miércoles, 29 de septiembre de 2010

Capítulo XII


La felicidad de Alonso le impidió, durante este nuevo día, conseguir logros aceptables en su labor; apenas tradujo un par de hojas. El granadino lo observaba sin entender el discontinuo ritmo de trabajo del muchacho, no comprendía como un día avanzaba a una velocidad insuperable y otro se quedaba inmóvil, en posición de escribir durante largos minutos. Este era uno de ellos.
El joven reflexionaba acerca de cómo un momento de desgracia puede quitarte todo lo que la vida te ha dado y destruirte internamente.
La casualidad suele ser la pesa más gorda de la balanza. A medida que más seres amados tenemos, mayores son los miedos que debemos soportar, pensó.
Trabajó un rato al ritmo que pudo, o que quiso. Al poco tiempo se hizo la hora del almuerzo y el granadino abandonó su trabajo momentáneamente, como lo había hecho religiosamente los días anteriores.
Alonso aprovechó para visitar, nuevamente, a su amigo. Cuando llegó al ala sanitaria encontró en el corredor, conversando animadamente, a Guillermo, al médico y a Fray Gerardo. El clérigo mayor, al verlo, le dijo:
- ¡Por Dios, hijo! ¿Qué te ha sucedido?-
El joven quiso comenzar a dar una explicación, que le resultaría difícil, pero su amigo interrumpió su silencio diciendo:
- Me lo ha contado por escrito – Y narró lo versionado por Alonso, facilitándole la tarea.
- ¡Buscaban un libro! – Dijo Fray Gerardo - ¿Qué libro? –
El muchacho hizo señas de que ignoraba de que se trataba.
- ¿Cómo eran los hombres? – Replicó el religioso - ¿Eran corpulentos?-
Un repentino sobresalto de temor, al cual supo disimular, recorrió el cuerpo de Alonso ¿Cómo sabía Fray Gerardo que lo eran? ¿Habrían encontrado el cadáver de su enemigo y él ya lo sabía? Se preguntó. De ser así ¿Debería evitar que relacionaran el ataque que sufrió, con ello? ¿Qué explicaciones daría? ¿Y el libro? Si tuviera que aclarar acerca de él ¿Qué diría? Si bien algunos monjes repudiaban los métodos de los inquisidores, no sabía en que grupo militaba Fray Gerardo. Por mucho menos que la sospecha semejante a la existencia de un libro mágico, muchos hombres habían sido torturados hasta la muerte u obligados a una falsa confesión, procurando la piedad que nunca les llegó.
Alonso dio a entender que no vio quien lo atacó y que no sabía nada de nada acerca del libro.
- ¡Mnnn! Farfulló el fraile, y se retiró con gesto adusto.-
El muchacho estuvo un rato con Guillermo y el médico, hasta que también se marchó, preocupado por la situación ante Gerardo.
Es mejor no lamentarse por la desgracia por suceder. Si finalmente ella no llega se habrá sufrido en vano, pensó y eso lo tranquilizó bastante.
Volvió a su trabajo con el silencioso granadino. Cuando la tarde empezó a retirarse hasta el día siguiente, fue a visitar nuevamente al talavero. Desobedeciendo, en cierta forma, las recomendaciones del médico, entró en su habitación. Lo halló reposando pero despierto.
- ¡Por fin algo de distracción! – Dijo Guillermo - ¡Cuéntame algo! –
Alonso, entendiendo la broma, empezó a hacer ademanes que, de ninguna forma, se podían interpretar como algo coherente. Ambos rieron.
Al rato, luego de escuchar la reprimenda que le dio el médico por molestar a su amigo, Alonso emprendió su diario y crepuscular regreso hacia el mesón. Sin darse cuenta, hizo el recorrido casi corriendo. Llegó agitado. Juana, al verlo, fue a su encuentro, estaba esperándolo en la calle. Notó su exaltación, por lo que se acercó a él diciendo:
- ¿Qué pasó, qué pasó? –
La sonrisa que la alegría dibujaba en la cara de Alonso, fue toda una explicación. Ambos, al encontrarse, giraron dentro de un abrazo y las lágrimas de uno mojaron las prendas del otro.
Pasada la cena, entrada la noche y junto al telar, Juana cantó, a los oídos del joven, de la forma más maravillosa que alguna vez lo hubiera hecho. Alonso estaba feliz.
Durante los siguientes días Guillermo mejoró más y más, y las visitas de Alonso aumentaron en frecuencia.
Una tarde en la que ambos jóvenes estaban en el jardín del monasterio, Fray Gerardo se acercó hacia ellos y dijo, mirando al Talavero:
- Me ha dicho el médico que te encuentras en buenas condiciones ¿Quieres volver al trabajo? –
- ¡Si! Dijo Guillermo con énfasis. –
- Pues vayan para allí – Contestó el clérigo – Que para eso les pago –
