miércoles, 29 de septiembre de 2010

Una convocatoria literaria. Este Jueves un relato: "Mentiras"

Tomemos un poco de acá, otro poco de allá y escribamos esas historias.
No entiendo como funciona esto ¿Por qué crecen esos árboles? Escribiré una explicación y la sumaré a las tantas del libro.
Me contó alguien, que le contó alguien, al quien le había contado alguien, que hace unos años un hombre hizo unos milagros maravillosos. Lo voy a escribir en el libro.
¡Esto no puede durar para siempre! ¿Cómo podría terminar? ¡Ya se! Voy a escribir el final.
Los años, las plumas y los hombres engordaron al libro hasta que este cobró vida. Por él murieron miles, fueron torturados otros tantos y apresados muchos mas. Algunos, gracias a sus favores, lograron hacerse ricos y uno hasta estrenó su imprenta.
Es pecado discutirlo y el libro sigue aquí.

Capítulo XII


La felicidad de Alonso le impidió, durante este nuevo día, conseguir logros aceptables en su labor; apenas tradujo un par de hojas. El granadino lo observaba sin entender el discontinuo ritmo de trabajo del muchacho, no comprendía como un día avanzaba a una velocidad insuperable y otro se quedaba inmóvil, en posición de escribir durante largos minutos. Este era uno de ellos.
El joven reflexionaba acerca de cómo un momento de desgracia puede quitarte todo lo que la vida te ha dado y destruirte internamente.
La casualidad suele ser la pesa más gorda de la balanza. A medida que más seres amados tenemos, mayores son los miedos que debemos soportar, pensó.
Trabajó un rato al ritmo que pudo, o que quiso. Al poco tiempo se hizo la hora del almuerzo y el granadino abandonó su trabajo momentáneamente, como lo había hecho religiosamente los días anteriores.
Alonso aprovechó para visitar, nuevamente, a su amigo. Cuando llegó al ala sanitaria encontró en el corredor, conversando animadamente, a Guillermo, al médico y a Fray Gerardo. El clérigo mayor, al verlo, le dijo:
- ¡Por Dios, hijo! ¿Qué te ha sucedido?-
El joven quiso comenzar a dar una explicación, que le resultaría difícil, pero su amigo interrumpió su silencio diciendo:
- Me lo ha contado por escrito – Y narró lo versionado por Alonso, facilitándole la tarea.
- ¡Buscaban un libro! – Dijo Fray Gerardo - ¿Qué libro? –
El muchacho hizo señas de que ignoraba de que se trataba.
- ¿Cómo eran los hombres? – Replicó el religioso - ¿Eran corpulentos?-
Un repentino sobresalto de temor, al cual supo disimular, recorrió el cuerpo de Alonso ¿Cómo sabía Fray Gerardo que lo eran? ¿Habrían encontrado el cadáver de su enemigo y él ya lo sabía? Se preguntó. De ser así ¿Debería evitar que relacionaran el ataque que sufrió, con ello? ¿Qué explicaciones daría? ¿Y el libro? Si tuviera que aclarar acerca de él ¿Qué diría? Si bien algunos monjes repudiaban los métodos de los inquisidores, no sabía en que grupo militaba Fray Gerardo. Por mucho menos que la sospecha semejante a la existencia de un libro mágico, muchos hombres habían sido torturados hasta la muerte u obligados a una falsa confesión, procurando la piedad que nunca les llegó.
Alonso dio a entender que no vio quien lo atacó y que no sabía nada de nada acerca del libro.
- ¡Mnnn! Farfulló el fraile, y se retiró con gesto adusto.-
El muchacho estuvo un rato con Guillermo y el médico, hasta que también se marchó, preocupado por la situación ante Gerardo.
Es mejor no lamentarse por la desgracia por suceder. Si finalmente ella no llega se habrá sufrido en vano, pensó y eso lo tranquilizó bastante.
Volvió a su trabajo con el silencioso granadino. Cuando la tarde empezó a retirarse hasta el día siguiente, fue a visitar nuevamente al talavero. Desobedeciendo, en cierta forma, las recomendaciones del médico, entró en su habitación. Lo halló reposando pero despierto.
- ¡Por fin algo de distracción! – Dijo Guillermo - ¡Cuéntame algo! –
Alonso, entendiendo la broma, empezó a hacer ademanes que, de ninguna forma, se podían interpretar como algo coherente. Ambos rieron.
Al rato, luego de escuchar la reprimenda que le dio el médico por molestar a su amigo, Alonso emprendió su diario y crepuscular regreso hacia el mesón. Sin darse cuenta, hizo el recorrido casi corriendo. Llegó agitado. Juana, al verlo, fue a su encuentro, estaba esperándolo en la calle. Notó su exaltación, por lo que se acercó a él diciendo:
- ¿Qué pasó, qué pasó? –
La sonrisa que la alegría dibujaba en la cara de Alonso, fue toda una explicación. Ambos, al encontrarse, giraron dentro de un abrazo y las lágrimas de uno mojaron las prendas del otro.
Pasada la cena, entrada la noche y junto al telar, Juana cantó, a los oídos del joven, de la forma más maravillosa que alguna vez lo hubiera hecho. Alonso estaba feliz.
Durante los siguientes días Guillermo mejoró más y más, y las visitas de Alonso aumentaron en frecuencia.
Una tarde en la que ambos jóvenes estaban en el jardín del monasterio, Fray Gerardo se acercó hacia ellos y dijo, mirando al Talavero:
- Me ha dicho el médico que te encuentras en buenas condiciones ¿Quieres volver al trabajo? –
- ¡Si! Dijo Guillermo con énfasis. –
- Pues vayan para allí – Contestó el clérigo – Que para eso les pago –
Cuando se iban retirando el fraile añadió:
- A ver tú, Alonso, como se encuentra tu ojo.-
El muchacho se acercó al anciano y este lo examinó.
- ¡Mnnn! Ya casi está sano ¿Sabes algo nuevo acerca de quién te atacó?-
El joven negó con la cabeza.
- ¡Mm.! - Expresó Gerardo al alejarse.
Esto alteró nuevamente al muchacho ¿Qué sabría el fraile? Pensó ¿Habrán hallado el cadáver?
Cuando entraron al scriptorium no había rastros de Jalif, más que una elevada torre de hojas apiladas, de las que Alonso debía dar cuenta.
- Ahora si te llevo al trote. – Dijo Guillermo riéndose.
El muchacho rió también, al tiempo que asestó un codazo a su amigo, el cual contestó con un quejido.
Se sentaron para trabajar y, mientras Guillermo parecía esforzar sus ojos para entender el primer párrafo, Alonso escribió “liber summarum aberrosis super liber aristotelis”.
Ciertamente el ritmo de trabajo de Alonso, contrastando con la lentitud del talavero, hizo disminuir la altura de las pila de hojas, rapidamente.
Al día siguiente Guillermo pudo pisar el empedrado de la calle nuevamente y, para pasar la noche, regresó al mesón. Se sentía tan bien, como normal se veía el ojo de Alonso.
Al llegar a la posada todos se alegraron de verlo. Juana reprimió su deseo de lanzarse a sus brazos, un poco por pudor ante la presencia de su padre y, otro poco, por no celar a Alonso. Ahmad lo saludó con una sonrisa y hasta el enigmático joven espigado pareció dar muestras de alegría. Ximénez dijo:
- Suerte que la parca no te ha llevado, hijo. Ya es hora de que me pagues la renta.-
Todos rieron y el hombre concluyó:
-¡Iavolaires!-
Cenaron con gran alegría, festejando cada una de las ocurrencias del mesonero, que esa noche estaba especialmente inspirado.
A la hora en que Alonso usualmente se retiraba y los demás quedaban bebiendo vino, el joven le dio a entender a su amigo que quería que lo acompañara. Guillermo, haciendo caso al deseo de su amigo, lo siguió cuando este salió por la puerta del mesón. Totalmente intrigado vio como el muchacho rodeó el edificio y se dirigió hacia el fondo. Obedeciendo las tácitas órdenes de su amigo hizo lo mismo. Se sentaron, cada uno a su tiempo, sobre la piedra y, en el mismo momento, apareció Juana. Alonso quería compartir la felicidad que sentía esa noche, con las dos personas que más quería en el mundo.
Una luna casi ausente y oscura, estrenaba una media circunferencia, menguada y perfecta, apenas elevada por encima de la línea que separa al mundo del cielo.
Pasaron parte de la noche entre historias y risas.
- Mañana quisiera ir de paseo al río – Dijo Juana.
Alonso asintió con una sonrisa.
- Me gustaría que nos acompañes, Guillermo –
El talavero miró a su amigo, como esperando su aprobación. El muchacho expresó su afirmación nuevamente.
- Me sentiré muy halagado de hacerlo – Contestó.
- Puedo invitar a mi prima, si les parece. Vive cerca de aquí – Dijo la joven.
Los muchachos aceptaron la propuesta, Guillermo con más entusiasmo. Ambos habían ignorado, hasta ese momento, la existencia de ella.
- Es hija de la hermana de mi madre – Agregó – No es una Ximénez.
Eso entusiasmó aun más, al talavero. Las probabilidades de que no sea una mujer tosca, aumentaban al no ser pariente del mesonero, pensó.
A la mañana siguiente la expectativa por la inminencia del paseo hizo que los tres se levantaran bien temprano. Ambos jóvenes se encontraron sentados a la mesa vacía. El desayuno no aparecía. Al rato Juana ingresó desde el exterior del mesón.
- Ya le he avisado – Les dijo sabiendo que entendían de que se trataba lo que estaba diciendo – Nos estará esperando en su casa –
El entusiasmo de Guillermo era muy difícil de disimular. Cuando estaban por terminar los alimentos hicieron su aparición en el comedor, también temprano, el mudéjar y el espigado, en ese orden.
Juana, el talavero y Alonso se reunieron, poco más tarde, afuera de la posada. La joven llevaba una canasta con unos tentempiés, para el mediodía. Caminaron calle abajo hasta que la muchacha dijo:
- ¡Aquí es! ¡Osenda, Osenda! –
El nombre le pareció algo feo a Guillermo, pero se dijo “¡Que importa!”.
La puerta de la casa chirrió con un agudo sonido y, detrás de ella, apareció una muchacha.
No superaba el metro y medio de altura. Sus anchas caderas envolvían, como dos cordones montañosos surcados por un río, el cinto que ceñía su rustica túnica a la altura de la cintura. Dos huecos rectangulares y oscuros, opuestos por el vértice, interrumpían la continuidad de su sonriente dentadura, en la zona de los incisivos, bajo la sombra de una nariz más abultada que lo normal. Remataban su cabeza dos matas de un pajoso y enredado pero castaño oscuro.
Guillermo pareció palidecer, mientras que Alonso sonreía casi al punto de estallar en carcajadas.
Juana hizo las presentaciones del caso e invitó a todos a proseguir el camino.
La pareja de tórtolos iba delante, mientras que Osenda y el talavero, los seguían a corta distancia. En un momento Alonso giró su cabeza y vio que la “dulce doncella”, llevaba tomado del brazo, a su amigo. Este iba serio como frente a una lápida y, al ver que su compañero lo observó, le lanzó una mirada que solicitaba socorro. La muchacha no paraba de hablar a través del los huecos que dejaban los dos dientes que le faltaban.
Avanzaron alejándose de la ciudad. A medida que lo hacían las casas eran cada vez más escasas. Llegaron a la cresta de un peñón y echaron la última mirada a la imponencia del Alcázar, la misma loma lo ocultaría varios pasos más adelante. Descendieron por un sendero que zigzagueaba entre las oscuras rocas, moteadas de verde, alejándose del bullicio de la zona cercana al puente.
Al acercarse al Tajo llegaron a la pequeña playa de gruesa grava, a la cual la pareja había ido la última vez. Luego de buscar ubicación cómoda, se sentaron los cuatro a observar el paso de las aguas, al rodear la base de la peña del rey moro. El suave tronar de la corriente, que a mas tardar al día siguiente, besaría las sales del océano, tenía a casi todos embelesados. El paisaje en movimiento era maravilloso.
Guillermo no hablaba. Juana y Alonso estaban, el uno junto al otro, en su mundo. La única que parecía estar ausente de la magia del lugar era Osenda.
Aguijoneando de un codazo al talavero le dijo:
- ¿Te gustan los garbanzos? –
Guillermo, haciendo un gran esfuerzo, le contestó muy seriamente:
- Ha de gustarme lo que me guste, todo a su tiempo y en su justa medida.-
La muchacha lo miró embelesada y agregó:
- Y ¿Cómo te gustan? Se hacerlos de muchas formas.-
El talavero decidió que su silencio sería la mejor de las respuestas, mientras que la muchacha no cesaba de decir cosas por el estilo.
Alonso, enfocado ahora en la conversación de su amigo con la “doncella”, no paraba de sonreír.
Cuando el sol se plantó encima de sus cabezas, Juana sacó los alimentos de su canasta y los cuatro saciaron su hambre. Fue el único momento en el que Osenda permaneció callada. Ella comió más que los demás.
En un momento las muchachas se retiraron a través de la espesura de unas genistas, nadie preguntó para que. Guillermo se acercó a Alonso y le dijo en voz baja:
- Amigo, no soporto más a este… A la prima de Juana. No es que sea fea ni nada, no es mi tipo. Es… Tosca, burda, es… Mis antecedentes inmediatos me ayudarán. Fingiré sentirme mal y me retiraré dejando al… Dejando a Osenda en su casa para irme quien sabe donde.-
Alonso, entre silenciosas risas, avaló su decisión.
Cuando las muchachas retornaron, Guillermo puso cara de dolorido y, pasándose la mano a la altura del estomago, dijo:
- Mi estado es muy malo. Con su perdón desearía retirarme. Con gusto acompañaré a Osenda a su hogar.-
La muchacha en cuestión, con gesto de aflicción, no tuvo más que aceptar. Juana se apiadó de la salud del talavero, recomendó a su prima que lo cuidara y los acompañó unos metros en su partida.
- Su salud no ha sido buena – Dijo.
Ambos se alejaron dejando a la pareja a solas. La intimidad repentina no hizo más que gestar arrumacos y abrazos para el resto de la tarde.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Capítulo XI


