lunes, 6 de junio de 2011

Capítulo XXV



- Y hay un carilindo con manos cuidadas,
Tan joven, tan guapo, tan alto, tan bueno
¿Tendrá habilidades que me está ocultando?
Pues dentro de un bosque no encuentra un madero.-

Terminada la copla de Flair, el que se sintió aludido, ahora, fue Alonso. Frunció el seño y contuvo su lengua, mientras que el anciano lo miraba sonriendo con mayor intensidad que antes. Eso al joven lo enojó aún más.
El enano, después de lanzar sus versos, se quedó callado entreteniéndose con una vara con la que movía los leños de la hoguera, de un lado para el otro. Esta calma les permitió a los dos amigos descansar un rato.
El mediodía había terminado hacía muy poco tiempo, por lo que el sol aún se mantenía en uno de los puntos más altos del cielo, brillando intensamente a través del diáfano aire cargado de frío.
- ¡Arriba! ¡Arriba!- Gritó Flair, al tiempo que les propinaba suaves puntapiés en los tobillos, a los plácidos compañeros.
Esto a Tiago lo despertó muy malhumorado.
- ¡Qué desfachatez!- Murmuró entre dientes.
Alonso abrió sus ojos, con un humor no mucho mejor que el de su amigo, dijo:
- ¡Cálmate, pequeño! Estás logrando alterarnos.
- ¡Cálmate tú, qué eres el alterado!- Contestó burlonamente este.
Cuando el muchacho le iba a decir algo al hombrecito, Tiago lo contuvo posando su mano en su hombro y, comprendiendo que el único remedio para las bromas del enano era la paciencia, le dijo:
- ¡Vayámonos! -
- Si, vayámonos.- Respondió el joven.
- ¡Si, si, vayámonos!- Dijo Flair aceptando una invitación jamás recibida.
Los tres hombres recogieron sus cosas y emprendieron la caminata en la, ahora un poco más templada, tarde otoñal.
El enano avanzaba entonando sus coplas incasablemente y, de tanto en tanto, lanzaba alguna humorada, generalmente burlona. Los dos amigos daban sus pasos en silencio y, prácticamente, sin prestarle atención a los dichos del pequeño.
El azúcar y la sal brindan buen sabor, pero comerlos puros repugnan o enferman, pensó Alonso, inspirado en la molestia que le provocaba soportar el humor constante de Flair.
- Veo que rápidamente te has olvidado de los 800 maravedíes del Rey.- Le dijo Tiago ironicamente.
Eso hizo que el enano avanzara un buen tramo callado y reflexivo, pero al poco rato volvió a interpretar su cantinela ponzoñosa.
A medida que avanzaban el paisaje se tornaba, cada vez, mas poblado de rocas. Grandes superficies de lisas piedras, que combinaban tonos amarillentos con rojizos, les brindaban a sus vistas un hermoso espectáculo sumado a que, en el horizonte, se dibujaban los montes toledanos. Juntamente con el pétreo panorama, la falta de vegetación se hacía más evidente.
La peregrinación continuó durante algunas horas, apenas si se detenían para bajar por el barranco, que cada vez se volvía más profundo, a tomar algunos sorbos de agua.
Bien entrada la tarde la temperatura había bajado mucho, estaban acercándose a la zona montañosa y la altura ejercía su efecto negativo sobre el calor. Cuando los postreros rayos del sol brindaron las últimas luces del agónico día, Tiago estiró su brazo y, señalando con un dedo, dijo:
- Allá está la alcantarilla, pasemos la noche acá y mañana cruzaremos por ella.-
- Pero por allí no se llega a la Peña de Alcocer.- Dijo Flair enojado.
- Ya te hemos dicho que no te acompañaremos, nos dirigimos hacia otro sitio.- Le respondió Alonso.
El pequeño ensayó su escena del berrinche, ante la desatención hacia ella por parte del joven y del anciano.
Se prepararon para pernoctar. Alonso, quizás herido en su orgullo o por querer aprender otra habilidad, dijo:
- Yo conseguiré la leña.-
- Procuraré traer unos pescados, entonces.- Contestó Tiago.
- Voy contigo.- Dijo el enano.- Quiero ver como es que pescas sin tener ningún utensilio para ello.-
- ¡Tu te quedas aquí!- Exclamó Tiago, temiendo de que se descubriera su secreto.-Eeeh…- Dudó un instante.- Haz un circulo de piedras para contener la fogata.-
- ¡Be bebebebébe bebebébe!- Le hizo burla el pequeño, quien aceptó la orden a regañadientes.
El anciano bajó por el barranco hacia las aguas y, luego de atrapar unos cuantos peces, esperó que pasara el tiempo, sentado a la vera del Guajaraz, como para que a Flair no le llamara la atención que, además de no usar nada para pescar, la velocidad con que lo hacía fuera escesiva. Cuando se reunió, un rato más tarde, con sus compañeros, Alonso ya había encendido el fuego y lo recibió con una amplia sonrisa de satisfacción.
- No entiendo como lo hacen.- Dijo el enano al ver al viejo con los pescados.
- Pertenecemos a una secta de encantadores de peces.- Dijo Tiago haciendo que la verdad, tan tajantemente confesada, pareciera falsa.
- El gracioso soy yo.- Contestó el enano, visiblemente ofuscado.
El anciano y el muchacho se sonrieron mutuamente, en un acto de complicidad.
Una hora más tarde terminaron de comer, envueltos en la plena oscuridad de la noche, junto a la claridad de las llamas. Todos se sentían cansados por lo que se acomodaron sobre las rocas, lo mejor que pudieron, para dormir.
El muchacho estuvo un largo rato inmóvil, sin poder conciliar el sueño, hasta que se puso de pie, arrojó unos leños a la fogata y se dirigió a la cima del barranco, donde se sentó cubriéndose los hombros con su manta.
En la oscuridad del cielo, la luna creciente, como si hubiera sufrido una mordedura, apuntaba sus cuernos hacia arriba.
A Alonso lo asediaron los recuerdos y la melancolía. Ya eran muchos los días durante los cuales no había visto a su niña.
¿Qué hará Juana? Pensó ¿Cómo estará? Temía por ella, por no volver a verla nunca más. Recordaba aquellas noches en las que la observaba, mientras ella cantaba junto al telar. Rememoraba como se fue enamorando y la desesperación que le generaba el temor de no llegar a ser correspondido. Recordó aquel primer beso a orillas del Tajo, en la que fue la más maravillosa tarde que pasó en su vida.
Su mente estaba de viaje como en un nirvana, por lo que no le molestaba el frío que estaba soportando su cuerpo.
Una estrella fugaz trazó una efímera línea amarilla en la negra inmensidad de la noche.
¿La habrá visto ella? Pensó, consciente de que, aún a la distancia, a ambos los cubría el mismo cielo, procurándose el consuelo de, al menos, poder estar compartiendo algo en ese momento. Se imaginaba a Juana mirando la misma luna que él.
Mucho tiempo pasó el muchacho esa noche recordando todo lo que había vivido en Toledo, extrañaba también la escuela de traductores, sus libros, solo llevaba uno con él ¡Cuánto hacía que no leía otro! Pensó. Guillermo, Ximénez, Fray Gerardo, el nefasto Ordoño, todos desfilaron imaginariamente, en algún momento, de aquel trance, por su cabeza. Aunque siempre, inevitablemente, las imágenes terminaban con el rostro de Juana.
Cuando sintió que una lágrima fría recorría, cuesta abajo, una de sus mejillas; se secó con el puño de su túnica y decidió que era momento de dirigirse hacia el calor de la fogata e intentar dormir.
Se puso de pie trabajosamente, el frío que había bajado desde los montes había entumecido, sin que se diera cuenta, sus músculos. Mientras lo hacía, le llamó la atención un resplandor que divisó a lo lejos, por el norte ¿Será una aldea? Pensó. Mañana lo sabremos. Quizás, si hay una posada, después de varios días podremos volver a dormir bajo techo y comer algo que no tuviera agallas, se dijo.
Mientras se iba acercando a las llamas, vio los cuerpos de sus compañeros tendidos en el suelo. Buscó un lugar que no le resultara muy incómodo y se acomodó en él para, luego, taparse con su manta.
Estaba por cerrar sus ojos, cuando notó que el enano lo observaba con los suyos bien abiertos.
- ¿Qué sucede?- Le preguntó en voz baja.
Flair, no dándose por aludido, los cerró rapidamente y continuó durmiendo.
Al joven le causó cierta desconfianza esa situación, pero por el calor hipnótico de las llamas, al rato, se quedó dormido.