Cuando se iban retirando el fraile añadió:
- A ver tú, Alonso, como se encuentra tu ojo.-
El muchacho se acercó al anciano y este lo examinó.
- ¡Mnnn! Ya casi está sano ¿Sabes algo nuevo acerca de quién te atacó?-
El joven negó con la cabeza.
- ¡Mm.! - Expresó Gerardo al alejarse.
Esto alteró nuevamente al muchacho ¿Qué sabría el fraile? Pensó ¿Habrán hallado el cadáver?
Cuando entraron al scriptorium no había rastros de Jalif, más que una elevada torre de hojas apiladas, de las que Alonso debía dar cuenta.
- Ahora si te llevo al trote. – Dijo Guillermo riéndose.
El muchacho rió también, al tiempo que asestó un codazo a su amigo, el cual contestó con un quejido.
Se sentaron para trabajar y, mientras Guillermo parecía esforzar sus ojos para entender el primer párrafo, Alonso escribió “liber summarum aberrosis super liber aristotelis”.
Ciertamente el ritmo de trabajo de Alonso, contrastando con la lentitud del talavero, hizo disminuir la altura de las pila de hojas, rapidamente.
Al día siguiente Guillermo pudo pisar el empedrado de la calle nuevamente y, para pasar la noche, regresó al mesón. Se sentía tan bien, como normal se veía el ojo de Alonso.
Al llegar a la posada todos se alegraron de verlo. Juana reprimió su deseo de lanzarse a sus brazos, un poco por pudor ante la presencia de su padre y, otro poco, por no celar a Alonso. Ahmad lo saludó con una sonrisa y hasta el enigmático joven espigado pareció dar muestras de alegría. Ximénez dijo:
- Suerte que la parca no te ha llevado, hijo. Ya es hora de que me pagues la renta.-
Todos rieron y el hombre concluyó:
-¡Iavolaires!-
Cenaron con gran alegría, festejando cada una de las ocurrencias del mesonero, que esa noche estaba especialmente inspirado.
A la hora en que Alonso usualmente se retiraba y los demás quedaban bebiendo vino, el joven le dio a entender a su amigo que quería que lo acompañara. Guillermo, haciendo caso al deseo de su amigo, lo siguió cuando este salió por la puerta del mesón. Totalmente intrigado vio como el muchacho rodeó el edificio y se dirigió hacia el fondo. Obedeciendo las tácitas órdenes de su amigo hizo lo mismo. Se sentaron, cada uno a su tiempo, sobre la piedra y, en el mismo momento, apareció Juana. Alonso quería compartir la felicidad que sentía esa noche, con las dos personas que más quería en el mundo.
Una luna casi ausente y oscura, estrenaba una media circunferencia, menguada y perfecta, apenas elevada por encima de la línea que separa al mundo del cielo.
Pasaron parte de la noche entre historias y risas.
- Mañana quisiera ir de paseo al río – Dijo Juana.
Alonso asintió con una sonrisa.
- Me gustaría que nos acompañes, Guillermo –
El talavero miró a su amigo, como esperando su aprobación. El muchacho expresó su afirmación nuevamente.
- Me sentiré muy halagado de hacerlo – Contestó.
- Puedo invitar a mi prima, si les parece. Vive cerca de aquí – Dijo la joven.
Los muchachos aceptaron la propuesta, Guillermo con más entusiasmo. Ambos habían ignorado, hasta ese momento, la existencia de ella.
- Es hija de la hermana de mi madre – Agregó – No es una Ximénez.
Eso entusiasmó aun más, al talavero. Las probabilidades de que no sea una mujer tosca, aumentaban al no ser pariente del mesonero, pensó.
A la mañana siguiente la expectativa por la inminencia del paseo hizo que los tres se levantaran bien temprano. Ambos jóvenes se encontraron sentados a la mesa vacía. El desayuno no aparecía. Al rato Juana ingresó desde el exterior del mesón.
- Ya le he avisado – Les dijo sabiendo que entendían de que se trataba lo que estaba diciendo – Nos estará esperando en su casa –
El entusiasmo de Guillermo era muy difícil de disimular. Cuando estaban por terminar los alimentos hicieron su aparición en el comedor, también temprano, el mudéjar y el espigado, en ese orden.
Juana, el talavero y Alonso se reunieron, poco más tarde, afuera de la posada. La joven llevaba una canasta con unos tentempiés, para el mediodía. Caminaron calle abajo hasta que la muchacha dijo:
- ¡Aquí es! ¡Osenda, Osenda! –
El nombre le pareció algo feo a Guillermo, pero se dijo “¡Que importa!”.
La puerta de la casa chirrió con un agudo sonido y, detrás de ella, apareció una muchacha.