Abrió solamente el ojo que pudo, con el cual miró el techo de su cuarto, hasta que comprendió que estaba despierto, pero no intentó levantarse. Alonso sentía el cuerpo mucho mas pesado que lo habitual y como si estuviera amarrado al catre. Permaneció un buen rato así: inmóvil, pensativo. Unos insistentes golpes a su puerta lo hicieron salir de ese trance.
- ¡Alonso, Alonso! - Dijo la voz de Juana del otro lado.
Un simple “¡Adelante!” zanjaría la situación, pensó el joven, pero no hallaba la forma de comunicarse con ella, en ese momento.
Al rato la puerta se abrió y por ella ingresó Ximénez. Observó al muchacho, que lucía un monóculo morado y su otro ojo abierto, y dijo:
- ¡Ven, mi niña! Don dormilón ya ha despertado -
La joven entró en la habitación y vio el desvastado estado del muchacho.
- ¿Qué te ocurre, mi alma? – Dijo casi susurrando, para que no la oyera su padre - ¿Puedes levantarte? -
El joven negó con la cabeza.
- Deberías hacerlo, el movimiento te hará bien, además tienes que hacerte revisar ese ojo por el médico y averiguar como se encuentra Guillermo - Expresó Juana con preocupación.
Esta vez el muchacho asintió. Las mujeres, finalmente, lo dominan todo, pensó.
Ximénez, quien se había ido, regresó con un jarro con leche tibia. La joven ayudó a Alonso a elevar su torso y sentarse en el catre y, haciendo ella lo mismo pero de costado, acercó el jarro hacia la boca del joven. Este, con gran esfuerzo, lo fue bebiendo de a sorbos. Le dolía casi toda la cara. Cuando hubo terminado, la muchacha, con un lienzo mojado, le humedeció el rostro en las zonas que él y su dolor le permitieron tocar.
Con mucha dificultad el joven se puso de pié y, ayudado por Juana, salió hacia el comedor. Una vez sentado a la mesa no pudo probar ni un bocado de pan. Ella le ofreció otro jarro con leche que él bebió con lentitud. Espabilado y con el cuerpo algo más caliente, por el movimiento y la bebida, empezó gradualmente, a sentirse mejor. Ya no pensaba tanto en el dolor que sentía, sino que había regresado, con mayor intensidad, la preocupación por la salud de Guillermo.
Ya en la calle, con el sol otoñal a media altura entibiándole la frente, comenzó su camino hacia el convento. Esta vez la joven lo acompañaba. Iba aferrada a uno de sus brazos. De tanto en tanto apoyaba la cabeza en su hombro.
- ¿Quién querría hacerte daño? Y ¿Para qué? - Le preguntó Juana.
Alonso le contestó con el gesto que representaba la duda que él también tenía ¿Quiénes eran esos hombres que buscaban un libro que ya no existía? ¿Cómo habían sabido de su contacto con él? Se interrogaba.
Al pasar por la esquina donde lo habían atacado, vio la mancha parda rojiza de la sangre del villano muerto, sobre el empedrado. Más dudas y temores invadieron al muchacho ¿Qué habrán hecho con el cuerpo del muerto? ¿Estarán al tanto de lo sucedido los alguaciles? ¿Me estarán buscando? Se interrogaba. Miró a la muchacha, quien pasó por el lugar ignorando que fue el de los hechos. Mejor que no sepa, pensó.
En la puerta del cenobio se despidieron. Él, moviendo la palma de una de sus manos como simulando golpear una puerta, le dio a entender que lo esperara y que ya regresaría con noticias.
Cuando el monje médico lo vio ingresando por el corredor, le dijo:
- ¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado, hijo? ¡Ven que debo revisar ese ojo! -
Alonso, meneando la cabeza, le decía que no. Que quería ver a su amigo.
El clérigo cerró la puerta de la habitación de Guillermo, del lado de afuera y, mediante una sana extorsión, le ordenó al joven:
- ¡Si no dejas que te atienda no verás a tu amigo! -
El muchacho cedió. Se sentó en una banca y se sometió al doloroso examen del médico.
- ¡Mnnn! No es grave, el ojo está fijado, puedes moverlo - Dijo.
Alonso asintió, casi sin inmutarse y miró al monje como preguntándole si eso era todo.
- ¡Ya está! - Dijo este - ¡Ve a ver a tu amigo! -
La imagen que vio dentro de la habitación hizo que se produjera un agradable estremecimiento en su cuerpo. El rostro de Guillermo se veía más turgente y los bubones apenas eran unas pequeñas máculas resecas.
- Está mucho mejor - Dijo el médico - Creo que se recuperará. Es decir, casi no me caben dudas acerca de ello, ha pasado demasiada peste delante de mis ojos como para no saberlo. Es un talavero fuerte y afortunado, muy pocos han salido vivos de esto -
El joven tocó la frente de su amigo, la temperatura era normal. Giró sobre sus pies, tomó de los hombros al monje y le dio un inesperado abrazo.
Corriendo hacia el exterior, se dirigió al encuentro de Juana. La joven, al verlo correr hacia ella pensó lo peor, hasta que pudo distinguir los gestos de felicidad en su cara. Al encontrarse se abrazaron fuertemente, no hacía falta que él dijera nada.
- ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! - Repetía ella con lágrimas en los ojos.
Habría preferido que Dios, previamente, no lo enfermara. Pensó el joven.
Estuvieron un buen rato entre sollozos y festejos, hasta que él le indicó que debían separarse. Ella lo miró con extrema dulzura y, poniéndose de puntillas y besándole la frente, le dijo:
- ¡Volvamos a las labores! Nos veremos por la noche -
Al separarse, el joven, se dirigió a su lugar de trabajo. Tradujo un rato los escritos, al ritmo del granadino, pero la mañana casi había terminado, al poco tiempo se hizo la hora del almuerzo y este lo abandonó.
Alonso aprovechó para visitar, nuevamente, a su amigo. Luego pasó la tarde en el scriptorium, escribiendo a un ritmo que hacía poner nervioso a Jalif. La pila de hojas pendientes de traducir al latín era cada vez más pequeña hiriéndole el orgullo.
Letra tras letra se hizo la hora de retirarse. El muchacho consideró, ante lo sucedido, que no era prudente caminar solo por las calles bajo las sombras de la noche. La luna sería nueva y la oscuridad más intensa. Pasada un poco más de media tarde dejó los papeles, realizó una última visita a su amigo, el cual estaba mucho mejor, aunque todavía inconsciente y emprendió el regreso al mesón.
Esta vez realizó un recorrido diferente y no escatimó miradas precavidas en todas direcciones.
Al llegar más temprano que de costumbre a la posada, tuvo más tiempo disponible para estar con Juana. Esta vez en la cocina, ella estaba preparando un guisado. Entre carnes y hortalizas hablaba sin detenerse, la felicidad la embargaba. Él la miraba embelesado, cada movimiento de ella le parecía perfecto y gracioso.
Cada tanto se escuchaba, atronadoramente, la voz de Ximénez diciendo cosas como:
- ¡Apártate, tórtolo, entorpeces mi labor! - Y se retiraba entre risotadas, exclamando su “iavolaires”.
A Alonso no le molestaba eso, sonreía tanto como el dolor de su cara se lo permitía, había empezado a tenerle aprecio a aquel hombre.
Luego de la cena, la noche junto al telar volvió a ser maravillosa. No faltaron arrumacos, abrazos y los besos, que el argandeño soportaba con dolor y placer.
Cuando el joven, en la siguiente mañana llegó al monasterio, se dirigió, como todos estos últimos días, al lugar en donde estaba internado Guillermo. Le extrañó, en principio, no ver al médico por los corredores, siempre andaba por ahí. Al asomarse por la puerta se estremeció al no ver el cuerpo de su amigo sobre el catre ¿Habrá muerto? Se preguntó con angustia.
- Era hora que vinieras a visitarme - Dijo la voz del talavero detrás de él.
Al darse vuelta lo vio, de pie, sonriente y tambaleante. Alonso le dio un silencioso abrazo que causó un poco de dolor en la debilidad de Guillermo.
- ¡Detente, detente! Estoy mejor - Dijo su amigo – Pero muy débil ¿Qué te pasó en la cara? -
El joven, por el momento, evitó la respuesta. Estuvieron un largo rato juntos. Ante una nueva interrogación acerca del origen del moretón, Alonso escribió la historia del ataque sufrido, en un papel. Contó que lo interrogaron acerca de un libro, pero no dijo que conocía su existencia.
- Debe tratarse de un error- Sentenció Guillermo.
Alonso hizo señas de “puede ser”.
- Me ha dicho el médico que debo permanecer tres días más aquí, hasta que me recupere definitivamente - Dijo el talavero.
- ¡Hala, hala! Las visitas deben dejar descansar al enfermo - Ordenó el médico apareciendo repentinamente.
Los jóvenes se despidieron.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Capítulo X