sábado, 4 de junio de 2011

Capítulo XXIV



El cuerpecito que descansaba inmóvil, de pronto realizó unos movimientos espasmódicos y el enano lanzó un quejido para quedar, finalmente, más quieto que nunca. Tiago se inclinó sobre él, puso una mano cerca de su boca y no sintió su aliento sobre ella. Volteó su mirada hacia el muchacho, que observaba todo boquiabierto, hizo una pausa y dijo:
- Está muerto.-
Alonso también se agachó y posó su mano, suavemente, sobre el pecho de Flair. Miró al anciano quien, cambiando ahora su postura, comentó:
- Todavía podemos revertir esto.-
- ¿Cómo?- Interrogó el joven.- Aunque quisiéramos nada podríamos hacer para resucitarlo, no tiene el aura.-
- Si la tiene.- Respondió Tiago.
El muchacho miró a su amigo con sorpresa e incredulidad.
- ¿Tu ves el aura en él?- Preguntó Alonso
- ¡Si! ¿Tu no?- Dijo el viejo sorprendido.
- ¡No!- Respondió a secas el joven.
Tiago quedó perplejo. No dudaba de la veracidad de lo que le decía su amigo, pero no comprendía. Nunca había estado en la disyuntiva de lanzar o no un hechizo de resucitación, y siempre había creído que la manifestación del aura que lo habilitaba, era algo absoluto, que era potestad de “el libro” que se presentara o no. Ahora estaba en presencia de una decisión subjetiva con respecto a revivir al pequeño ¿Qué pasa? Pensó.
- ¿Te has dado cuenta de lo que sucede? Interrogó a Alonso.
Este lo miró desorientado.
- Siempre la decisión de lanzar un hechizo de resucitación había sido algo sencillo.- Continuó Tiago.- Ahora debemos tomar una determinación. Yo estoy dispuesto a revivirlo, pero a ti nada te indica que lo debes hacer.
- Quizás el hecho de que me hayas iniciado como guardián hace poco, aun no me haya dado totalmente la facultad de ver el destino de las personas.- Dijo Alonso, rascándose la cabeza.
- No funciona así.- Contestó Tiago.- Uno es guardián desde el principio. Puede ser que ambas decisiones contribuyan al equilibrio, aunque con diferentes formas.
Los dos se quedaron mirando un rato el cuerpo inmóvil del enano, que lucía tan pálido como la roca que lo cobijaba.
- Sea como sea voy a hacerlo.- Dijo el anciano. - No se muy bien hacia donde nos llevará este asunto.- Quizás, que el pequeño viva, sea inofensivo para mi y peligroso para ti ¿Estás dispuesto a correr el riesgo? Que yo pueda ver el aura es una señal de que, para intervenir positivamente en el equilibrio, él debe salvarse.-
- ¡Hazlo ya!- Dijo Alonso.
Tiago se arrodilló nuevamente junto al cuerpecito y observó la pálida cara del pequeño, que aún conservaba los ojos cerrados. Miró a su amigo le dijo:
- Él nunca se enterará de nada.-
El muchacho movió la cabeza afirmativamente. El viejo posó la palma de su mano en la frente de Flair y lanzó el hechizo:
- ¡Ufínona noc!-
Un hormigueo intenso recorrió el cuerpo del enano y sus carnes se tornaron, gradualmente, rosadas. Abriendo violentamente los ojos gritó:
- ¡Aaay! ¡Hormigas coloradas! ¡Hormigas coloradas!
Repitiendo la frase una y otra vez, se puso de pie y comenzó a correr en círculos, al mismo tiempo que se palmeaba todo el cuerpo.
Alonso lo observó sonriente, Tiago frunció el ceño.
Finalmente, ya sea por cansancio o porque el hormigueo había cesado, Flair detuvo su desbocado trotecito.
- ¿Qué miran? – Les dijo con cara de enojado.- ¿Nunca han visto a alguien recién descolgado de un árbol al que lo han atacado las hormigas?-
Tiago apartó la mirada de él e, ignorándolo, tomó su bolsa del suelo. El joven lo observaba con una sonrisa, le caía en gracia el hombrecito.
- ¡Vámonos!- Dijo el anciano.- Debemos proseguir el viaje.-
Alonso también recogió sus cosas y comenzó la caminata siguiendo a su amigo.
- ¡Espérenme!- Exclamó el enano y, tomando las sogas con que lo habían asido y que habían quedado tiradas debajo del árbol, salió corriendo, dando pasitos mínimos, detrás de los dos amigos.
- ¿Para qué traes eso?- Preguntó de mal modo Tiago.
- Uno nunca sabe cuando le servirá a uno algo que a uno pueda servirle.- Contestó Flair.
