorido y, pasándose la mano a la altura del estomago, dijo:
- Mi estado es muy malo. Con su perdón desearía retirarme. Con gusto acompañaré a Osenda a su hogar.-
La muchacha en cuestión, con gesto de aflicción, no tuvo más que aceptar. Juana se apiadó de la salud del talavero, recomendó a su prima que lo cuidara y los acompañó unos metros en su partida.
- Su salud no ha sido buena – Dijo.
Ambos se alejaron dejando a la pareja a solas. La intimidad repentina no hizo más que gestar arrumacos y abrazos para el resto de la tarde.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Capítulo XI


Abrió solamente el ojo que pudo, con el cual miró el techo de su cuarto, hasta que comprendió que estaba despierto, pero no intentó levantarse. Alonso sentía el cuerpo mucho mas pesado que lo habitual y como si estuviera amarrado al catre. Permaneció un buen rato así: inmóvil, pensativo. Unos insistentes golpes a su puerta lo hicieron salir de ese trance.
- ¡Alonso, Alonso! - Dijo la voz de Juana del otro lado.
Un simple “¡Adelante!” zanjaría la situación, pensó el joven, pero no hallaba la forma de comunicarse con ella, en ese momento.
Al rato la puerta se abrió y por ella ingresó Ximénez. Observó al muchacho, que lucía un monóculo morado y su otro ojo abierto, y dijo:
- ¡Ven, mi niña! Don dormilón ya ha despertado -
La joven entró en la habitación y vio el desvastado estado del muchacho.
- ¿Qué te ocurre, mi alma? – Dijo casi susurrando, para que no la oyera su padre - ¿Puedes levantarte? -
El joven negó con la cabeza.
- Deberías hacerlo, el movimiento te hará bien, además tienes que hacerte revisar ese ojo por el médico y averiguar como se encuentra Guillermo - Expresó Juana con preocupación.
Esta vez el muchacho asintió. Las mujeres, finalmente, lo dominan todo, pensó.
Ximénez, quien se había ido, regresó con un jarro con leche tibia. La joven ayudó a Alonso a elevar su torso y sentarse en el catre y, haciendo ella lo mismo pero de costado, acercó el jarro hacia la boca del joven. Este, con gran esfuerzo, lo fue bebiendo de a sorbos. Le dolía casi toda la cara. Cuando hubo terminado, la muchacha, con un lienzo mojado, le humedeció el rostro en las zonas que él y su dolor le permitieron tocar.
Con mucha dificultad el joven se puso de pié y, ayudado por Juana, salió hacia el comedor. Una vez sentado a la mesa no pudo probar ni un bocado de pan. Ella le ofreció otro jarro con leche que él bebió con lentitud. Espabilado y con el cuerpo algo más caliente, por el movimiento y la bebida, empezó gradualmente, a sentirse mejor. Ya no pensaba tanto en el dolor que sentía, sino que había regresado, con mayor intensidad, la preocupación por la salud de Guillermo.
Ya en la calle, con el sol otoñal a media altura entibiándole la frente, comenzó su camino hacia el convento. Esta vez la joven lo acompañaba. Iba aferrada a uno de sus brazos. De tanto en tanto apoyaba la cabeza en su hombro.
- ¿Quién querría hacerte daño? Y ¿Para qué? - Le preguntó Juana.
Alonso le contestó con el gesto que representaba la duda que él también tenía ¿Quiénes eran esos hombres que buscaban un libro que ya no existía? ¿Cómo habían sabido de su contacto con él? Se interrogaba.
Al pasar por la esquina donde lo habían atacado, vio la mancha parda rojiza de la sangre del villano muerto, sobre el empedrado. Más dudas y temores invadieron al muchacho ¿Qué habrán hecho con el cuerpo del muerto? ¿Estarán al tanto de lo sucedido los alguaciles? ¿Me estarán buscando? Se interrogaba. Miró a la muchacha, quien pasó por el lugar ignorando que fue el de los hechos. Mejor que no sepa, pensó.