Más tarde, bien entrada la noche, Alonso buscaba claridad en sus pensamientos y equilibrio en sus sentimientos, mientras intentaba dormir en su habitación. Lo segundo le resultaba tan imposible como necesario.
Es correcto sentirse feliz por el amor y sufrir ante el dolor, de eso se trata vivir, pensó.
La enfermedad de su amigo le despertaba el deseo de ayudarlo. La imposibilidad de hacerlo, una gran sensación de impotencia.
¿Por qué no funcionó el hechizo? Se preguntaba. Estoy seguro que lo escribí correctamente, pensaba ¿Será porque Juana no creyó en él? ¿Porque no sabía qué estaba leyendo?.. Tendría que haberle aclarado, previamente, de que se trataban las palabras que le dio a leer, se reprochaba.
En un momento su mente encontró un atajo hacia la claridad y renació con un pensamiento lúcido. Tiago tampoco supo de que se trataba lo que leyó en aquella posada, ante la pequeña sin vida, sin embargo logró revivirla mediante el hechizo. No se trataba de creer o no hacerlo ¿Qué habrá detrás de las palabras mágicas? Se preguntó, o de quien las emite.
Mientras su razonamiento no podía encontrarle más respuestas a sus dudas, el sueño, lentamente, lo fue atrapando a golpes de pestañeos que lograron, por fin, hacerlo quedar dormido.
Por la mañana se despertó nuevamente muy temprano, pero esta vez no lo despabiló el entusiasmo, sino la angustia de querer saber, cuanto antes, que estaba sucediendo con la salud de su amigo ¿Habrá muerto? Fue lo primero que se dijo, para que lo que supiera acerca de él, no fueran peores noticias.
Luego de mojar y secar su cara, se dirigió hacia el comedor. Casi al mismo tiempo Juana apareció desde la cocina, su belleza se veía atenuada por la expresión de tristeza de sus ojos, pero era belleza al fin.
A Alonso, por un momento, se le iluminó el corazón. Se abrazaron suavemente, sintiéndose el uno al otro con placer.
- ¡Siéntate, por favor!- Dijo ella.- Te traeré algo para comer.-
Desapareció tras la entrada de la cocina para regresar, a través de ella, con leche y pan.
- Quiero saber como se encuentra él.- Comentó la muchacha.
Alonso la miró, al mismo tiempo que pensó que no la dejarían entrar en el monasterio.
Ella lo observó con la mirada del amor mutuo, la cual le permitió interpretar lo que el muchacho estaba pensando.
- Iré al mediodía, estaré en la calle, te esperaré allí y tu me lo dirás ¿Si?- Dijo Juana.
El joven le esbozó una leve sonrisa y le dijo que si con la cabeza. El diálogo fue interrumpido por la aparición del joven alto el cual, como todos los días, se sentó a la mesa en silencio. Quien no lo hizo, durante todo el tiempo en el que Alonso estuvo sentado, fu Ahmad.
¿Estará enfermo también? Se preguntó alarmado el muchacho.
Cuando Juana regresó al comedor el joven, a su manera, la interrogó acerca del mudéjar.
- Se fue temprano, sin desayunar.- Dijo la muchacha.
Alonso hizo un gesto con la cara que claramente significaba ¡Qué extraño! Al rato se hallaba en la calle dispuesto a iniciar el camino hacia el monasterio. La muchacha lo acompañó hasta un poco más allá de la puerta, se dieron otro abrazo y ella le dijo:
- Te veré al mediodía.-
El joven asintió.
Su caminata hacia el monasterio fue la que con mayor rapidez había hecho desde el inicio de su trabajo, aunque le pareció interminable.
Cuando llegó, se dirigió directamente al ala de los enfermos. Con la mirada fija en la puerta de la habitación de Guillermo caminó por el sombrío pasillo, con paso firme, hacia ella. La mano del médico sobre su pecho lo detuvo bruscamente.
¿Qué me dirá? Pensó el muchacho ¿Lo peor?
El monje lo miró a los ojos y, con el dedo índice haciendo una cruz sobre los labios le dijo:
- ¡Shhh! Está descansando, sigue con fiebre y delirando pero no empeoró, esto es una buena señal.-
Alonso se asomó por la puerta y vio a su amigo postrado en el lecho. La imagen de Guillermo lo impresionó. Su cuerpo deshidratado le había arrugado la piel que lo envolvía, unas oscuras bolsas rodeaban sus ojos y los bubones lo cubrían casi totalmente. Ese hombre agónico no se parecía, casi en nada, al guapo talavero que compartía sus cotidianeidades.
El médico posó su mano sobre el hombro del muchacho, que solo parecía permanecer de pié sostenido por el marco de la puerta, y le dijo:
- Nada puedes hacer acá ¡Ve y reza! Como muchos lo hacemos, por él.-
Alonso, lentamente, haciendo caso a medias al monje, se alejó del lugar.
Cuando llegó al scriptorium, Jalif había acumulado varias hojas escritas más sobre la pila que debía traducir. Eso poco le importó al muchacho. Con la mirada perdida y la pluma en la mano, solo logró trazar garabatos en una hoja, que en nada se asemejaban al latín. No podía concentrarse.
A media mañana volvió a visitar a Guillermo, en el que nada había cambiado, y regresó a la ausente compañía del granadino. Utilizando una gran fuerza de voluntad, logró avanzar un poco en su trabajo, apenas una hoja y media.
Cuando llegó la hora del almuerzo Jalif se levantó y, sin decir palabra alguna, se retiró al comedor. Alonso también dejó su trabajo, pero salió del monasterio. En la calle estaba, tal cual ambos esperaban, Juana.
El muchacho la tomó del brazo para que caminase junto a él, mientras le explicaba, en silencio, que nada había cambiado en el estado de salud de Guillermo.
- Si no empeoró solo queda que mejore.- Dijo ella tratando de convencerse y convencerlo.
¡Sí! Contestó él con la cabeza, intentando provocar el mismo efecto.
Llegaron a un extremo alto del peñón toledano y se sentaron sobre una roca.
La vista, desde allí, era increíblemente hermosa y variada. Hacia abajo se veía el meandro dibujado por el hambre del Tajo, quien comió las rocas durante miles de años para tallarlo. En él, sobre la izquierda, la perfección del puente de Alcántara y, cerca de allí, el Alcázar con sus cuatro torres imponentes. En la lejanía, las elevaciones rocosas hacían irregular al horizonte y, semejantes a pequeños copos de nieve, de tanto en tanto, se podía distinguir algún rebaño de ovejas.
El paisaje era de una gran belleza, pero la tristeza que les velaba las miradas a la pareja no permitía que, ni siquiera ello, lograra entibiar el frío que les desabrigaba las almas.
Un buen rato estuvieron allí, en silencio, hasta que Alonso pensó que era tiempo de regresar. Posó su mano en los negros cabellos de la nuca de Juana y besó suavemente sus labios. Era la presencia de la muchacha a su lado, el único consuelo en esa situación.
Se puso de pié, extendió una mano que ella tomó, y ambos se encaminaron hacia el cenobio. Al llegar a él se despidieron en la calle prometiéndose, tácitamente, volver a verse al fenecer el día.
Alonso decidió ir directamente al scriptorium, le hacía mal ver a su amigo en semejante estado y se sentía inútil para cambiar la situación.
¿Qué podría hacer? Se preguntaba. ¿Enseñarle el hechizo a otra persona? Eso no le garantizaría que funcionara y, en el ámbito en el que se encontraba, una acción semejante despertaría sospechas que podrían llegar a oídos de algún inquisidor ¡Y todo por nada! Pensaba, el hechizo no funcionaba. ¿No funcionaba? Dudaba ¿Cuál será el secreto de su utilización?
El granadino no dejaba de producir hojas y más hojas traducidas. Alonso lo miró con cierto odio. ¿Qué te ocurre? Le dijo en total silencio ¿No sabes que Guillermo se me muere? Rapidamente apartó tan injustos pensamientos de su cabeza ¿Qué culpa tenía aquel hombre?
Durante el resto de la tarde no visitó a su amigo, había concluido que si algo malo o bueno sucedía con él, ya vendrían a comunicárselo. Estuvo concentrado un poco más en el trabajo con el afán de distraerse.
Cuando la luz que atravesaba el gran ventanal del scriptorium era ya escasa para la lectura, Alonso acomodó sus papeles y se puso de pie. Jalif se había retirado un rato antes.
El muchacho se dirigió al ala sanitaria para hacerle una última visita a su amigo. Este seguía en el mismo estado en el cual lo había visto la vez anterior.
- Veremos mañana como amanece.- Le dijo el médico.
Alonso hizo un gesto de agradecimiento y emprendió una caminata hacia la puerta del gran edificio. Cuando llegó a la calle ya era de noche. Comenzó a desandar solo, el camino de regreso hacia el mesón. La oscuridad de los pasajes lo ensimismaba, aún más, en su preocupación por Guillermo.
¡Maldito Dios hereje que contaminas la sangre de mi amigo! Pensó.
Casi con la cabeza totalmente gacha, dobló en una esquina. Al hacerlo, una sombra, más oscura que las demás, se atravesó frente a él y le hizo detener su marcha bruscamente. Levantó la mirada y vio, con sorpresa, que se trataba de uno de los dos hombretones que los habían atacado, a él y a Ordoño, en su camino a Toledo. El muchacho dio media vuelta para salir corriendo, pero su cara se encontró, violentamente, con el puño del otro de los villanos. La sumatoria de ambos movimientos opuestos, dio como resultado un golpe descomunal. El impacto lo hizo caer de bruces en el suelo. Una mano fuerte lo tomó por la parte posterior de su cuello y lo obligó a apoyar fuertemente su frente contra el empedrado. Uno de los hombres dijo:
- ¡Dinos, mudo cabrón! ¿Dónde has escondido el libro? ¡Dinos!-
El otro hombre acercó un papel y un lápiz a la mano de Alonso.
- ¡Escribe o te va en ello la vida!- Le dijo- ¿Dónde has escondido el libro? ¡Dinos!-
El muchacho sintió el aguijoneo de la punta de una espada, contra sus costillas. No atinaba a nada; hablar no podía, lo que tendría que escribir, para satisfacer las órdenes de los villanos, era extenso y complicado, no podría hacerlo bajo ese estado de amenaza e incomodidad. Se sentía perdido. De pronto un puntapié sacudió su costillar, por el lado derecho.
- ¡Dinos, escribe!- Dijo quien lo estaba sujetando, casi gritando.
La oscuridad de la calle era un refugio perfecto para el acto de tortura al cual estaba siendo sometido. Ya sea por no escuchar la revuelta o por miedo, nadie se asomó desde sus casas. Estaba totalmente solo, en manos de los dos malos hombres.
Cuando ya sus esperanzas estaban agotadas, escuchó el silbido de un objeto surcando el aire velozmente y, casi al instante, el crujido de una madera golpeando algo que también crujió. Alonso, con la frente apretada contra el empedrado y algo aturdido vio, a su lado y repentinamente, el cuerpo de uno de los hombres que lo atacaban, derrumbado en el suelo. Escuchó una similar sucesión de sonidos y sintió el alivio de la mano opresora liberándolo.
No pudo reaccionar de inmediato, solo luego de unos cuantos segundos logró ponerse de pie y vio al otro hombre yacer sobre el empedrado. Miró hacia todas las direcciones, a través de la penumbra de las calles, y no pudo distinguir al autor del salvador ataque. Quiso llamarlo, de alguna manera, y no pudo. Se acercó al cuerpo del primero de los gigantones caído, se hallaba totalmente inmóvil, un charco púrpura oscuro se formaba alrededor de él, proveniente de una delgada vertiente de su cabeza, estaba muerto. El otro, con la boca abierta y segregando una espesa espuma, jadeaba intensa y dificultosamente.
Cuando recuperó suficiente lucidez, decidió alejarse rapidamente del lugar. No pudo ver a nadie en los alrededores, no había testigos del ataque salvo aquel salvador desconocido. Podría llegar un alguacil y no tendría manera de explicarle la situación y, sobre todo, su inocencia, pensó.
Mientras retomaba el camino hacia el mesón, su mente volvía a transitar por los laberínticos pasillos de la incertidumbre ¿Quiénes eran esos hombres? Se preguntaba ¿Cómo sabían acerca del libro? A esta altura de los acontecimientos, Alonso solo tenía certeza acerca de que lo que querían eran los hechizos ¿Cómo sabían que era mudo? Se decía ¿Lo habrían seguido desde hace mucho tiempo? ¿Tendrían algún cómplice espiándolo? ¿Por qué a él le estaba sucediendo esto?
Pero lo que más le intrigaba al muchacho, mientras avanzaba por calles cada vez más oscuras, era ¿Quién fue su salvador esa noche? ¿Habrá sido Ordoño? Se interrogaba casi contestándose ¿Sería esa la misión secreta que había traído al monje a Toledo? ¿Ser una especie de ángel de la guarda suyo?
Las preguntas lo acompañaron hasta las cercanías de la posada. Cuando llegó, una ciruela redonda y morada, había madurado en la órbita de uno de sus ojos. Juana lo vio entrar y empalideció subitamente.
- ¿Qué te ha ocurrido?- Le dijo alarmada, mientras comenzaba a sollozar.
Alonso le hizo entender que no se debía preocupar y que ya le contaría. Lo acontecido era algo difícil y largo de explicar.
- No se si será bueno todo esto, pero desde que has llegado no nos hemos aburrido, muchacho ¡Iavolaires!- Dijo Ximénez riéndose.
La muchacha miró a su padre con enojo, llevó a su amado a su habitación, atendió sus heridas y puso paños frescos sobre su ojo entumecido.
Los suaves cuidados, de las delicadas manos de la joven, calmaron sus dolores y Alonso, por el cansancio de las tensiones sufridas, se quedó profundamente dormido.