El viejo volvió a fruncir el ceño, le fastidiaban las respuestas burlonas del pequeño, como si estuviera soportándolo de toda la vida. Alonso consciente de ello, trataba de esconder sus sonrisas de la vista del anciano.
El enano envolvió su cintura con varias vueltas de las sogas, formando un ancho cinturón con ellas.
- Deberán ayudarme a explicarle al gobernante de Puebla de Alcocer, lo que me ha sucedido, sino no me creerá.- Dijo Flair.
Alonso y Tiago se miraron transmitiéndose un pensamiento coincidente.
- No podremos hacer eso.- Contestó el muchacho.- Nos dirigimos hacia otro lugar, a Mazarambroz.-
El enano comenzó a darse puñetes en la cabeza, mientras zapateaba energicamente; otra variante del berrinche. Como había sucedido con los anteriores, la escena culminó rapidamente.
- ¡Deben venir conmigo! ¡Deben venir conmigo! ¡Me acusarán, me encerraran!- Dijo.
- Óyeme hombrecito.- Dijo Tiago.- No somos malas personas, pero tenemos nuestro asuntos de que ocuparnos, creo que ya te hemos ayudado lo suficiente. Debemos seguir nuestro camino.
Flair bajó la vista y continuó dando sus pasos, lo suficientemente acelerados, como para poder seguirles el tranco a sus acompañantes.
- Tienes razón.- Dijo apesadumbrado.- Perdónenme-
Los dos amigos aceptaron sus disculpas y continuaron caminando en silencio. Llegaron hasta lo orilla del río y volvieron a seguir su curso.
- Si fuésemos río abajo quizás podría encontrar mi laúd, me siento vacío si él- Dijo el enano.- Es mi herramienta, mi alma.-
El tono lastimoso con el que Flair dijo esa frase, hizo sentir piedad por él tanto a Alonso, como a Tiago.
- Podría rascarme la panza.- Dijo luego.- Pero solo saldría el sonido de mi hambre ¿Cuándo comemos ancianito?- Preguntó dirigiéndose a Tiago.
Esto hizo que el anciano volviera a malhumorarse.
- ¡Vaya desfachatez!- Dijo.
Alonso sonrió otra vez, sin que lo viera su amigo, y dijo:
- Es verdad, yo también tengo hambre. Procurémonos algo para comer.-
El análisis de la situación lo hizo mirar, interrogativamente, a Tiago. No podían usar la magia en presencia de Flair ¿Cómo harían para conseguir comida y para encender el fuego? La comodidad suele inhibir a las habilidades, pensó.
- Consigan algo ustedes que yo soy un inútil.- Dijo el enano. Luego, moviendo sus piernas chuecas y cortas, salió corriendo dando más cantidad de pasos, que los que un hombre normal daría en el mismo trayecto. Se zambulló de cabeza en unos matorrales y, un momento después, salió de ellos aferrando una inquieta liebre por una de sus patas.
- Mi comida está casi lista.- Dijo burlonamente. – Vayan por la suya.-
Tiago tomó en serio la humorada de Flair y se dirigió hacia la orilla del río, resignándose a comer, nuevamente, pescado.
Alonso comenzó a planear como haría la fogata.
¿Qué fogata? Pensó, no hay leña ¿Cómo la habrá conseguido el viejo?
- ¡Tiago! ¡Tiago!- Gritó.-Enciende tú el fuego que yo me encargaré de los peces.
Así fue, el aciano, experto en encontrar leña entre las piedras del barranco, logró armar una pequeña montaña de ellas, mientras el joven repetía su “Pezare ret”, a orillas del río, cerciorándose de que Flair no estuviera observándolo.
Cuando Alonso se acercó, un rato después, hasta sus compañeros, llevando varios pescados, a Flair se le hizo agua la boca, era la comida que más le gustaba.
- ¿No habrán creído que la liebre era solo para mí?- Dijo.
Tiago intentaba, infructuosamente, encender el fuego con un yesquero.
Alonso confirmó su anterior pensamiento, la comodidad hace a la inutilidad.
- ¿Me permites que lo intente yo?- Le preguntó al anciano.
Este, a título de respuesta, le entregó el yesquero al muchacho.
Rapidamente la fogata estuvo encendida y, al cabo de menos de una hora, todos estaban comiendo. Los dos amigos se prepararon para dormir una breve siesta, pero la tarea no iba a resultar fácil; Flair estaba desbordante de energía, no se quedaba quieto ni dejaba de hablar. El enano puso su mano izquierda en el aire, a la altura de su hombro, y con la derecha empezó a rascarse la panza, como tocando un imaginario laúd. Acto seguido comenzó a cantar.