En la puerta del cenobio se despidieron. Él, moviendo la palma de una de sus manos como simulando golpear una puerta, le dio a entender que lo esperara y que ya regresaría con noticias.
Cuando el monje médico lo vio ingresando por el corredor, le dijo:
- ¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado, hijo? ¡Ven que debo revisar ese ojo! -
Alonso, meneando la cabeza, le decía que no. Que quería ver a su amigo.
El clérigo cerró la puerta de la habitación de Guillermo, del lado de afuera y, mediante una sana extorsión, le ordenó al joven:
- ¡Si no dejas que te atienda no verás a tu amigo! -
El muchacho cedió. Se sentó en una banca y se sometió al doloroso examen del médico.
- ¡Mnnn! No es grave, el ojo está fijado, puedes moverlo - Dijo.
Alonso asintió, casi sin inmutarse y miró al monje como preguntándole si eso era todo.
- ¡Ya está! - Dijo este - ¡Ve a ver a tu amigo! -
La imagen que vio dentro de la habitación hizo que se produjera un agradable estremecimiento en su cuerpo. El rostro de Guillermo se veía más turgente y los bubones apenas eran unas pequeñas máculas resecas.
- Está mucho mejor - Dijo el médico - Creo que se recuperará. Es decir, casi no me caben dudas acerca de ello, ha pasado demasiada peste delante de mis ojos como para no saberlo. Es un talavero fuerte y afortunado, muy pocos han salido vivos de esto -
El joven tocó la frente de su amigo, la temperatura era normal. Giró sobre sus pies, tomó de los hombros al monje y le dio un inesperado abrazo.
Corriendo hacia el exterior, se dirigió al encuentro de Juana. La joven, al verlo correr hacia ella pensó lo peor, hasta que pudo distinguir los gestos de felicidad en su cara. Al encontrarse se abrazaron fuertemente, no hacía falta que él dijera nada.
- ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! - Repetía ella con lágrimas en los ojos.
Habría preferido que Dios, previamente, no lo enfermara. Pensó el joven.
Estuvieron un buen rato entre sollozos y festejos, hasta que él le indicó que debían separarse. Ella lo miró con extrema dulzura y, poniéndose de puntillas y besándole la frente, le dijo:
- ¡Volvamos a las labores! Nos veremos por la noche -
Al separarse, el joven, se dirigió a su lugar de trabajo. Tradujo un rato los escritos, al ritmo del granadino, pero la mañana casi había terminado, al poco tiempo se hizo la hora del almuerzo y este lo abandonó.
Alonso aprovechó para visitar, nuevamente, a su amigo. Luego pasó la tarde en el scriptorium, escribiendo a un ritmo que hacía poner nervioso a Jalif. La pila de hojas pendientes de traducir al latín era cada vez más pequeña hiriéndole el orgullo.
Letra tras letra se hizo la hora de retirarse. El muchacho consideró, ante lo sucedido, que no era prudente caminar solo por las calles bajo las sombras de la noche. La luna sería nueva y la oscuridad más intensa. Pasada un poco más de media tarde dejó los papeles, realizó una última visita a su amigo, el cual estaba mucho mejor, aunque todavía inconsciente y emprendió el regreso al mesón.
Esta vez realizó un recorrido diferente y no escatimó miradas precavidas en todas direcciones.
Al llegar más temprano que de costumbre a la posada, tuvo más tiempo disponible para estar con Juana. Esta vez en la cocina, ella estaba preparando un guisado. Entre carnes y hortalizas hablaba sin detenerse, la felicidad la embargaba. Él la miraba embelesado, cada movimiento de ella le parecía perfecto y gracioso.
Cada tanto se escuchaba, atronadoramente, la voz de Ximénez diciendo cosas como:
- ¡Apártate, tórtolo, entorpeces mi labor! - Y se retiraba entre risotadas, exclamando su “iavolaires”.
A Alonso no le molestaba eso, sonreía tanto como el dolor de su cara se lo permitía, había empezado a tenerle aprecio a aquel hombre.