No superaba el metro y medio de altura. Sus anchas caderas envolvían, como dos cordones montañosos surcados por un río, el cinto que ceñía su rustica túnica a la altura de la cintura. Dos huecos rectangulares y oscuros, opuestos por el vértice, interrumpían la continuidad de su sonriente dentadura, en la zona de los incisivos, bajo la sombra de una nariz más abultada que lo normal. Remataban su cabeza dos matas de un pajoso y enredado pero castaño oscuro.
Guillermo pareció palidecer, mientras que Alonso sonreía casi al punto de estallar en carcajadas.
Juana hizo las presentaciones del caso e invitó a todos a proseguir el camino.
La pareja de tórtolos iba delante, mientras que Osenda y el talavero, los seguían a corta distancia. En un momento Alonso giró su cabeza y vio que la “dulce doncella”, llevaba tomado del brazo, a su amigo. Este iba serio como frente a una lápida y, al ver que su compañero lo observó, le lanzó una mirada que solicitaba socorro. La muchacha no paraba de hablar a través del los huecos que dejaban los dos dientes que le faltaban.
Avanzaron alejándose de la ciudad. A medida que lo hacían las casas eran cada vez más escasas. Llegaron a la cresta de un peñón y echaron la última mirada a la imponencia del Alcázar, la misma loma lo ocultaría varios pasos más adelante. Descendieron por un sendero que zigzagueaba entre las oscuras rocas, moteadas de verde, alejándose del bullicio de la zona cercana al puente.
Al acercarse al Tajo llegaron a la pequeña playa de gruesa grava, a la cual la pareja había ido la última vez. Luego de buscar ubicación cómoda, se sentaron los cuatro a observar el paso de las aguas, al rodear la base de la peña del rey moro. El suave tronar de la corriente, que a mas tardar al día siguiente, besaría las sales del océano, tenía a casi todos embelesados. El paisaje en movimiento era maravilloso.
Guillermo no hablaba. Juana y Alonso estaban, el uno junto al otro, en su mundo. La única que parecía estar ausente de la magia del lugar era Osenda.
Aguijoneando de un codazo al talavero le dijo:
- ¿Te gustan los garbanzos? –
Guillermo, haciendo un gran esfuerzo, le contestó muy seriamente:
- Ha de gustarme lo que me guste, todo a su tiempo y en su justa medida.-
La muchacha lo miró embelesada y agregó:
- Y ¿Cómo te gustan? Se hacerlos de muchas formas.-
El talavero decidió que su silencio sería la mejor de las respuestas, mientras que la muchacha no cesaba de decir cosas por el estilo.
Alonso, enfocado ahora en la conversación de su amigo con la “doncella”, no paraba de sonreír.
Cuando el sol se plantó encima de sus cabezas, Juana sacó los alimentos de su canasta y los cuatro saciaron su hambre. Fue el único momento en el que Osenda permaneció callada. Ella comió más que los demás.
En un momento las muchachas se retiraron a través de la espesura de unas genistas, nadie preguntó para que. Guillermo se acercó a Alonso y le dijo en voz baja:
- Amigo, no soporto más a este… A la prima de Juana. No es que sea fea ni nada, no es mi tipo. Es… Tosca, burda, es… Mis antecedentes inmediatos me ayudarán. Fingiré sentirme mal y me retiraré dejando al… Dejando a Osenda en su casa para irme quien sabe donde.-
Alonso, entre silenciosas risas, avaló su decisión.
Cuando las muchachas retornaron, Guillermo puso cara de dolorido y, pasándose la mano a la altura del estomago, dijo:
- Mi estado es muy malo. Con su perdón desearía retirarme. Con gusto acompañaré a Osenda a su hogar.-
La muchacha en cuestión, con gesto de aflicción, no tuvo más que aceptar. Juana se apiadó de la salud del talavero, recomendó a su prima que lo cuidara y los acompañó unos metros en su partida.
- Su salud no ha sido buena – Dijo.
Ambos se alejaron dejando a la pareja a solas. La intimidad repentina no hizo más que gestar arrumacos y abrazos para el resto de la tarde.

2 comentarios:

  1. Mnnnnn, se me coló una letra mentirosa.
    Vuelvo....

    Mnnnn, muy bueno e intenso este capítulo. Mnnnn, ese fraile, el libro, el misterio.
    Ayyy esa pobre fea gorda Osenda,
    la verdad del (supongo)apuesto Guillermo le dolerá a la tosca y burda, así es la verdad.
    Mintió Guillermo diciendo que tenía dolores, "pupa", una mentira piadosa, en esas estamos, ¿es mejor eso o la verdad? (?)
    Muy bien el árbol ese de las dudas o mentiras del jueves.
    Aplauso amigo + besito.

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