- Vean que flacucha es la bolsa de huesos,
con tan poco peso ni pisa en el suelo.
Su cara de malo, de enojo y recelo
¿Será lo que espanta a las llamas del fuego?-

Tiago se sintió aludido y, cuando iba a decir algo, el muchacho lo tocó en el brazo para detenerlo y, con una sonrisa, le hizo señas de que se quedara callado. Se miraron fijamente por un instante y el viejo, finalmente, no tuvo la soberbia suficiente como para no sonreír.

miércoles, 1 de junio de 2011

Capitulo XXIII





A medida que se acercaron al árbol la imagen se les presentó grotescamente nítida. Colgando de una rama, mediante una soga amarrada a uno de sus tobillos, con las manos atadas por detrás de la espalda; un hombrecito, con una gran cabeza, casi del tamaño de su cuerpo, se balanceaba al ritmo caprichoso del viento.
Cuando estaban a unos pocos pasos de distancia de él, con una grave voz, les dijo:
- ¡Eh! Ustedes que vienen caminando cabeza abajo ¡Sáquenme de aquí!-
Alonso intentó adelantarse rapidamente para ayudar al pequeño, pero el brazo desconfiado de Tiago detuvo su marcha, antes de que esta se iniciara.
El anciano se acercó hasta el bamboleante cuerpo y su cabeza quedó casi a la misma altura que la de él.
- ¿Quién eres?- Preguntó.
- ¡Bájame de aquí! – Respondió el enano.
- ¿Quién eres?- Repitió, con un tono más imperativo, Tiago.
- ¡Bájame de aquí! No creo que el árbol resista más.- Contestó el extraño.
Ambos amigos miraron con detenimiento la rama de la encina que sostenía al escaso peso del pequeño, era sobradamente fuerte como para soportar un jabalí padrillo.
- ¿Eres gracioso? – Dijo el viejo.- No te bajaremos de allí hasta que nos digas quien eres y como llegaste a esta ridícula situación.-
El enano se contorsionó enojado, haciendo un berrinche más propio de un niño, que de un adulto. Casi instantáneamente recuperó, rápida y curiosamente, la calma.
- Si me bajan les cuento, luego podrán volver a colgarme.- Respondió.
Cuando Tiago iba a abrir la boca para lanzarle un improperio, el enano se anticipó y le dijo:
- ¡Bueno, bueno! Quien debería estar malhumorado soy yo, que continúo en esta situación. Mi nombre es Flaín, de Burguillos, soy emisario del rey Alfonso.
- ¡Mnnnh! No te burles de nosotros ¡Medio hombre!- Dijo Tiago al tiempo que, de un manotazo, lo hizo balancear y girar sobre su corto eje.
- ¡No, no!- Gritó el enano.- ¡No miento! Cuando digo la verdad no miento.
El anciano, con su paciencia casi extinguida, se adelantó para ofrecerle otro manotazo. Alonso lo detuvo pidiéndole, mediante la mirada, que lo dejara a él proseguir con el interrogatorio. Detuvo el bamboleo del colgado y le dijo:
- Cuéntanos la verdad, no te haremos daño-
- Estoy diciéndoles la verdad ¡No miento! Mi nombre es Flaín.- Dijo agitado. – Soy… Soy un juglar de la corte del rey Alfonso.-
- ¿Un juglar?- Dijo Tiago.- Un bufón eres.-
- Soy un juglar de la corte.- Repitió el enano y prosiguió.- Uno de confianza. Él me ha enviado a Puebla de Alcocer.-
- ¿Puebla de Alcocer?- Interrumpió el viejo. – No he escuchado acerca de ese lugar.-
- La Peña de Alcocer.- Explicó Alonso.- Ahora le llaman así a la aldea.-
- Si, si, Peña de Alcocer.- Afirmó el pequeño.- El rey me envió para llevarle dinero al gobernante de la cuenca. Quiere que la villa prospere. Venía yo caminando alegremente, como siempre lo hago, y unos salteadores de caminos me atraparon, me robaron y me dejaron en esta situación.-
Tiago miró a Alonso, buscando complicidad para sus pensamientos de desconfianza, y el joven lo observó con cara de intrigado.
- ¿Nos crees estúpidos? ¿Supones que vamos a aceptar la historia de que el rey envió con dinero a un enano?- Dijo, cruelmente, el anciano.
- Es una idea sabia.- Respondió este.- Si tú no crees que yo podría realizar tal misión ¿No te parece que nadie más lo haría?-
El viejo volvió a mirar a Alonso como esperando alguna reacción del joven. Este movió la cabeza afirmativamente.
- Suena razonable.- Dijo.
- ¡Bájenme de aquí, ahora!- Suplicó Flaír.
- A su debido tiempo.- Contestó Tiago.- No hemos terminado todavía. Cuéntanos los sucesos.-
El enano realizó unas contorsiones más, haciendo la parodia del berrinche y, al instante, se tranquilizó y continuó:
- Venía caminando, siguiendo el curso del arroyo, entre mis prendas traía una bolsa con el dinero del rey, 800 maravedíes de oro. Iba distraído, siempre lo hago, mi cabeza estaba componiendo una poesía. De pronto un hombre se para delante de mí, era muy alto ¡Bah! Todos lo son, tenía una densa y negra barba. Detrás de las rocas aparecieron más, eran cinco en total. Me asusté pero comencé a bromear mientras me interrogaban. Me pidieron que les diera todo lo que llevaba y les dije que lo único que tenía era mi laúd, que era un pobre juglar.
Me creyeron, comencé a cantarles algunas coplas graciosas y todos rieron. Todos menos el hombretón de la barba que, al parecer, era su jefe.
Bájenme de aquí ¡Por favor!- Repitió.-
Alonso, nuevamente, tuvo la intención de hacerlo. Otra vez Tiago lo detuvo y, susurrándole, le comentó:
- Falta poco.- Luego, mirando a Flaír le dijo.- A su tiempo lo haremos ¡Continúa!-
Esta vez el falso berrinche fue apenas una insinuación.
- Ya casi estaban por dejarme. – Continuó.- Ya se iban y… No pude con mi genio. Me molestó que el de la barba no disfrutara de mis versos, así que lancé mi última copla:

-Al niño parío de día
su madre le dio la espalda,
no solo no sonreía,
sino que nació con barba.-