Luego de la cena, la noche junto al telar volvió a ser maravillosa. No faltaron arrumacos, abrazos y los besos, que el argandeño soportaba con dolor y placer.
Cuando el joven, en la siguiente mañana llegó al monasterio, se dirigió, como todos estos últimos días, al lugar en donde estaba internado Guillermo. Le extrañó, en principio, no ver al médico por los corredores, siempre andaba por ahí. Al asomarse por la puerta se estremeció al no ver el cuerpo de su amigo sobre el catre ¿Habrá muerto? Se preguntó con angustia.
- Era hora que vinieras a visitarme - Dijo la voz del talavero detrás de él.
Al darse vuelta lo vio, de pie, sonriente y tambaleante. Alonso le dio un silencioso abrazo que causó un poco de dolor en la debilidad de Guillermo.
- ¡Detente, detente! Estoy mejor - Dijo su amigo – Pero muy débil ¿Qué te pasó en la cara? -
El joven, por el momento, evitó la respuesta. Estuvieron un largo rato juntos. Ante una nueva interrogación acerca del origen del moretón, Alonso escribió la historia del ataque sufrido, en un papel. Contó que lo interrogaron acerca de un libro, pero no dijo que conocía su existencia.
- Debe tratarse de un error- Sentenció Guillermo.
Alonso hizo señas de “puede ser”.
- Me ha dicho el médico que debo permanecer tres días más aquí, hasta que me recupere definitivamente - Dijo el talavero.
- ¡Hala, hala! Las visitas deben dejar descansar al enfermo - Ordenó el médico apareciendo repentinamente.
Los jóvenes se despidieron.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Capítulo X




Más tarde, bien entrada la noche, Alonso buscaba claridad en sus pensamientos y equilibrio en sus sentimientos, mientras intentaba dormir en su habitación. Lo segundo le resultaba tan imposible como necesario.
Es correcto sentirse feliz por el amor y sufrir ante el dolor, de eso se trata vivir, pensó.
La enfermedad de su amigo le despertaba el deseo de ayudarlo. La imposibilidad de hacerlo, una gran sensación de impotencia.
¿Por qué no funcionó el hechizo? Se preguntaba. Estoy seguro que lo escribí correctamente, pensaba ¿Será porque Juana no creyó en él? ¿Porque no sabía qué estaba leyendo?.. Tendría que haberle aclarado, previamente, de que se trataban las palabras que le dio a leer, se reprochaba.
En un momento su mente encontró un atajo hacia la claridad y renació con un pensamiento lúcido. Tiago tampoco supo de que se trataba lo que leyó en aquella posada, ante la pequeña sin vida, sin embargo logró revivirla mediante el hechizo. No se trataba de creer o no hacerlo ¿Qué habrá detrás de las palabras mágicas? Se preguntó, o de quien las emite.
Mientras su razonamiento no podía encontrarle más respuestas a sus dudas, el sueño, lentamente, lo fue atrapando a golpes de pestañeos que lograron, por fin, hacerlo quedar dormido.
Por la mañana se despertó nuevamente muy temprano, pero esta vez no lo despabiló el entusiasmo, sino la angustia de querer saber, cuanto antes, que estaba sucediendo con la salud de su amigo ¿Habrá muerto? Fue lo primero que se dijo, para que lo que supiera acerca de él, no fueran peores noticias.
Luego de mojar y secar su cara, se dirigió hacia el comedor. Casi al mismo tiempo Juana apareció desde la cocina, su belleza se veía atenuada por la expresión de tristeza de sus ojos, pero era belleza al fin.
A Alonso, por un momento, se le iluminó el corazón. Se abrazaron suavemente, sintiéndose el uno al otro con placer.
- ¡Siéntate, por favor!- Dijo ella.- Te traeré algo para comer.-
Desapareció tras la entrada de la cocina para regresar, a través de ella, con leche y pan.