martes, 14 de septiembre de 2010

Capítulo IX


El día amaneció a su debido tiempo y Alonso despertó con el primer albor, no quería que el sueño le quitara tiempo a su felicidad. Cuando entró en el comedor y se sentó a la mesa, todavía no lo había hecho nadie esa mañana. Juana apareció desde la cocina al oír los ruidos que él había hecho al sentarse. El muchacho se puso de pie y se dieron un abrazo.
- Deseaba que fueras tú el madrugador.- Dijo ella.
Alonso apretó un poco más a la muchacha contra su cuerpo, produciendo un ligero temblor en él, luego se separaron y disimularon la situación, al escuchar los sonidos de cercanos movimiento. Uno a uno los huéspedes fueron apareciendo. Al rato estaban sentados todos allí.
Todos menos Guillermo. El joven le hizo gestos a Juana, señalándole el lugar donde habitualmente solía sentarse su amigo, en actitud de interrogación acerca de él.
- No lo he visto hoy.- Dijo la muchacha. Todavía no ha aparecido.
Todos terminaron de alimentarse y, cada uno a su tiempo salvo Alonso, se fueron marchando. El joven se quedó sentado a la espera de su compañero.
¿Qué habrá hecho el bribón la noche anterior? Se preguntó. Es hora de que se despierte, se dijo.
Se puso de pie y golpeo reiteradamente a la puerta de la habitación de Guillermo. No recibió ninguna respuesta a su llamado. La abrió y vio a su amigo tendido en el catre. La piel de su cara mostraba un rojo intenso y en su cuello habían florecido unos atemorizantes bubones. Su cuerpo no cesaba de tiritar. El muchacho se acercó y posó su mano sobre la frente de él. Ardía hasta casi quemar. No podía preguntarle nada. El talavero decía frases inconexas y alternaba el árabe, con el latín y el español, deliraba.
Alonso fue a buscar a Juana. En el camino vio a Ximénez acostado en su catre, emanando un espeso aliento a alcohol, no podría ser de gran ayuda. Cuando la joven entró en la habitación de Guillermo se le transfiguró la cara, vio la muerte en el semblante del talavero.
- Debemos hacer algo.- Dijo ella.- Tiene “la peste”.-
El joven languideció, su amigo se moría. Sabiendo el poder de sus secretos, ese era uno de los pocos momentos en los cuales deseaba, como nunca, poder hablar. Poder parase frente al lecho del enfermo y decirle “Haraneo atsa”, el hechizo de sanación. Quería mucho a ese compañero, como para aceptar su pérdida.
Juana salió del mesón en busca del barbero, para procurarse una sangría que pudiera aliviar el mal que padecía Guillermo. Alonso se arrodilló junto a su lecho y, en total silencio, repetía “Haraneo atsa, Haraneo atsa”. Su amigo seguía delirando, ahora jugaba con palabras: Averroes, seorreva, vasoerre, decía como en un diabólico conjuro.
Al rato regresó la muchacha, quien no había podido hallar al barbero.
Alonso, casi sin debatir consigo mismo la idea, se dirigió a su cuarto y regresó con una pluma y un papel, en el escribió el conjuro, después de la palabra “pronuncia”.
Le entregó la frase a Juana. Esta la leyó y lo miró extrañada.
- ¿Qué es esto?- Le preguntó.
El joven sacudía el papel hacia ella y movía la cabeza imperativamente, como diciendo: ¡Lee, lee! No le importaba revelar su secreto en pos de la vida de su compañero.
- Pero ¿Qué es esto?- Insistía la joven.
Alonso siguió con sus ademanes. Juana tomó el papel y, algo insegura acerca de lo que estaba haciendo, dijo:
- ¡Haraneo atsa!-
Ambos esperaron un rato. Nada sucedió, Guillermo permanecía tan mal como lo estaba unos minutos antes. De sus poros se veía salir una tenue nube de vapor que se difuminaba, rapidamente, en el aire de la habitación.
Alonso tomó el papel que tenía la muchacha y lo leyó ¡Está correcto! Creo, se dijo, o habré perdido la memoria ¿Estaré confundido? Volvió a entregarle el escrito a Juana y a pedirle que lo leyera nuevamente.
- Haraneo atsa.- Dijo la joven, con desgano y lágrimas en los ojos- ¿Qué es esto? ¿Brujería? ¿Una broma?- Dijo un tanto enojada.
El argandeño, sin entender porque la magia no causaba efecto, tomó el papel nuevamente y, en él, escribió: Iré a pedir ayuda a Fray Gerardo.
Juana asintió con la cabeza, al tiempo que mojaba un lienzo con agua fresca, y lo depositaba sobre la frente de Guillermo.
Alonso salió a la calle y comenzó a subir por ella, duplicando la longitud habitual de sus pasos. Llegó rapidamente al convento e irrumpió intempestivamente en el escritorio del clérigo, totalmente agitado. Tan violentamente abrió la puerta que Fray Gerardo se asustó, pensando que estaba siendo atacado, quien sabe por quien.
- ¿Qué pasa muchacho?- Dijo enérgicamente- ¡Cálmate! ¿Qué sucede?-
Alonso, con unos sonoros jadeos, que era uno de los pocos sonidos que podía emitir, le indicó al fraile que le facilitara una pluma y un papel. El padre lo hizo. El muchacho escribió lo que estaba sucediendo con el talavero.
Fray Gerardo era un hombre severo y recto, pero de gran corazón, se esmeraba en proteger a todos los que, de una u otra manera, pertenecían a su cofradía. Leyó detenidamente el mensaje, miró al joven y le dijo:
- Mandaré a buscarlo inmediatamente para que lo atiendan en el convento, esperemos que se pueda hacer algo, mientras tanto recemos por él.-
Desapareció por un buen rato, a través de la puerta de su escritorio. Luego de unos cuantos minutos regresó con el portero y el maestro de novicios, ambos hombres fuertes y corpulentos, muñidos de de una camilla de palos y lienzo.
- ¡Ve con ellos!- Dijo Gerardo- ¡Guíalos!-
Alonso salió con ambos religiosos y los condujo, calle abajo, hasta la posada. Sus pasos seguían siendo rápidos. Los dos hombres casi tenían que correr para mantenerse junto a él.
Cuando llegaron al mesón, Juana seguía junto a Guillermo, reemplazándole los paños calientes por otros frescos, de la humeante frente. Los dos hombres con hábitos y Alonso, colocaron al talavero sobre la camilla para emprender el regreso. La joven los acompañaba. Cuando estaban a punto de salir de la posada, Ximénez se hizo presente, con su modorra a cuestas
- ¿Qué sucede?- Dijo.
Juana corrió a su lado y, tomándolo de los brazos, le dijo con angustia:
- Es Guillermo, el talavero, tiene “la peste”, lo llevamos a que lo atiendan los monjes.-
- ¡Ve tranquila!- Dijo el mesonero.- Yo me encargaré de todo acá.-
La travesía hacia el cenobio fue mas lenta que el viaje desde él hasta el mesón.
Cuando por fin llegaron, la joven tuvo que quedarse esperando en la calle, no les estaba permitido a las mujeres el ingreso al monasterio. Alonso posó sus manos sobre los hombros de ella y, luego, con la palma de su mano erguida, en ángulo recto con su brazo, le indicó que lo esperara allí.
Los monjes llevaron a Guillermo a una blanca y pulcra habitación, y lo trasladaron de la camilla a una cama de lienzos. Inmediatamente apareció un galeno quien comenzó a atender al talavero.
Fray Gerardo, que también estaba allí, pasando su brazo sobre los hombros de Alonso, lo alejó del lugar y le dijo:
- Debemos tener fe de que el Señor lo salvará, con algunos lo hace y quedan inmunes a “la peste” ¿Quieres regresar a tu posada o continuar con las labores?-
Alonso le hizo entender que prefería lo segundo. Quería estar cerca de su amigo.
- Designaré a Jalif el granadino, un mudéjar, para que te asista. Es un buen traductor.-
El joven asintió con la cabeza y salió hacia la calle, Juana permanecía parada, inmóvil y con lágrimas en los ojos. Apreciaba mucho a Guillermo, sabía que la había ayudado en su amor por Alonso. El muchacho pasó sus dedos suavemente sobre los párpados de ella, secándole las saladas gotas, y la abrazó fuertemente. Ella intentó decir algo y él posó su dedo índice, delicadamente, sobre sus labios carmesí y le ofrendó una sonrisa alentadora. Luego le hizo señas de que debía volver al monasterio y que ella tenía que regresar al mesón. La joven volvió a abrazarlo, se besaron suavemente por unos segundos y tomaron caminos opuestos.
Un bastón no quita la renguera, pero ayuda a caminar, pensó.
Alonso se dirigió al scriptorium donde lo esperaba su nuevo compañero, comenzaron su labor sin decirse, aún pudiendo uno, palabra alguna.
Al joven le costaba concentrarse, no podía dejar de atribularse con la suerte que correría su amigo.
A intervalos de, aproximadamente, dos horas, el joven se dirigía hasta el ala del monasterio donde yacía su amigo, para enterarse de su estado. Seguía todo igual.
- No manifiesta mejorías.- Le decía el monje médico.- Pero tampoco se agrava. Los bubones no han reventado, sigue igual.-
Cuando la tarde casi había caído, el mudéjar había dejado unas cuantas hojas de trabajo para Alonso, este no se preocupó por eso. Realizó su última visita del día a Guillermo.
- Todo sigue igual.- Dijo el médico.- Ya debes retirarte, no puedes permanecer aquí esta noche. Descansa y mañana veremos lo que el Señor ha decidido.-
El joven se encaminó, calles abajo, con la mirada perdida y el alma acongojada, tan solo lo consolaba, un poco, el hecho de que vería a su Juana.
Al doblar la última curva previa al mesón, vio a la joven que lo estaba esperando junto a la puerta. Ella corrió hacia él y preguntó:
- ¿Cómo está?-
Alonso, con las palmas de sus manos hacia arriba y meneando la cabeza, le dio a entender que no se sabía que podría pasar con la salud de su amigo. Ambos entraron en la posada, el joven se sentó a la mesa y casi no ingirió alimentos.
Ximénez, con una pesadumbre que nunca había mostrado, les dijo a los demás huéspedes:
- El talavero agoniza, recen cada uno en su credo para que Dios lo proteja.-
El joven espigado lo miró con cierta indiferencia, mientras que Ahmad se hizo eco de la situación y bajó, pensativamente, su mirada.
Mas tarde, Alonso y Juana, se reunieron junto al telar, sentados ambos en la piedra, el joven tenía su brazo sobre los hombros de la callada muchacha.

Una convocatoria literaria. Este Jueves un relato literario: "¡Hazme reir!".


{NOTA: los hechos y personajes de este relato son ficticios, cualquier parecido con la realidad es solo coincidencia}

El hombre se levantó del sillón y apagó el televisor, eran las 0:30 hs. Se dirigió a su habitación y se acostó boca arriba en la cama, al lado de su esposa, quien dormía desde hacía mas de una hora.
Si bien mantuvo sus ojos cerrados, no se dormiría hasta transcurrido un buen rato, todavía le quedaban cosas en que pensar.
Pasados unos cuantos minutos la mujer se levantó y se dirigió hacia el baño. Su marido abrió los ojos, la observó en la imperfección de la oscuridad y volvió a cerrarlos.
Varios segundos mas tarde ella regresó. Parada junto a la cama miró a su esposo, inmóvil y con los ojos cerrados, y pensando “¡Ma, si! Total este duerme y tiene el sueño pesado”, aflojó una de sus partes y emitió un suspiro en contramano, que sonó como el torpe aleteo de una perdiz.
El afinado ruido trazó una línea en el silencio de la noche.
Cuando estaba acostándose nuevamente, creyéndose libre de cargos, escuchó la voz de su marido, que le dijo:
- ¡Déjalo en marcha que ya me subo!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Capitulo VIII