A alonso le causaron mucha gracia los versos, por lo que lanzó una carcajada.
- Veo que aprecias mi arte.- Dijo el enano.- Ellos no. El hombretón se enfureció, se abalanzó hacia mí y me quitó el laúd, arrojándolo a las aguas. “Darán muchas serenatas los peces”, le dije. Esto lo encrespó más, me tomó de los tobillos y me puso cabeza abajo sacudiéndome. Fue en ese momento en que cayó la bolsa con las monedas. Se excitaron mucho con ellas, pero el barbudo se sintió humillado por haber sido engañado. “¿Qué hacemos con este?” Les preguntó a sus secuaces. Uno sugirió que me degollaran, otro que me arrojaran a las aguas con una piedra atada a mis pies. “Es muy rápido eso, que sea un alimento frugal para las aves carroñeras”, dijo el hombretón. Y aquí estoy ¡Por favor, bájenme!-
Tiago se dio por satisfecho con la historia, aunque antes de desatarlo preguntó:
- ¿Cuándo sucedió eso? ¿Hacia dónde se dirigieron aquellos hombres?-
- Hacia el norte.- Contestó el pequeño.- Hace dos días que estoy así ¡Bájenme, se los suplico!-
El argandeño se dirigió hacia el tronco del árbol, el viejo, esta vez, no lo detuvo. Trepó por él hacia la rama a la que estaba amarrada la soga y la desató, no sin antes cerciorarse de que Tiago evitaría una brusca caída de Flaír al suelo.
El enano fue atrapado, suavemente, por los brazos del anciano. Este depositó sus pies sobre el suelo y lo ayudó a erguirse. Casi instantáneamente el pequeño se desvaneció.
El viejo desató las ataduras que aferraban sus muñecas, al mismo tiempo, Alonso ya estaba al lado de ellos.
- Mira como tiene sus manos y sus pies.- Dijo Tiago.
Todas las extremidades del pequeño estaban hinchadas y mostraban un color borravino grisáceo.
- El frío las ha entumecido.- Dijo el muchacho- ¡Pobre infeliz! No podrá recuperarse, sus manos y sus pies están muertos. La muerte avanzará por sus brazos y sus piernas y terminará con él, he leído acerca de ello ¡Debemos ayudarlo! Tiene cangrena.-
- No podemos hacer nada.- Dijo el anciano.
- ¡Si podemos!- Contestó Alonso.
- ¡No! Respondió el anciano.- ¿Cómo confiar en él? Nos contó solo una historia, sabe inventarlas. No sería prudente descubrirnos.-
- ¿Descubrirnos?- Interrogó inquisidoramente el muchacho.- Está inconsciente y quien sabe cuanto tiempo permanecerá así, quizás hasta la muerte.
Tiago se quedó callado observando al enano, sabía que al muchacho le dolía ver sufrir a alguien de esa manera. A él también le sucedía lo mismo.
La ancha y cuadrada cara del pequeño estaba morbidamente pálida, sus espesas y negras cejas custodiaban sus cerrados ojos. Su pequeña humanidad yacía, casi inerte, boca arriba en el suelo.