- Quiero saber como se encuentra él.- Comentó la muchacha.
Alonso la miró, al mismo tiempo que pensó que no la dejarían entrar en el monasterio.
Ella lo observó con la mirada del amor mutuo, la cual le permitió interpretar lo que el muchacho estaba pensando.
- Iré al mediodía, estaré en la calle, te esperaré allí y tu me lo dirás ¿Si?- Dijo Juana.
El joven le esbozó una leve sonrisa y le dijo que si con la cabeza. El diálogo fue interrumpido por la aparición del joven alto el cual, como todos los días, se sentó a la mesa en silencio. Quien no lo hizo, durante todo el tiempo en el que Alonso estuvo sentado, fu Ahmad.
¿Estará enfermo también? Se preguntó alarmado el muchacho.
Cuando Juana regresó al comedor el joven, a su manera, la interrogó acerca del mudéjar.
- Se fue temprano, sin desayunar.- Dijo la muchacha.
Alonso hizo un gesto con la cara que claramente significaba ¡Qué extraño! Al rato se hallaba en la calle dispuesto a iniciar el camino hacia el monasterio. La muchacha lo acompañó hasta un poco más allá de la puerta, se dieron otro abrazo y ella le dijo:
- Te veré al mediodía.-
El joven asintió.
Su caminata hacia el monasterio fue la que con mayor rapidez había hecho desde el inicio de su trabajo, aunque le pareció interminable.
Cuando llegó, se dirigió directamente al ala de los enfermos. Con la mirada fija en la puerta de la habitación de Guillermo caminó por el sombrío pasillo, con paso firme, hacia ella. La mano del médico sobre su pecho lo detuvo bruscamente.
¿Qué me dirá? Pensó el muchacho ¿Lo peor?
El monje lo miró a los ojos y, con el dedo índice haciendo una cruz sobre los labios le dijo:
- ¡Shhh! Está descansando, sigue con fiebre y delirando pero no empeoró, esto es una buena señal.-
Alonso se asomó por la puerta y vio a su amigo postrado en el lecho. La imagen de Guillermo lo impresionó. Su cuerpo deshidratado le había arrugado la piel que lo envolvía, unas oscuras bolsas rodeaban sus ojos y los bubones lo cubrían casi totalmente. Ese hombre agónico no se parecía, casi en nada, al guapo talavero que compartía sus cotidianeidades.
El médico posó su mano sobre el hombro del muchacho, que solo parecía permanecer de pié sostenido por el marco de la puerta, y le dijo:
- Nada puedes hacer acá ¡Ve y reza! Como muchos lo hacemos, por él.-
Alonso, lentamente, haciendo caso a medias al monje, se alejó del lugar.
Cuando llegó al scriptorium, Jalif había acumulado varias hojas escritas más sobre la pila que debía traducir. Eso poco le importó al muchacho. Con la mirada perdida y la pluma en la mano, solo logró trazar garabatos en una hoja, que en nada se asemejaban al latín. No podía concentrarse.
A media mañana volvió a visitar a Guillermo, en el que nada había cambiado, y regresó a la ausente compañía del granadino. Utilizando una gran fuerza de voluntad, logró avanzar un poco en su trabajo, apenas una hoja y media.
Cuando llegó la hora del almuerzo Jalif se levantó y, sin decir palabra alguna, se retiró al comedor. Alonso también dejó su trabajo, pero salió del monasterio. En la calle estaba, tal cual ambos esperaban, Juana.
El muchacho la tomó del brazo para que caminase junto a él, mientras le explicaba, en silencio, que nada había cambiado en el estado de salud de Guillermo.
- Si no empeoró solo queda que mejore.- Dijo ella tratando de convencerse y convencerlo.
¡Sí! Contestó él con la cabeza, intentando provocar el mismo efecto.
Llegaron a un extremo alto del peñón toledano y se sentaron sobre una roca.