La mirada de rabia de Alonso atemorizó un poco a Juana, quien acalló sus risas y se quedó muy seria. El muchacho, pasado el torrente de adrenalina provocado por el susto, que dominó repentina y brevemente su voluntad, comenzó a reír en silencio. La joven volvió, también a hacerlo, disfrutando nuevamente de su travesura. El argandeño, levantando y sacudiendo el dedo índice de su mano derecha, le hizo entender que eso no quedaría así; la felicidad lo embargaba. Se miraron un instante, calladamente y a los ojos, hasta que por fin la muchacha dijo:
- Ya que has de mirarme tejer, como todas las noches, hazlo al lado mío, de manera que pueda verte yo a ti también.-
La penumbra de la noche ocultó el repentino rubor de Alonso. Pensaba que Juana nunca se había percatado de su fisgona presencia.
La muchacha extendió su mano invitando al joven a salir por la ventana. Cuando él la tomó, sintió como si miles de mariposas atravesaban su cuerpo. De un pequeño salto subió al marco de ladrillos y, con otro, volvió a pisar el suelo. Quedó de pie frente a ella sin saber de donde salían las fuerzas, que le aplacaban el impulso de abrazarla.
La joven lo llevó de la mano, como a un niño, le indicó que se sentara en una gran piedra, que había junto al telar, y se puso a trabajar en él.
A Alonso le pareció que la luna, a pesar de que le faltaba un buen mordisco esa noche, al iluminar el hermoso rostro de Juana, brillaba como nunca lo había hecho antes.
- Desde la muerte de mi madre, hace cuatro años.- Dijo la muchacha, como si la conversación que comenzaba a entablar, fuese la continuación de otra, sucedida la noche anterior.- Tuve que hacerme cargo de sus tareas. Mi padre se sintió morir, también, cuando ella se fue. Debí sacar fuerzas que no sabía que tenía, para evitar que desapareciera el mesón.-
Alonso la miraba y escuchaba con un interés entristecido.
- Mi padre estuvo mucho tiempo envenenado por el dolor, pasaba los días ebrio o dormido. Poco a poco fue recuperándose, supongo que por mí. Hoy todavía sigue intentando olvidar aunque con menos dolor, es por eso que gasta bromas todo el tiempo.-
A medida que más iba conociendo a la joven, mayor era el amor del muchacho por ella. El tiempo parecía haberse detenido para él y la realidad desaparecido. En un momento observó el tejido que estaba haciendo Juana y algo le llamó la atención; el trabajo no iba muy avanzado. Ya tendría que estar terminado, pensó. Había seguido el proceso de su elaboración noche a noche. De pronto una conclusión le hizo iluminar su rostro, con una sonrisa, e hinchar el pecho de orgullo; la muchacha destejía su nocturno trabajo durante el día, al revés que Penélope, para poder continuarlo durante la noche y dilatar su presencia frente a él.
- ¿Qué picardía recuerdas que te provoca esa risa?- Preguntó ella.
Alonso meneó la cabeza como diciendo, ninguna.
- Cuéntame algo acerca de ti.- Dijo Juana.
El joven ensanchó sus hombros, en un claro gesto de expresar que no podía.
- Pues, se me ha ocurrido algo, te haré preguntas de por si o por no, y tu me responderás con la cabeza ¿Vale?-
Alonso, entusiasmado, hizo el gesto de “si” a la primera de ellas. Podría de cierto modo hablarle, contarle sus cosas ¡Qué inteligente mi niña! Pensó.
Juana comenzó un largo y agradable interrogatorio diciendo, con cierto nerviosismo interno por la respuesta que iba a recibir:
- ¿Tienes mujer?-
El muchacho sintió un sobresalto de vergüenza, no esperaba algo tan directo, y respondió con su primer “no”.
Mediante este sistema la joven pudo saber muchas cosas acerca de Alonso, donde trabajaba, que hacía, hasta de donde había venido…
El asunto, por momentos, era algo tedioso. Juana debía exigir su imaginación para adivinar que preguntar. El joven ayudaba, a veces, haciendo alguna representación, como cuando simuló estar dormido y se golpeó con su mano en la cabeza logrando contarle, de esta manera, lo sucedido aquella noche en la que Tiago desapareció, luego de haberlo atacado. Otras veces escribía alguna palabra en la tierra, generalmente eran nombres.
Ambos disfrutaban ese dialogo, de tanto en tanto, algo les resultaba tontamente gracioso y reían, cómplicemente juntos, por un buen rato.
Los hilos del telar, a esta altura, permanecían inmóviles.
Alonso se sentía maravillosamente bien, no creía que la felicidad fuera otra cosa diferente a lo que le estaba sucediendo.
- Si quieren le ordeno al sol que esta jornada se prive de amanecer.- Dijo Ximénez apareciendo entre las sombras.
Alonso no tenía consciencia del tiempo que había estado conversando con su niña, el este se estaba comenzando a iluminar, pagaría por eso en el trabajo.
Ningún precio es demasiado para pagar la felicidad, pensó.
La muchacha se puso de pie enfadada con su padre y se retiró. Al pasar junto a él, le dio un fuerte pellizco en el antebrazo.
- ¡Ay! Mi niña.- Dijo el mesonero.- Tú, muchacho, métete hoy por la ventana que mañana haremos construir allí una puerta.- Y se retiró envuelto en sus risotadas.
Alonso se quedó un largo rato sentado sobre la piedra con sus manos apoyadas en ella, detrás suyo, mirando las estrellas que comenzaban a apagarse.
¿Esto es el amor? He elegido bien los caminos de mi vida si me han traído hasta acá, pensó.
Al rato ingresó en su habitación y se tendió sobre el catre. Apenas durmió. Se despertó con la luz del sol recién amanecido, dándole de pleno en los ojos. A diferencia de la mañana anterior, el haber dormido poco no había mellado sus fuerzas. Se puso de pie impetuosamente, lavó su cara y se dirigió hacia el comedor. En el desayunaban en silencio Ahmad, Guillermo y el espigado muchacho.
Alonso se acercó a su amigo y, con una sonrisa tan amplia como le permitía su boca, le dio unas palmadas en la espalda.
- Veo que estás de buen humor.- Dijo Guillermo.- Debes haber dormido bien esta noche.-
El muchacho sonriendo se sentó a la mesa.
Juana apareció desde la cocina, con un jarro de leche de cabra tibia, que depositó en la mesa delante de Alonso. El joven miró para el lado contrario a ella, en un exagerado y gracioso gesto de indiferencia. La muchacha sonrió por la broma cómplice y regresó a la cocina. Él, totalmente embelesado, la miró retirarse.
- Creo que deberás contarme algunas cosillas.- Dijo el talavero.
Alonso asintió con la cabeza, mas tarde le escribiría un informe acerca de lo ocurrido en la noche.
Al rato ambos estaban caminando por las, gradualmente mas transitadas, calles toledanas.
Durante la labor, Alonso alternaba momentos en los que trabajaba con gran entusiasmo y rapidez, con otros en los que se quedaba pensativo, con la pluma inmóvil en su mano. Esto no perjudicaba el trabajo de ambos, debido a que Guillermo nunca tenía velocidad suficiente, como para acumularle demasiados textos para traducir al latín, aun a pesar de que el muchacho adoptó, desde el día anterior y en adelante, la costumbre de dormir una siesta después del almuerzo, más por necesidad que por vicio.
Los días transcurrían plenos de felicidad para Alonso. La etapa diurna la pasaba con su amigo en el scriptorium, por las noches, la ventana de su cuarto se abría al placer y al éxtasis de las conversaciones con Juana, durante horas, hasta que, como ocurría habitualmente, llegaba Ximénez y daba por terminado el encuentro.
Una noche, en que la luna se había apagado por completo y los jóvenes debían adivinarse sus caras, la muchacha dijo:
- Mañana no vas a trabajar ¿Verdad?-
Alonso dijo que no con la cabeza.
- ¿No qué? ¿No vas a trabajar o no es verdad?- Lo regaño Juana.
Alonso puso cara de enojado y con el dedo índice le dijo que era “no” a lo primero.
Eran los juegos del amor.
- Iré de paseo al río ¿Quieres acompañarme?-
El joven asintió enérgicamente con la cabeza. Siguieron dialogando por un buen rato, hasta que apareció el mesonero.
La mañana con la que se presentó el día siguiente, era una apología de la perfección. El aire estaba templado y límpido, y el cielo mostraba un celeste, profundo y sin ninguna arruga, que solo era manchado por el vuelo de alguna oropéndola.
Alonso tomó su desayuno, intercambiando miradas con Juana.
No necesariamente hace falta hablar para comunicarse, pensó.
Cuando terminó de alimentarse, salio a la calle con su amigo Guillermo. Este le dijo:
- Fray Gerardo nos ha invitado a una reunión en el monasterio, a la que asistirá Al Ricotí, quien ha venido de Murcia. Yo iré ¿Vienes conmigo?-
Alonso negó con la cabeza.
- ¿Qué harás hoy?- Preguntó el talavero -¿Visitarás a tu amigo el monje?-
El muchacho no negó, ni afirmó, solamente se encogió de hombros.
Guillermo comprendió que su amigo tenía planes más interesantes y sospechó de que se trataban ellos, le puso una mano sobre el hombro y le dijo:
- Pues, nos vemos en la noche, ya veo que has decidido aburrirte este día.- Y, sonriendo, dio media vuelta y comenzó a alejarse calle arriba.
El mudo se quedó un rato apoyado contra la pared del mesón, observando como su compañero se alejaba, luego a las personas que pasaban caminando y a alguna curruca que alternaba planeos y aleteos en el aire.
Al rato salió Juana con una canastilla con frutas, pasó caminando delante de él y, sin detenerse, le dijo:
- ¿Nos vamos?-
Ambos jóvenes comenzaron a bajar la calle caminando.
- No vuelvan tarde. Cuida a mi niña, sobre todo de ti, iavolaires.- Se escuchó gritar a Ximénez.
El muchacho volvió a sonrojarse. Juana no le prestó mayor atención a lo dicho por su padre, hablaba entusiasmadamente sin parar. El joven, haciéndose entender, logró preguntarle acerca de la muletilla que repetía Ximénez.
- No se de que se trata.- Respondió ella.- Un día le pregunté y ni él sabe que significa. La repite siempre, quizás significa “a volar”, no se. A veces, en el silencio de las actividades, se la escucho gritar de la nada.-
Ambos jóvenes rieron ante lo extraño de la ocurrencia del hombre, sin saber lo importante que sería para ellos, algún día, esa palabra.
Siguieron su camino hacia el paseo. Juana a menudo apuraba sus pasos casi saltando y, frente a Alonso, caminaba hacia atrás para hablar cara a cara con él. En uno de esos saltitos tropezó y cayó sentada en la calle. Desde el suelo miró al muchacho seriamente, por un instante, hasta que estalló en carcajadas. Este también rió y se acercó para ayudarla a levantarse. Luego de hacerlo, al levantar su mirada, vio que por la calle, a un par de cientos de metros de distancia, venía caminando el alto joven que se hospedaba en el mesón.
¿Hacia dónde irá? Se preguntó el muchacho ¿Nos estará siguiendo?
La pareja prosiguió su caminata. De vez en cuando, Alonso giraba su cabeza en busca del muchacho. No volvió a verlo más.
Habrá tomado hacia otra dirección, pensó.
Llegaron al sendero que bajaba por el peñón y, al poco rato, se encontraron a la orilla del río.
Juana lo llevó por una estrecha huella, que zigzagueaba a través de los retamos y álamos que se erguían desde las piedras, hasta que llegaron a una pequeñísima playa. La joven se sentó sobre la gruesa arena, a la sombra de un sauce, y el muchacho lo hizo, también, a su lado.
- Vengo a menudo a este lugar.- Dijo la joven.- A recordar a mi madre, pensar en mi padre y a soñar.
El muchacho la miró con adoración ¡Es tan bella! Pensó.
Juana dijo algunas palabras más y, lentamente, se fue quedando callada. Ambos estuvieron un buen rato en silencio observando, como hipnotizados, la corriente de las aguas que venían de Teruel. Él pensaba en ella y ella en él y ambos, no necesitaban nada más en ese momento, estaban juntos.
En su abstracción Alonso tomó un guijarro y lo arrojó hacia las aguas. Juana, sonriendo y haciéndole burla, hizo lo mismo con otro. La pareja continuó tirando piedras al Tajo. El muchacho estaba por arrojar otro cuando sintió un golpecito en su cabeza. La muchacha le había arrojado un guijarro a él. La miró y ella lanzó una picaresca carcajada. El joven, haciendo una “v” con sus dedos, le hizo entender que ya eran dos las bromas que le había hecho y comenzó a ponerse de pié, amenazadoramente, fingiendo enojo. La muchacha se irguió rapidamente e intentó salir corriendo. Sus pies derraparon por la arena y cayó de espaldas contra el suelo. El joven, al intentar perseguirla, tropezó y cayó acostado encima de ella.
Sus caras quedaron separadas por unos pocos centímetros y se miraron fijamente a los ojos. Por un instante Alonso se vio reflejado en el azabache de los de la niña y, sin saber como, sus labios terminaron en contacto y sus pulsaciones al galope.
El resto del día transcurrió maravillosamente para ambos. Todo era mágico, el río, los acantilados del meandro, los árboles, las risas y los abrazos.
Cuando empezó a caer la noche, la pareja regresó desandando el camino de ida.
Llegaron al mesón con el cielo casi a oscuras, la joven entró por la puerta lateral que daba a la cocina y el muchacho por la del frente. Todos los hospedantes estaban sentados a la mesa, incluso el joven alto, al que Alonso le dedicó una mirada inquisidora. Ximénez sirvió los alimentos, extrañamente, en silencio.
Cuando el muchacho se retiró a su habitación, se asomó brevemente a la ventana, más que nada por costumbre, y luego se acostó en el catre. Habían acordado que esa noche descansarían y no habría encuentro en el telar.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Capitulo VII