domingo, 29 de mayo de 2011

Capítulo XXII

Esa mañana, extrañamente, el primero en despertarse fue Alonso; quizás por haber dormido tanto el día anterior o por el frío con que se presentó el amanecer, el cual era prácticamente insoportable. Vio que su amigo continuaba inmerso en sus sueños, por lo que optó por no despertarlo.
Hasta la casi difunta hoguera parecía tiritar.
Caminó unos pasos refregándose los hombros con los brazos cruzados y exhalando volutas de denso vapor por la boca. A unos pocos metros de distancia halló lo que buscaba, unos leños secos, los cuales cargó hasta arrojarlos, prolijamente, a las brasas. Con un creciente crepitar el fuego revivió y, con él, el calor.
El brillo y el sonido de las llamas despertaron al anciano. Al ver al muchacho en cuclillas y con las palmas de las manos, como empujando al calor nuevamente hacia la hoguera, dijo:
- Veo que te has apresurado en comenzar el día ¿Cómo te sientes hoy?
- Bien.- Contestó Alonso.- Me siento muy bien, renovado, con hambre pero bien.-
- Debemos procurarnos algo para comer. – Dijo Tiago mientras se sentaba en el suelo mirando fijamente al fuego.
- Todavía tengo pan y queso.- Comentó el muchacho, al tiempo que recogía su bolsa y hurgaba dentro de ella.
- ¡Ja!- Fue la contestación del viejo.
Alonso extrajo un trozo de pan y otro de queso que había mantenido como reserva. El verde y oscuro moho que cubría al primero, casi lo instó a arrojarlo lejos, pero se contuvo y lo depositó sobre una piedra. El trozo de queso no tenía casi moho pero de él asomó una gorda, blanca y satisfecha larva de mosca que, al parecer, estaba acompañada por sus hermanas.
-¡Ugh!- Dijo y lo arrojó a las llamas. – Podemos comer el pan.-
- Podemos comer el moho.- Replicó Tiago.- ¿Quieres morir retorciéndote? Es venenoso, casi todos lo son. Arroja eso lejos y aguantemos las tripas hasta que encontremos algo que engullir.-
Al rato, con solo unos sorbos de agua por toda ingesta, guardaron las mantas en las bolsas y, con ellas al hombro, emprendieron la caminata hacia el sur. Tiago iba por delante, como guiando. El joven lo seguía a pocos metros de distancia.
- Va a ser difícil que encontremos algo bueno para comer.- Dijo el anciano escrutando con su mirada el paisaje que los rodeaba, que era distinto al que habían recorrido unos pocos días atrás.
La vegetación era casi nula y todo estaba cubierto de rocas rojizas amarillentas.
- Podemos pescar.- Sugirió Alonso.
- ¡Beeeh! Ya basta de pescado, estoy asqueado de él. Continuemos y veamos si la fortuna nos provee algo sabroso más adelante.-
El joven, ya totalmente recuperado y con sus ideas más acomodadas que en el día anterior, consciente de las dudas que debía despejar, comenzó a interrogar al viejo:
- ¿Somos los únicos guardianes? – Dijo algo nervioso ante la responsabilidad que le generaría si la respuesta fuera positiva.
- No.- Contestó Tiago.- Sería imposible mantener el equilibrio con una sola línea de guardianes. Hay muchos, somos muchos.
- ¿Cómo nos reconocemos? –
- No conozco ninguna forma de hacerlo.- Respondió su amigo.- Quizás viendo a uno mientras practica un hechizo, lo cual es bastante improbable que suceda. Develar los secretos a alguien nos haría vulnerables. Aunque uno creyera que está en presencia de un guardián, nunca sabría si no se trata de un astuto maligno. He sospechado que algunas personas con las que me he cruzado eran guardianes, pero nunca me atreví a preguntarles y, si realmente lo eran, ellos tampoco lo hicieron conmigo.-
- Pero entonces ¿Cómo sabes que somos muchos?- Interrogó Alonso.
- Mi mentor me lo ha dicho.- Contestó Tiago.- Como yo te lo estoy diciendo a ti. Akunarsche creó muchas líneas de descendencia, como para que el número de nosotros fuera el suficiente. Se dice que vivió 128 años, tuvo tiempo para ello. “El libro” se encargó de multiplicarlas en su oportuno momento.-
Absortos en la conversación seguían caminando olvidándose del hambre mientras el sol se elevaba cada vez más. Muy pronto ella les llamaría la atención nuevamente.