La vista, desde allí, era increíblemente hermosa y variada. Hacia abajo se veía el meandro dibujado por el hambre del Tajo, quien comió las rocas durante miles de años para tallarlo. En él, sobre la izquierda, la perfección del puente de Alcántara y, cerca de allí, el Alcázar con sus cuatro torres imponentes. En la lejanía, las elevaciones rocosas hacían irregular al horizonte y, semejantes a pequeños copos de nieve, de tanto en tanto, se podía distinguir algún rebaño de ovejas.
El paisaje era de una gran belleza, pero la tristeza que les velaba las miradas a la pareja no permitía que, ni siquiera ello, lograra entibiar el frío que les desabrigaba las almas.
Un buen rato estuvieron allí, en silencio, hasta que Alonso pensó que era tiempo de regresar. Posó su mano en los negros cabellos de la nuca de Juana y besó suavemente sus labios. Era la presencia de la muchacha a su lado, el único consuelo en esa situación.
Se puso de pié, extendió una mano que ella tomó, y ambos se encaminaron hacia el cenobio. Al llegar a él se despidieron en la calle prometiéndose, tácitamente, volver a verse al fenecer el día.
Alonso decidió ir directamente al scriptorium, le hacía mal ver a su amigo en semejante estado y se sentía inútil para cambiar la situación.
¿Qué podría hacer? Se preguntaba. ¿Enseñarle el hechizo a otra persona? Eso no le garantizaría que funcionara y, en el ámbito en el que se encontraba, una acción semejante despertaría sospechas que podrían llegar a oídos de algún inquisidor ¡Y todo por nada! Pensaba, el hechizo no funcionaba. ¿No funcionaba? Dudaba ¿Cuál será el secreto de su utilización?
El granadino no dejaba de producir hojas y más hojas traducidas. Alonso lo miró con cierto odio. ¿Qué te ocurre? Le dijo en total silencio ¿No sabes que Guillermo se me muere? Rapidamente apartó tan injustos pensamientos de su cabeza ¿Qué culpa tenía aquel hombre?
Durante el resto de la tarde no visitó a su amigo, había concluido que si algo malo o bueno sucedía con él, ya vendrían a comunicárselo. Estuvo concentrado un poco más en el trabajo con el afán de distraerse.
Cuando la luz que atravesaba el gran ventanal del scriptorium era ya escasa para la lectura, Alonso acomodó sus papeles y se puso de pie. Jalif se había retirado un rato antes.
El muchacho se dirigió al ala sanitaria para hacerle una última visita a su amigo. Este seguía en el mismo estado en el cual lo había visto la vez anterior.
- Veremos mañana como amanece.- Le dijo el médico.
Alonso hizo un gesto de agradecimiento y emprendió una caminata hacia la puerta del gran edificio. Cuando llegó a la calle ya era de noche. Comenzó a desandar solo, el camino de regreso hacia el mesón. La oscuridad de los pasajes lo ensimismaba, aún más, en su preocupación por Guillermo.
¡Maldito Dios hereje que contaminas la sangre de mi amigo! Pensó.
Casi con la cabeza totalmente gacha, dobló en una esquina. Al hacerlo, una sombra, más oscura que las demás, se atravesó frente a él y le hizo detener su marcha bruscamente. Levantó la mirada y vio, con sorpresa, que se trataba de uno de los dos hombretones que los habían atacado, a él y a Ordoño, en su camino a Toledo. El muchacho dio media vuelta para salir corriendo, pero su cara se encontró, violentamente, con el puño del otro de los villanos. La sumatoria de ambos movimientos opuestos, dio como resultado un golpe descomunal. El impacto lo hizo caer de bruces en el suelo. Una mano fuerte lo tomó por la parte posterior de su cuello y lo obligó a apoyar fuertemente su frente contra el empedrado. Uno de los hombres dijo:
- ¡Dinos, mudo cabrón! ¿Dónde has escondido el libro? ¡Dinos!-
El otro hombre acercó un papel y un lápiz a la mano de Alonso.