Era ya la mañana y Alonso no se había despertado aún. Guillermo golpeaba a su puerta pero el muchacho no aparecía. El talavero decidió, por fin, entrar al cuarto para ver que le sucedía. El mudo dormía profundamente, lo tomó del brazo y lo zamarreó al tiempo que decía:
- ¡Alonso, Alonso! ¡Despierta holgazán! Debemos irnos o fray Gerardo nos escatimará la paga.-
El muchacho logró abrir, con dificultad, sus ojos. No había podido dormir en toda la noche y, cuando por fin pudo hacerlo, ya estaba amaneciendo. Hizo una seña con su mano para indicarle a su amigo que lo aguardara un instante. Se puso de pie y, algo tambaleante, se acercó a la palangana y se echó agua en la cara. Eso lo despabiló un poco. Ambos salieron al comedor y se alimentaron. Alonso estaba tan aturdido que no le prestaba mucha atención a Juana, pero en el momento en que ella estaba retirando los jarros vacíos, levantó su cabeza y dirigió una mirada escudriñadora al muchacho, este enfocó brevemente sus ojos hacia ella y bajó la vista.
¡Me ha prestado atención! Se dijo ¡Me ha mirado!
Esta nueva situación le dio un influjo de renovada energía, que ayudó al joven a ponerse de pie y, junto con su amigo, emprender el viaje hacia el scriptorium del cenobio.
Durante la andadura a través de la sinuosidad de las empedradas calles, al ver que Alonso no estaba muy receptivo hacia sus comentarios, Guillermo casi no habló.
Llegaron a la catedral y comenzaron su labor. El argandeño no avanzó mucho en la traducción. Como tenía mas habilidad para ello que su amigo, siempre debía esperarlo para que este concluyera el texto en romance, que él pasaría al latín. Pero eso, en esa mañana no sucedía, lo que a Guillermo alegró, no debería esmerarse mucho con la velocidad.
Durante el mediodía comieron algo en el comedor, con fray Gerardo que los interrogaba acerca de los avances en el trabajo. Solo Guillermo le contestaba.
Cuando volvieron al scriptorium el talavero le dijo:
- Te encuentras muy cansado, amigo ¿Por qué no duermes una siesta? No voy avanzar tanto como para que se te acumule demasiado trabajo.-
Alonso asintió con la cabeza. Sentado en su silla, cruzó sus manos sobre la mesa y en ellas apoyó la frente. En muy poco tiempo se quedó tan profundamente dormido como debió haberlo hecho la noche anterior. Guillermo, para no molestarlo, permutando “zakat” por “limosna” e “ism al azam” por “nombre inmenso”, trabajaba lentamente.
En la profundidad de su inconsciente el joven comenzó a soñar. Como ocurre en el azar del territorio onírico todo es perfecto o terrible; al muchacho le tocó lo primero.
Se vio caminando por el comedor del mesón, que no era como en realidad él lo conocía, e introduciéndose en la habitación de Juana. En ella la joven dormía tendida boca arriba, dibujando cerros y valles con la perfección de su figura. Alonso se dirigía hacia ella, le susurraba al oído “Ediómare metam” y la muchacha parecía estremecerse ante el hechizo, pero aun continuaba dormida. El joven posaba sus labios suavemente sobre los de ella y sentía una mezcla de cosquilleo y sabor dulce en ellos. Luego Juana, abriendo sus luminosos ojos negros, lo miraba y le decía “Te amo”.
Guillermo observaba la cara del dormido Alonso que, de tanto en tanto, mostraba una sonrisa. ¿Qué estará soñando este buen muchacho? Se preguntó.
Dos horas y algún resto más estuvo el joven en ese profundo sopor hasta que, en un momento, abrió los ojos y estiró sus miembros lanzando un callado bostezo. Estaba en ese efímero limbo en el que los sueños confraternizan con la realidad. No se sentía mal.
- ¡Bien amigo! Si hay que dormir es mejor dormir en serio.- Dijo Guillermo sonriendo.
Alonso sonrió todo lo que pudo, deseaba seguir soñando.
Cuando los sueños son dignos, es imposible no desear querer vivir despierto en ellos, pensó.
- Mira mi trabajo, dijo el talavero, no he avanzado mucho en ellos, me cuesta este jodido árabe. Me podrás alcanzar si te esmeras.-
Alonso asintió con la cabeza, se dirigió hacia la fuente que se encontraba en el patio, para refrescarse un poco con agua y, cuando regresó, mucho más despabilado prosiguió con la labor que le correspondía; trocaba “guerra” por “bellum” y “amado” por “amatus”.
Trabajaron en silencio, hasta que la tarde comenzó a terminar.
- Es hora de irnos.- Dijo Guillermo
Es tiempo de que vayas a reunirte con tu Juana, pensó Alonso en la sinrazón que le generaban los celos, y asintió con la cabeza.
Partieron calle abajo desandando el empedrado. El muchacho se debatía en sentimientos de remordimiento. No estaba bien sentirse enfadado con su amigo, no hacía nada malo ¿Cómo evitar sentirse así? Pensaba.
Unas curvas mas adelante, entre paredes de piedras pardas, Alonso hizo las paces consigo y con su amigo. Extendió su brazo y palmeó a este en la espalda, en señal de aprecio.
- ¿Qué ocurre, hombre?- Dijo Guillermo -¿Tengo una araña en mi espalda?-
Alonso sonrió, bajó la mirada y prosiguió caminando frenándole los pasos a la descendiente pendiente. Entonces el talavero dijo:
- Una cosa debes saber, aunque prometí silencio también me he prometido hacer el bien y, sucede en este caso, que una de estas se contrapone con la otra.-
Alonso sintió un disimulado escalofrío, su amigo estaba por contarle de la relación entre él y Juana. Eso sería el fin, luego de esa declaratoria cualquier intento suyo de conquistar a la muchacha, sería un atroz acto de traición a la amistad.
- He de hacerte una pregunta si me dejas. Dijo Guillermo
El muchacho expresó, moviendo su cabeza, que le concedía el permiso.
- Alonso, amigo.- Dijo el talavero -¿Qué le has hecho a la hija de Ximénez?-
El mudo miró a su compañero con cara de no entender a que se refería. Nada había hecho él con Juana, más que amarla.
- ¿Le has hechizado?- Preguntó Guillermo
El muchacho sintió un estupor, volvió a mirarlo sin volver a entender ¿Estaba su amigo bromeando? Se interrogó ¿Sabría el secreto de la existencia de los hechizos?
- No pierde ocasión, cada vez que puede, de hacerme preguntas acerca de ti, que ¿De dónde eres? ¿Qué haces? Si tienes algún amor ¿Dónde has estado? ¿Cómo es tu vida? Me tiene fatigado con sus preguntas ¿Qué le has hecho? Amigo mío.- Preguntó riéndose.
Alonso no cabía en su asombro ante lo que estaba escuchando, aunque dudaba un poco que fuera cierto, para no alimentar la semilla de una decepción, se le dibujó en su cara una inocultable sonrisa ruborizada y se encogió de hombros.
- Luego me ha contado que le avergüenza mirarte, que no quiere que te enteres lo que tú le provocas, que teme que no le correspondas. Es orgullosa la niña.- Dijo Guillermo.- Y muy linda por cierto.-
El muchacho volvió a encogerse de hombres, se sentía navegando sobre el empedrado. Caminaba con un aire de cierta soberbia, sentía que tenía ahora el dominio sobre la situación.
Ah, tonto orgullo de hombres, siempre anhelando el poder, pensó Guillermo.
- ¡Qué no te hagas el tonto!- Le dijo el amigo.- Esa muchacha está loca por ti y tu estás perdido por ella ¡Anda!- Y al tiempo le daba un puñetazo a la altura del húmero-
¡No te hagas el desentendido, debes hacer algo! Y yo te voy a ayudar.-
A Alonso lo invadía una alegría como pocas veces había sentido, casi le da un abrazo a su amigo. Las palabras de este le generaban tal placer que opacaban, por mucho, el dolor que sentía en su brazo por el golpe, pero ese sentimiento en un momento fue mitigado por una pregunta, fruto de su realidad ¿Qué haría para declararse?
Miro a su compañero y colocó las palmas de sus manos hacia arriba, acercándolas y alejándolas reiteradamente hacia su mentón, para preguntarle ¿Qué hago?
- ¡Vaya!- Dijo Guillermo -¿Nunca has seducido a una mujer? Dile, dile…-
El talavero bajó la vista y continuó:
- Perdona amigo, ya vamos a encontrar una forma, te he dicho que te ayudaré.-
Alonso, a pesar de su éxtasis, sintió un poco de remordimiento por los feos pensamientos, hacia su compañero y la niña, que lo habían ocupado horas atrás.
Inconscientemente cada vez alargaba más sus pasos y aumentaba la velocidad, como un potro que vuelve hacia su corral, se sentía despierto viviendo un sueño.
- ¡So, so!- Le decía Guillermo entre risas.- Que ella va a estar esperando allí.-
Doblaron la última curva de la calle en su camino al mesón y este apareció ante ellos.
Ingresaron en él ejecutando la rutina diaria, al rato estaban sentados a la mesa. Luego apareció Hamed, desde su habitación y por último, desde la calle, el joven alto y con cara familiar para Alonso.
Ximénez lo hizo desde la cocina, con una fuente de comida, diciendo burlonamente:
- ¿A ver como está, esta noche, el apetito de las señoras? ¡Iavolaires!-
La forma de decir las ofensas, que tenía el mesonero, las transformaba en graciosas bromas.
Depositó los alimentos sobre la mesa, varios de ellos eran truchas y barbos del tajo, y se retiró de la sala. Todos comían como si fuera el último de los días.
Alonso se sentía nerviosamente feliz, comió rapidamente y, de la misma manera, se retiró a su habitación. Tanto fue así, que Ximénez no tuvo tiempo de decir algo gracioso al respecto. Guillermo lo observó en su partida, con una sonrisa cómplice.
El muchacho entró en su habitación y apoyó sus codos en el marco de la ventana, la noche estaba casi madura.
Pasó largos minutos contemplando la geometría que las estrellas desplegaban en el cielo. Triángulos, cuadrados y polígonos hechos por ellas; podían unírselas de diferentes maneras y todas dibujaban algo en la mente de Alonso, y todos esos dibujos deseaba compartirlos con la muchacha.
Juana no aparecía ¿No vendrá esta noche? ¿Habrá terminado la clámide? Se preguntaba ¿Tendré que esperar al sueño que no me llega para verla?
“Ediómare metam” se repetía tontamente.
Desde el comienzo de su espera, la luna había volado hacia arriba lo suficiente como para hacerle apretar los pliegues posteriores de su cuello para verla.
¡No vendrá! Se dijo.
De repente, Juana apareció sorpresivamente junto a la ventana y dijo:
- ¡Buuuuuuh!-
Alonso retrocedió tres pasos y cayó sentado sobre el catre. La muchacha estalló en carcajadas. El joven, por un instante, la miró con gran enojo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato: "Jueves de música…"

Cuando mi mujer quedó embarazada por primera vez (Luego le pasaría tres veces mas) yo cantaba a la bebe dentro de su panza "Manuelita la tortuga". Cuando al fin nació Julieta, un 31 de Marzo de 1992, me la etregaron en la sala de parto, que estaba en un cuarto piso, y la llevé en ascensor a la habitación del primero. En el viaje le cantaba Manuelita y ella me miraba fijamente.


Hace tres años cumplió 15 y le compuse esta canción.




video

Ya pasaron mas de quince años
de aquel viajecito en ascensor,
apenas pesabas en mis brazos,
mientras te cantaba una cación.

Hoy te veo como estás crecida,
lo linda que sos ¡Bella mujer!
Te miro y me parece mentira,
me alegra y me duele a la vez.

Dulce, gran hermana, bondadosa,
por favor no dejes de bailar.
¿Vuela Juli! Hecha mariposa,
tu capullo no te encierra mas.

Aunque pueda ver la diferencia
entre aquel bebe y lo que hoy sos,
no me pidas que yo no te sienta
niña eterna en mi corazón.

Ojalá perdones los errores
que contigo vaya a cometer,
serán por tener mil intenciones
de querer, tan solo, hacerte el bien.

Dulce, gran hermana, bondadosa,
por favor no dejes de cantar.
¿Vuela Juli! Hecha mariposa,
tu capullo no te encierra mas.

Recibí un regalo muy preciado,
tener una hija con amor,
fui además doblemente premiado,
de propina la niña eras vos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Capítul VI