- ¿Todos los guardianes son buenos?- Preguntó Alonso con una humildad que no le permitió definirse a sí mismo como poseedor de dicha virtud.
- La mayoría.- Respondió el viejo.- Si alguno no es así “El libro” se ocupa de encontrar la forma de eliminar su influencia.
- ¿Siempre lo ha logrado?- Interrogó la curiosidad del joven. - ¿Qué tan dañino puede ser un guardián desobediente?-
El muchacho estaba tan interrogativo como un niño de tres años. Tiago, con paciencia y a sabiendas de que ese diálogo era necesario para la formación de Alonso, luego de trepar con esfuerzo una roca grande que se interpuso en su camino, respondió:
- No tengo la respuesta a eso, supongo que él siempre logra detener a los descarriados, aunque mi mentor me contó una creencia, acerca de que una vez hubo un guardián que utilizó los hechizos para acrecentar su poder y por su propia vanidad.
- Y ¿Qué pasó?- Preguntó muy intrigado Alonso.
- Uno de sus seguidores logró detenerlo.- Respondió el anciano.- Pero ya era tarde. Muchos hombres han muerto por aquello, y lo siguen y seguirán haciendo.
El muchacho bajó la vista e interrumpió su interrogatorio. Avanzó durante muchos metros en silencio y pensativo. Ahora encontraba muchas respuestas a dudas que había tenido durante gran parte de su vida.
- ¿Él?- Atinó a preguntarle a su amigo.
- Si.- Respondió este.- Un guardián descarriado.
Alonso no habló más; Tiago tampoco lo hizo. Los escollos que encontraban ahora, durante la caminata, eran cada vez más difíciles de sortear. Grandes rocas seguidas de grietas les hacían esforzar continuamente los músculos de las piernas.
- Tendríamos que detenernos un rato y procurarnos algo para comer.- Dijo el viejo.
Alonso asintió.
- Si no hallamos otra cosa, mi hambre es tan grande, que no dudaré en utilizar nuevamente el hechizo de pesca.- Complementó el anciano.
Al muchacho le pareció gracioso este comentario y, viendo que el paraje donde se hallaban no mostraba signos de ofrecer animal comestible alguno, tomó una vara y se dirigió hacia el río.
- Está bien.- Dijo Tiago resignado.- Haré una fogata.
La tarea no le resultó fácil esta vez. No se veían árboles en las cercanías, solo alguno muy aislado a lo lejos. No había leña.
- ¡Mnnnn!- Dijo rascándose la cabeza.
Comer nuevamente pescado es un esfuerzo al que me está obligando el apetito, pero hacerlo sin cocer, es algo a lo que me niego, pensó. Se rascó nuevamente la cabeza hasta que, como si algo repentinamente lo hubiera empujado, se dirigió hacia el río con gran determinación. Recorrió la cima del barranco y, tal cual había pensado, en una grieta entre las rocas, encontró unos troncos secos que las aguas habían depositado en alguna crecida. Algo soberbio por su astucia regresó sonriente con el muchacho. Este lo estaba esperando con unos lucios.
- Veo que aun no has encendido el fuego.- Comentó Alonso burlonamente, como para bajarle los humos a su amigo.
- ¡Shhh!- Exclamó este, luego acomodando las maderas, dijo: Clesanaldame senín-
Al rato se encontraban sentados junto a la fogata y de los pescados solo quedaban las espinas.
Alonso se puso de pie, se frotó la barriga con sus manos y luego estiró sus brazos, como desperezándose. De repente se quedó inmóvil con la vista clavada en algo lejano.
- ¿Qué es aquello?- Preguntó con asombro.
El viejo se puso de pie y dirigió su mirada hacia donde lo hacía el joven.
- ¿Qué ves?- Preguntó. Su vista ya no era tan aguda como la que la juventud le proveía al muchacho.
- No se que es.- Contestó este.- Veo algo extraño en aquel lejano árbol.-
- ¿Cómo puedes ver que allí hay un árbol?- Preguntó Tiago ofuscado por su decadencia.
- ¡No tontees! Lo retó el muchacho.- Vayamos a ver de que se trata.-
Ambos se encaminaron hacia la planta en cuestión. A medida que se acercaban, la imagen extraña se les mostraba más detalladamente.
- ¿Qué es eso?- Preguntó ahora Tiago que ya lograba ver con definición.
Como si estuvieran observando una fatamorgana, vieron a un hombre pequeño, suspendido en el aire y con la cabeza hacia abajo.
No salían de su asombro. Con cautela se fueron acercando hacia él.