- ¡Escribe o te va en ello la vida!- Le dijo- ¿Dónde has escondido el libro? ¡Dinos!-
El muchacho sintió el aguijoneo de la punta de una espada, contra sus costillas. No atinaba a nada; hablar no podía, lo que tendría que escribir, para satisfacer las órdenes de los villanos, era extenso y complicado, no podría hacerlo bajo ese estado de amenaza e incomodidad. Se sentía perdido. De pronto un puntapié sacudió su costillar, por el lado derecho.
- ¡Dinos, escribe!- Dijo quien lo estaba sujetando, casi gritando.
La oscuridad de la calle era un refugio perfecto para el acto de tortura al cual estaba siendo sometido. Ya sea por no escuchar la revuelta o por miedo, nadie se asomó desde sus casas. Estaba totalmente solo, en manos de los dos malos hombres.
Cuando ya sus esperanzas estaban agotadas, escuchó el silbido de un objeto surcando el aire velozmente y, casi al instante, el crujido de una madera golpeando algo que también crujió. Alonso, con la frente apretada contra el empedrado y algo aturdido vio, a su lado y repentinamente, el cuerpo de uno de los hombres que lo atacaban, derrumbado en el suelo. Escuchó una similar sucesión de sonidos y sintió el alivio de la mano opresora liberándolo.
No pudo reaccionar de inmediato, solo luego de unos cuantos segundos logró ponerse de pie y vio al otro hombre yacer sobre el empedrado. Miró hacia todas las direcciones, a través de la penumbra de las calles, y no pudo distinguir al autor del salvador ataque. Quiso llamarlo, de alguna manera, y no pudo. Se acercó al cuerpo del primero de los gigantones caído, se hallaba totalmente inmóvil, un charco púrpura oscuro se formaba alrededor de él, proveniente de una delgada vertiente de su cabeza, estaba muerto. El otro, con la boca abierta y segregando una espesa espuma, jadeaba intensa y dificultosamente.
Cuando recuperó suficiente lucidez, decidió alejarse rapidamente del lugar. No pudo ver a nadie en los alrededores, no había testigos del ataque salvo aquel salvador desconocido. Podría llegar un alguacil y no tendría manera de explicarle la situación y, sobre todo, su inocencia, pensó.
Mientras retomaba el camino hacia el mesón, su mente volvía a transitar por los laberínticos pasillos de la incertidumbre ¿Quiénes eran esos hombres? Se preguntaba ¿Cómo sabían acerca del libro? A esta altura de los acontecimientos, Alonso solo tenía certeza acerca de que lo que querían eran los hechizos ¿Cómo sabían que era mudo? Se decía ¿Lo habrían seguido desde hace mucho tiempo? ¿Tendrían algún cómplice espiándolo? ¿Por qué a él le estaba sucediendo esto?
Pero lo que más le intrigaba al muchacho, mientras avanzaba por calles cada vez más oscuras, era ¿Quién fue su salvador esa noche? ¿Habrá sido Ordoño? Se interrogaba casi contestándose ¿Sería esa la misión secreta que había traído al monje a Toledo? ¿Ser una especie de ángel de la guarda suyo?
Las preguntas lo acompañaron hasta las cercanías de la posada. Cuando llegó, una ciruela redonda y morada, había madurado en la órbita de uno de sus ojos. Juana lo vio entrar y empalideció subitamente.
- ¿Qué te ha ocurrido?- Le dijo alarmada, mientras comenzaba a sollozar.
Alonso le hizo entender que no se debía preocupar y que ya le contaría. Lo acontecido era algo difícil y largo de explicar.
- No se si será bueno todo esto, pero desde que has llegado no nos hemos aburrido, muchacho ¡Iavolaires!- Dijo Ximénez riéndose.
La muchacha miró a su padre con enojo, llevó a su amado a su habitación, atendió sus heridas y puso paños frescos sobre su ojo entumecido.
Los suaves cuidados, de las delicadas manos de la joven, calmaron sus dolores y Alonso, por el cansancio de las tensiones sufridas, se quedó profundamente dormido.