Después de dejar el libro que estaba traduciendo, “Los comentarios menores de Averroes”, y los útiles y papeles que usaba para eso, en el saco que se hallaba en un rincón de la habitación, Alonso se asomó por primera vez por la ventana de su cuarto, el cual daba al fondo del mesón. Observó por un instante el cielo, ya casi negro, que encendía una por una sus estrellas, primero las más grandes y por último las pequeñas, y una luna, redonda y tiznada, que se encogía a medida que se alejaba del horizonte. Un rayito de luz, que no iluminaba nada, bajó desde la altura velozmente, como una luciérnaga en agonía, y se desvaneció en el aire. Una estrella fugaz, pensó el joven, puedo pedir tres deseos…
Solo tengo uno, se dijo, y lanzó un mudo suspiro al aire.
Salió hacia el comedor, los preparativos para la cena habían comenzado. Casi al mismo tiempo Guillermo dejó de su cuarto y ambos se sentaron a la mesa. Eran los primeros en hacerlo pero, poco a poco, los demás habitantes del mesón fueron apareciendo; el gordinflón, el mudéjar y, más tarde, un muchacho alto, delgado y de mirada seria al cual Alonso no había visto en la mañana. Sus rasgos le resultaron algo familiares.
Mientras Guillermo le hablaba, el mudo, fingiendo prestarle atención, miraba intermitentemente hacia la entrada de la cocina, esperando que apareciera Juana, pero era Ximénez quien los atendía
¿Estará cocinando? Se preguntaba el joven.
- Tenemos un nuevo huésped,- Dijo el mesonero mientras servía la comida.- No se como se llama pero me ha pagado y ese, para mí, es un buen nombre, iavolaires.-
El largo muchacho no se dio por aludido ante el comentario, los demás sonrieron.
Guillermo le dijo a Alonso entre risas:
- ¡Vaya que has avanzado mucho hoy en el trabajo! ¿De dónde sacas tantas energías?-
El joven se ruborizó un poco ante la broma de su amigo, el mesonero estaba justo entrando con más comida.
Ximénez sirvió unos trozos de carne de cerdo y algunas verduras hervidas, que todos tomaron con sus manos, para empezar a comer. Guillermo y el gordinflón, que se llamaba Duarte, tomaban vino; Alonso, el mudéjar de nombre Ahmad y el joven serio, agua. Cuando terminaron de comer el mesonero se sentó a la mesa y se sirvió una jarra con el tinto líquido.
Con la panza satisfecha y la lengua algo suelta por el alcohol, Duarte comenzó a contar una historia que le había sucedido en Palencia. Era comerciante, no vendía nada específico. Lo que podía colocar a cierto precio en algún sitio, lo compraba más barato en otro, artilugio que usan algunas personas para no trabajar. Alonso no sabía de que se trataba la historia que todos los demás escuchaban con atención, se había sentado estratégicamente, de manera de poder mirar hacia la puerta de la cocina continuamente, sin que se notara que lo hacía ¿Es qué no aparecerá nunca? Pensaba.
- ¿Se te ha perdido algo?- Le preguntó Ximénez en un momento, intuyendo los pensamientos del muchacho.
El joven simuló no ser el destinatario de la pregunta del mesonero y se autoengaño, pensando que los demás no se daban cuenta de la situación. Su incapacidad para hablar hizo el resto para no contestarle.
El mudéjar contó, también, alguna historia de su tierra y luego lo hizo Ximénez, y todos rieron con su final. Alonso al ver que todos lo hacían, también rió. El muchacho alto era el único de los que podían hablar, que permanecía callado y serio.
La muchacha seguía sin aparecer.
Por lo visto, Duarte y Ximénez terminarán por embriagarse, pensó Alonso y, haciéndole una seña de despedida a Guillermo, se puso de pie y se retiró a su habitación.
Entró en ella y se acostó en el catre. A través de la puerta cerrada, le llegaban algo atenuadas, la voz del mesonero, quien había tomado las riendas de la conversación, y las risas de los demás. Por un momento se puso a pensar sobre la expresión “iavolaires” que repetía el hombre, parecía carecer de significado.
Será una muletilla sin sentido, pensó, como quien dice ¡Hala!
De pronto escuchó un ruido sistemático y frecuente que provenía del otro lado de la ventana, se puso de pie y se asomó por ella. El corazón le palpitó con un violento sacudón; bajo la plateada luz de la luna Juana, hermosa y sentada ante un telar, tejía una clámide. Alonso retrocedió rapidamente un paso para evitar que la joven lo viera y luego, muy lentamente, se fue asomando tan solo lo suficiente como para poder verla pero, a la vez, quedar invisible en la oscuridad de su habitación.
Al tiempo que tejía, la muchacha comenzó a cantar. Su voz era dulce como una breva y clara como una mañana de Julio. Era la primera vez que Alonso la escuchaba, temiendo que ella lo descubriera ya que su corazón galopaba alocadamente dentro de su pecho.
Mucho tiempo estuvo el joven observando a Juana, con su codo apoyado en el marco de la ventana y su mentón sobre la palma de su mano doblada hacia atrás. En su cabeza repetía, vanamente, dos palabras “Ediómare metam”.
De pronto la muchacha se puso de pie y Alonso volvió a ocultarse en el interior de su habitación, al asomarse cautelosamente otra vez, vio que ella ya no estaba allí. Se acostó en el catre y con la vista fija en un techo que no veía, tardó un largo rato en dormirse.
Se torturaba pensando como podría su corazón, ya perdido, ganar el de la muchacha. No podría decirle quien y como era, no podría ser gracioso, ni mostrarse inteligente, no podría hacerse descubrir
¿Qué haría? Se preguntaba. Le puedo escribir pero ¿Qué? ¿Te amo? Así, crudamente. No, se contestaba, es mas probable que me rechace en forma brusca a que me acepte si me conociera gradualmente ¿Siempre es así el amor? Se atribulaba.
Finalmente el sueño fue aquietando sus sentimientos a la deriva y se quedó dormido.
Despertó más temprano que el día anterior y puso más empeño, que en aquel, en su aseo. Salió al comedor y no había nada, ni nadie, en la mesa. De repente Juana apareció desde la cocina con leche y un pan negro. El joven quedó petrificado, sabía que algo debía hacer pero ¿Qué? ¿Tomarla entre sus brazos y besarla? Mas por decisión que por deseos, se quedó inmóvil sentado en la banca y con un río de lava navegando por sus venas. La muchacha, en total silencio y sin siquiera mirarlo, dejó los alimentos en la mesa y se retiró.
¡No le gusto! Pensó el muchacho ¡O peor, le soy indiferente!
Al rato de estar sentado en soledad apareció Guillermo, desde su habitación, saludó a su amigo y se sentó frente a él.
- Te has perdido la pelea entre Ximénez y Duarte anoche.- Le dijo.- Ni siquiera asomaste el hocico por la puerta.-
Alonso hizo una seña mentirosa, que indicaba que había estado dormido.
- Dios conserve tu sueño- dijo Guillermo.- El zafarrancho era tan grande que hubiera despertado a un oso en invierno.
El mudo se encogió de hombros, no se había percatado de nada, la noche anterior había existido solo una cosa para él.
La muchacha volvió a aparecer con la porción para Guillermo, dejó el pan y el jarro sobre la mesa, delante de él, y lo miró con una sonrisa que el Talavero correspondió.
Eso Alonso lo sintió como una daga clavándosele.
Al rato hicieron su aparición Ahmad y el joven nuevo, Duarte no estaba más en el mesón.
Juana iba y venía, atendiendo a los hombres, sin hablar con ninguno de ellos, solamente, de tanto en tanto, le dedicaba una mirada a Guillermo. Alonso notaba eso con enojo, pero no tenía nada que culpar.
Con el estomago satisfecho, ambos muchachos se retiraron del lugar. Una vez en la calle emprendieron su camino hacia el scriptorium. Guillermo le iba diciendo a Alonso sus ideas acerca de cómo organizar el trabajo y este asentía con la cabeza. Trabajarían como Juan Hispalense y Gundisalvo, el Talavero traduciría del árabe al romance y el mudo de este al latín.
Ese día Alonso puso mucho empeño en la labor, quería alejar los pensamientos que le endulzaban y desgarraban, a la vez, el alma.
Volvieron al anochecer, el joven entró a su habitación y descubrió algo que lo sorprendió, todo el contenido de su saco estaba esparcido por el piso. Acomodó las cosas nuevamente, dentro de el.
¿Quién pudo haber hecho esto? Pensó. No falta nada ¿Qué estarán buscando? ¿Será Tiago? Ya lo descubriré, se dijo.
Salió de su cuarto y fue el último en sentarse a la mesa. En su obligado silencio observaba a todos, con sospecha, en búsqueda de que alguno hiciera algún gesto con el cual se traicionase, pero no descubrió nada.
Ximénez servía la comida y Alonso ya había aprendido que, por las noches Juana no se mostraba en el lugar, por lo que poca atención puso esta vez sobre la puerta de la cocina.
Cuando terminaron de cenar, como en el día anterior, el mesonero se sentó a la mesa a beber vino. El muchacho se retiró a su cuarto.
- ¡Que para dormir ya te espera la muerte, iavolaires!- Dijo Ximénez, previo a una risotada, concluyendo una frase que nunca había empezado.
Alonso hizo un gesto de despedida con la cabeza y entró a su habitación, cerró la puerta y se dirigió directamente hacia la ventana. No había nadie junto al telar.
¿No vendría esta noche? Se preguntó ¿Ni siquiera eso ha de regalarme esta niña?
Cuando se espera algo con deseo los minutos se aletargan, pero más lo hacen cuando lo deseado es traído por la incertidumbre, pensó.
Duró su preocupación hasta el momento en que Juana apareció, con toda su belleza a cuestas, para tejer y cantar.
El joven quería hablarle, quería contarle acerca de él, pero solo atinaba a guarecerse entre las sombras. Largo rato estuvo disfrutando en la ventana. Cuando la muchacha se retiró, a Alonso todavía le quedaba bastante tiempo de desvelo hasta que se durmiese.
En el día siguiente todo se repitió, casi exactamente, como en el anterior. Por la mañana, mientras desayunaban, el mudo trataba de disimular que tenía la vista clavada en la muchacha, quien lo ignoraba y, de tanto en tanto, intercambiaba alguna sonrisa con su amigo. Por el resto de ella y la tarde, ambos muchachos trabajaban en los libros y, por la noche, Alonso depositaba su corazón sobre la ventana, para que Juana acrecentara su involuntario dominio sobre él.
Tres días transcurrieron sin grandes variantes en estas situaciones. Todo era igual, salvo un creciente enojo hacia Guillermo y Juana, que el muchacho iba cultivando, debido a los frecuentes intercambios de sonrisas cómplices de ambos. Se que no es justo, pensaba el mudo, pero que sabe el amor de justicia. Le hacía mal.
Al séptimo día de la llegada de Alonso a Toledo, los jóvenes se tomaron un descanso en sus obligaciones hacia fray Gerardo.
El muchacho decidió ir a visitar a Ordoño, quería despejar sus pensamientos y cualquier relato que el monje le hiciera sobre sus aventuras, sería bueno para eso.
Dejó el mesón bastante pasada la media mañana y, bajando por la calle, atravesó el barrio de francos. Unas cuadras más adelante divisó la majestuosa mezquita y, al llegar a ella, tomó por el callejón en donde estaba la casa del monje. El sol ya casi estaba justo arriba suyo.
Luego de dar unos golpes a la puerta vio que una mirada lo observaba a través de un pequeño agujero de la madera, sin embargo, las bisagras no rechinaron hasta después de pasado un minuto.
Ordoño lo recibió con gran alegría, lo invitó a pasar y a que se sentase junto a una gran mesa cuadrada, en el centro de una oscura habitación. Las ventanas estaban cerradas.
- ¿Qué te trae, muchacho?- Dijo el hombretón.- Pensé que te habías olvidado de este viejo monje.-
Alonso negó con la cabeza, miró a su alrededor y mediante señas le preguntó si vivía solo en la casa.
- Vivo solo.- Dijo Ordoño.- Mi misión en Toledo así lo amerita, algún día te haré saber sobre ella.- Y a continuación agregó:
- ¿Quieres acompañarme a comer? Ya está listo el almuerzo.-
El joven asintió con la cabeza, el monje se puso de pie y de una negra olla que humeaba sobre las llamas, rescató unos trozos de liebre y unas verduras.
Ambos hombres comieron hasta saciarse y, a pesar de ello, sobró una gran cantidad de comida.
¿Estará esperando a alguien? Se preguntó el joven. Pero nadie mas fue a la casa durante el tiempo que pasó allí.
- ¿Has tenido noticias de ese abanderado de los malos hombres de Tiago?- Interrogó Ordoño.
Alonso meneó la cabeza en negación y un leve gesto de tristeza intentó transfigurarle un poco la cara. Ya casi nunca lo recordaba.
El monje contó numerosas historias al muchacho, las cuales lo alejaron, momentáneamente, de sus padecimientos. Cuando ya casi consideró que era la hora de partir, le dijo:
- Muchacho, me tienes preocupado. Desde que llegaste me he dado cuenta que algo en tu interior no está bien, se te ve abatido y triste ¿Qué te ocurre?-
Alonso sacudió su cabeza y se encogió de hombros como diciendo: nada.
- ¿Tienes algún secreto que contarme?- Volvió a interrogar el monje.
El joven negó nuevamente.
- Sabes que puedes confiar en mí ¿Quieres contarme?- Insistió Ordoño.
Alonso, algo incomodo, volvió a darle entender a esta, y un par de insistencias más, que no tenía nada que contar.
- Bueno, ya veremos.- Dijo por último el hombretón.
El muchacho se puso de pie y, haciendo gestos de agradecimiento hacia el monje, comenzó a retirarse. Este lo acompañó hasta la puerta y mientras Alonso se alejaba, le dijo:
- ¡Vuelve a verme!-
Luego de dejar la casa del monje, Alonso pensó que le haría bien recorrer la ciudad, para intentar acomodar sus ideas y sus sentimientos. No debería sentir enojo alguno hacia Guillermo y Juana, si su amigo la amaba, sería injusto también que la muchacha fuera suya, pero era evidente que algo sucedía entre ellos, y no podía evitar que eso lo enojara.
Quizás debería simular total indiferencia hacia ella. Quizás hacerlo despertaría el interés de Juana hacia él, pensó. Quizás…
No soy avezado en las tácticas y estrategias del amor, se dijo en un silencio total.
Absorto en sus pensamientos llegó hasta las cercanías del castillo de San Cervando sin, ni siquiera, notar la belleza del nuevo observatorio astronómico alfonsí. De vez en cuando lo distraía la rareza de alguna de las gentes con las que se cruzaba; las más de treinta mil personas que poblaban la ciudad, eran de una tan grande variedad de credos y razas, como en ningún lado había visto.
Cuando percibió que la noche se avecinaba, decidió que era tiempo de regresar a su morada. Recorrió las calles por un largo tiempo y, cuando al fin estaba llegando, una súbita visión le empalideció, de golpe y por completo, el corazón.
Alonso vio a Juana que, con sus manos cruzadas por la espalda, estaba parada junto a una pared en la cual apoyaba sus hombros; frente a ella, Guillermo, con el brazo derecho extendido y su mano asentada contra el muro, al lado de la cabeza de la muchacha, entablaba un diálogo con ella, en una situación que demostraba una gran confianza mutua, demasiada para el mudo.
Luego de haberse detenido abruptamente, prosiguió su camino hacia el mesón. Sus sospechas se habían confirmado, pensó. Pasó delante de la pareja y respondió el saludo de su amigo con una fingida sonrisa. Entró en el edificio y se dirigió directamente hacia su habitación. Se tendió sobre el catre mirando al techo. Su corazón estaba destrozado.
Estuvo así mucho tiempo, solo se levantó cuando Guillermo llamó a su puerta, para avisarle que era lo hora de comer, le hizo entender que no se sentía bien y que se quedaría en su cuarto.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Capítulo V


Ordoño le pidió al muchacho que aguardara un momento antes de proseguir. Se quitó la túnica calatravense y se vistió con una marrón, de largas mangas, que había sacado de su alforja.
Alonso lo miró sorprendido. El monje, adivinando sus pensamientos interrogativos, le dijo:
- Se que puedo confiar en ti, mi corazón me habla muy bien del tuyo. Debo cumplir una secreta misión en la ciudad y es menester que nadie sepa acerca de mi pertenencia a la Orden.-
Al joven le pareció atractivo lo misterioso del asunto ¡Qué excitante debía ser la vida del hombretón! Pensó. Por el contrario, sus días en la escuela iban a resultar, aunque intelectualmente interesantes, bastante monótonos ¡Qué bueno sería estar, aunque sea un poco, al tanto de las aventuras del monje! Se dijo.
- Puedo confiar en ti ¿Verdad?- Preguntó Ordoño, no tanto para saber, sino para generarle el compromiso de guardar el secreto.
El muchacho afirmó firmemente con la cabeza y, acto seguido, ambos retomaron la caminata hacia la ciudad.
El sonido de la corriente de agua del Tajo era cada vez más intenso y el paisaje de la ciudad, erigida en lo alto del peñón, fantástico.
- Me gustaría que, de tanto en tanto, me visites.- Dijo el monje.- Me he encariñado contigo hijo.-
El joven volvió a asentir con la cabeza.
Llegaron al puente, justo cuando comenzaba el anochecer, con luz suficiente para admirar la belleza de la flamante torre en mudéjar y la perfección con la que estaban colocados sus ladrillos.
El acceso a la ciudad era en ascenso, empinado y cansador, pero era el último esfuerzo del viaje y pudieron afrontarlo con las fuerzas extra, que genera la inminencia de la meta. Cruzaron la muralla por la puerta de Bisagras. El hedor amoniacal, proveniente de los detritos de la gente, comenzó a invadir cada vez con más intensidad su olfato. Era un olor nauseabundo. Pronto se acostumbrarían a él.
Se desplazaron por varias calles en las que se cruzaron con una diversidad de personas. La ciudad era un heterogéneo conglomerado de francos, mozárabes, mudéjares, judíos y cristianos, entre otros.
Unas calles mas adelante, a metros de la fachada plagada de arabescos de la mezquita de Bib Mardum, Ordoño detuvo su marcha y le dijo a Alonso:
- ¿Ves aquella casa de las tres ventanas?- Y señaló con su mano hacia el oeste.
El joven asintió
- Allí será mi morada, ven a visitarme cuando quieras o lo necesites.-
Alonso volvió a asentir. Ordoño dio un abrazo al muchacho y, girando hacia su derecha, se alejó por un penumbroso callejón.
El joven prosiguió su camino, por la calle sobre la que venía transitando, con algo de tristeza. Había pasado unos días compartiendo el camino con el monje y sentía por él una respetuosa estima.
Cuando se pierde algo habitual hay un período de tiempo, durante el cual, se nos produce un vacío, hasta que llega otra habitualidad que vuelve a llenarlo, pensó.
Luego de trepar, durante varios minutos por la calle, tan solo iluminada por el leve resplandor de las velas, que se escapaba por las ventanas de las casuchas de pierda y barro, llegó al barrio del pozo amargo, en el que estaba el mesón donde había vivido antes de partir para Arganda. Quería conseguir, nuevamente, alojamiento allí ya que tenía apenas un par de mizcales alfonsíes de oro y unos pocos vellones, que no le alcanzaban para pagar una casa de alquiler.
Al llegar y entrar al lugar, entabló una especie de conversación con el dueño. Este le dijo, disculpándose, que todas las plazas estaban ocupadas y no había lugar para él.
Alonso volvió a la calle, se sentía intrigado acerca de donde habría de alojarse, pero no se desesperó. De pronto recordó a Guillermo de Talavera de la Reina, un compañero de la escuela con el cual había entablado bastante amistad ¿Se lo habrá llevado la peste? Pensó.
Guillermo vivía en uno de los mesones de las candelas, cerca de la iglesia mayor, en la zona donde se encontraban la mayoría de los traductores. Luego de unos cuantos minutos de caminata llegó al lugar. Lo atendió un sonriente hombre, dueño de la posada, acerca del cual sabría más adelante, que se llamaba Ximénez. En la sala de comer, la cual estaba vacía debido a que ya era tarde y la mayoría de la gente dormía. El hombre le preguntó si necesitaba hospedaje.
El joven dijo que si con la cabeza y le hizo comprender su incapacidad para el habla.
- Lo siento por eso, muchacho ¡Bienvenido seas!- Dijo el mesonero.- No nos vendrá mal un poco de silencio.- Añadió.
Expresó esto último de una forma tan graciosa y bienintencionada, que hizo que Alonso no pudiera contener una sonrisa.
- El precio es de un mizcal por mes.- Dijo Ximénez.
El joven aceptó y, ante una invitación del hombre, lo siguió hasta una puerta que daba paso a una estrecha habitación en la que había una cama cubierta de paja. Esta sería su morada. Entregó la moneda al mesonero, lo despidió hasta la mañana, cerró la tosca puerta de madera y, con el cansancio eclipsándole el apetito, se acostó y se quedó, rapidamente, dormido.
Cuando los rayos del sol de la mañana atravesaron las hendijas de las puertitas que cerraban la ventana y se posaron sobre los ojos de Alonso, este despertó. Se sentó por un breve instante en el catre y, luego, se puso de pie. Se sentía excelentemente bien, hacía tiempo que no descansaba al abrigo de un techo y en un lecho más cómodo que el suelo. Las fuerzas habían regresado a su cuerpo y a su alma, ya casi no recordaba a Tiago ni a su traición.
De un pequeño cántaro, que estaba al lado de la puerta, extrajo agua con la concavidad de sus manos y lavó su cara. Luego se secó con un trozo de lienzo, que colgaba de un clavo.
Salió del cuartucho, se dirigió hasta la mesa, ubicada en el centro de la habitación grande, y se sentó en una banca. Había, sobre ella, unos trozos de pan negro de centeno y unos jarros con leche tibia de cabra.
Algunas otras personas estaban sentadas allí. En un extremo, un hombre regordete y de escasa estatura y, frente a él, un joven de piel morena y apariencia mudéjar. Ninguno hablaba.
Alonso no reparó en ellos, el hambre batía su estomago. Tomó una hogaza de pan y la devoró casi al mismo tiempo que bebió el jarro de leche.
De pronto la puerta de una de las habitaciones se abrió lentamente y, ante la alegría del muchacho, detrás de ella apareció la figura de Guillermo. Este también, al descubrir la presencia de su compañero, se alegró. Se acercó apresuradamente hasta Alonso, quien ya se había puesto de pie, y estrecharon sus manos entusiasmadamente.
- ¡Alonso, amigo! ¡Has regresado!- Dijo Guillermo
El mudo movió la cabeza, repetidamente, de arriba hacia abajo, en señal de aceptación y de alegría.
- Tengo tantas cosas para contarte.- Dijo el otro joven -¡Ya ves! No me ha llevado la peste, no fue tan grave como parecía.-
De repente, por la abertura de dintel curvo de la pared que daba a la cocina, apareció una joven muchacha. Alonso dirigió la mirada hacia ella y quedó como petrificado. No tendría mucho más de veinte años. Por debajo del pillote marrón, ceñido a la altura de la cintura, que vestía sobre una saya de lino blanco, se adivinaba un cuerpo elegante, armonioso y agraciado. Su cuello era fino y delicado y su cara desbordada de hermosura. La nariz era pequeña y algo respingada. Su cutis perfecto, terso y blanco, con una leve tonalidad aceitunada. Sus labios eran de color rojo intenso y delicadamente carnosos y sus ojos, negros como el azabache, tenían una preciosa forma almendrada, que evidenciaba alguna gota de sangre nazarí en sus venas. Esto último le daba a la muchacha un ligero aire exótico que engrandecía su belleza. Sus cabellos eran largos, lacios y negros.
Alonso sintió un suave estremecimiento al verla y quedó como hipnotizado, con la mirada clavada en ella.
La joven miró también al muchacho y algo eléctrico pareció alterar el aire de la habitación.
El rostro de Alonso poseía, también, una gran belleza; tanta como para que pasara desapercibido el grotesco de la cicatriz de su cuello.
El muchacho nunca había sentido algo igual y tan inmediato por una mujer. No entendía que era lo que le sucedía. Deseó poder pronunciar en ese momento “Ediómare metan”, el hechizo de enamoramiento. No le hubiera importado nada decirlo, estaba obnubilado.
La joven se ruborizó y bajó la mirada rapidamente, depositó un jarro con leche frente a Guillermo y se dirigió hacia la puerta por donde había aparecido.
- ¡Pestañea, muchacho! Que se te secarán los ojos y a mí no me sobran pulgas ¡Iavolaires!- Dijo Ximénez, consciente de la belleza de su hija, al tiempo que aparecía por la misma puerta por donde se retiraba la joven la cual, al pasar junto al mesonero, le dio un pellizco en un costado de la cintura.
Alonso, volviendo en si, sintió calor en sus mejillas y bajó también la vista.
Ximénez, ingresó nuevamente en la cocina y largó una alegre carcajada.
- ¿Has visto que bella es?- Dijo Guillermo en voz baja, mientras acababa su jarro de leche.
Una vez terminado el alimento, el talavero se puso de pie.
- ¡Vamos, acompáñame!- Ordenó y, tomando a Alonso del brazo, lo sacó del lugar y lo llevó a la calle.
- Te llevaré con Fray Gerardo, el te podrá brindar su mecenazgo. Tiene muchos libros para traducir y tú ya eres bueno en eso, podrás ganarte varias monedas para tu sustento.-
Alonso acompañó a Guillermo sin saber por donde iban. Todos sus pensamientos giraban en torno a la imagen de la muchacha. Sentía un cosquilleo en el estómago.
- Fray Gerardo es muy generoso. Decía su amigo. -Fray Gerardo tien…-
No pudo concluir la frase, Alonso llamó su atención con un suave golpe, con el codo, contra su estómago.
- ¿Qué sucede?- Dijo Guillermo.
El mudo hizo unos movimientos con las manos, las cuales parecían dibujar una silueta de mujer en el aire.
- ¡Sí!- Dijo el joven.- Te decía: Fray Gerar…-
Alonso asestó otro golpe, pero esta vez mas fuerte, con la palma de su mano sobre el hombro de su amigo y volvió a dibujar la silueta en el aire pero, ahora, con un gesto imperativo.
- ¡Ya se, ya se! Quieres que te hable de la hija de Ximénez.- Dijo Guillermo riéndose.
El mudo también rió y asintió con la cabeza.
- Se llama Juana, tiene veintidós años, vive en el cuarto contiguo al de su padre. Su madre murió hace algunos años y ella tomó su lugar en las labores. Es muy trabajadora y educada. Un poco tímida y callada pero muy inteligente. Si te le acercas un poco podrás sentir que huele a azahar. No tengo mucho más que contarte sobre ella, por las noches, cuando está cálido y terminó todas las tareas, sale al fondo del mesón y, a la luz de la luna, se entretiene con su telar.- Culminó Guillermo.
Alonso inspiró profundamente y expiró el aire con más fuerza que la habitual. Eso, en otra persona, habría sido un suspiro.
Durante la entrevista con Fray Gerardo en la que este, aceptando al muchacho y encomendándoles la traducción de unos textos, los cuales les entregó, y conviniendo el precio a pagar por el trabajo terminado, Alonso estaba en un limbo que pasó inadvertido para el clérigo, debido a la incapacidad para el habla del muchacho.
Luego del encuentro con el sacerdote, los jóvenes se dirigieron hacia al scriptorum catedralicio, para comenzar el trabajo encomendado.
A pesar de haber pasado muchas horas allí dentro, los avances de Alonso en la traducción, fueron escasos. Tenía una sola idea en la cabeza, Juana.
Cuando había pasado ya más de media tarde Guillermo, luego de cerrar sus libros, se restregó sus ojos y dijo:
- ¿Vamos?-
Alonso cerró y guardó los suyos, se puso de pie y se dirigió a la puerta, tan rapidamente, que Guillermo, detrás de él, tuvo que decirle:
- ¡Espérame! Ella no se irá de allí.-
Había comprendido lo que sucedía con su amigo.
Cuando al fin caminaron a la par se dirigieron, calle abajo, hacia el mesón. Los pasos del mudo eran tan largos y rápidos que, de tanto en tanto, Guillermo debía frenarlos un poco.
Estaban casi llegando cuando Alonso vio algo que hizo que se detuviese repentinamente y se le helara la sangre. En la puerta un joven abrazaba a Juana, con cariño, al tiempo que se despedía.
Sintió un sabor amargo en la garganta ¿Tan pronto le llegaba una nueva decepción? ¡Y tan intensa! ¿El corazón de la muchacha ya tenía destinatario? Se preguntó.
Guillermo, advirtiendo lo que sucedía, le dijo al oído:
- Ese es su hermano Bernardo, parte hacia Cáceres. Tiene, también, una posada allí, viene con muy poca frecuencia. A Juana nunca, hombre alguno, la visita.-
Alonso lentamente se fue recuperando. Contempló embelesado a la joven ingresando al mesón. Luego lo hicieron ellos y se dirigieron cada uno a su habitación para dejar sus cosas. Se reencontrarían en la mesa, era casi la hora de la cena.