jueves, 26 de mayo de 2011

Capítulo XXI




Otro guijarro golpeó, suavemente, en la cabeza de Alonso, era el quinto que lo hacía, el tercero acerca del cual tenía consciencia y el primero que le hizo abrir los ojos.
- Despiértate holgazán.- Dijo Tiago. – Llevas más de medio día durmiendo.-
El joven casi no podía ver. La luz del sol, que estaba en su máximo esplendor diario, lo enceguecía. Comenzó a intentar ponerse en movimiento, pero esto le costó muchísimo trabajo. Mientras se restregaba los ojos con sus manos, el anciano alimentaba la hoguera, sin ser avaro en el uso de la leña. Era un día, aunque soleado, muy frío.
- Debes tener calma. – Le dijo este.- El efecto de la belladona todavía está presente en ti, tardará unas horas en irse. Esperaremos hasta que ello suceda.-
Alonso logró sentarse y se recostó contra la encina que, muy lentamente, crecía a su espalda. No emitía palabra alguna, sentía la boca pastosa y los labios hinchados.
- Debes tener mucha hambre.- Dijo el anciano.
El joven, tras esas palabras, tomó consciencia de eso. Tenía un apetito voraz, casi insoportable, ahora que lo pensaba.
Tiago le alcanzó un barbo recién asado, al que Alonso devoró, tan rápida como desprolijamente.
- Ja, ja, ja.- Rió el viejo.- Si que la tienes.- Dijo al tiempo que le ofrecía otro pescado más. Y otro… Y otro.
- ¡Despacio, glotón! Vas a terminar con todos los animales del río.
Bebió el agua que le trajo el anciano en un jarro, al que luego, aunque ya tarde si así hubiera sido, examinó para ver si tenía un té como el de la noche anterior. No quería pasar por el mismo horrible trance otra vez.
Saciados su sed y su apetito, apoyó la cabeza contra el tronco del árbol y se quedó, nuevamente, dormido.
Cuando volvió a despertar, varias horas después, algo más lúcido que la última vez, notó que su amigo no estaba junto a él.
- Tiago, Tiago.- Llamó lo más fuerte que pudo en un volumen que, lamentablemente, fue muy leve.
No recibió respuesta alguna. Se desperezó y ello le dio más fuerzas, por lo que logró ponerse de pie. Se dirigió hacia el río, no si antes haber tenido que asirse de la encina hasta sentirse seguro con la verticalidad. Al llegar al barranco, vio en él a su amigo, unos metros río abajo, que en cuclillas se distraía arrojando piedras al agua.
Se acercó hacia él.
- Veo que estás recuperado.- Dijo Tiago.
- Un poco mejor estoy.- Contestó.- Aunque todavía no me siento totalmente bien.
- La comida y el agua están surtiendo su efecto positivo.- Explicó el anciano.- Cuando caiga la noche estarás totalmente repuesto, la secuela de la belladona ya habrá desaparecido.
- ¿Qué fue lo que sucedió anoche? – Preguntó casi inquisidoramente el muchacho.
- Lo de anoche fue tu iniciación y, a la vez, tu graduación ¿Qué recuerdas de ello?-
- No recuerdo nada.- Contestó Alonso. - ¡Bah! En realidad recuerdo tus palabras, solo eso. No tengo consciencia sobre lo que sucedió, no recuerdo si brilló la luna, si croaron las ranas, si sentí frío. No recuerdo casi nada, solamente tus palabras.
- ¿Cuáles palabras? Interrogó Tiago.
- Todas. Creo.- Respondió el joven.- Todas…
Gudea, Akurnasche, los guardianes, los hechizos, “El libro”, la misión. Todo.
- Está bien así.- Interrumpió el anciano.- Es lo que debía pasar. Es lo que esperaba que hiciera la maravillosa belladona.-
- ¡Y tu eres un tramposo!- Protestó el joven al recordar el mal trago de la infusión.
- ¡Ja, ja! – Rió su amigo.- No fue trampa, era necesario ¿Habrías tomado el té si te hubiera explicado de que se trataba?-
- Pues, no.- Respondió.
- Es lógico.- Dijo Tiago.- Yo tampoco lo habría hecho en mi ocasión. Alguna vez te tocará a ti hacer esa “trampa”.
Alonso se sentó sobre una roca del barranco y se quedó unos instantes callado y pensativo. Deberé aprender a identificar la belladona, pensó.
Estuvieron un largo tiempo observando, en silencio, el continuo fluir de las aguas hacia el norte; tenía algo de hipnótico como las llamas de una hoguera, que hacía su observación placentera y reflexiva.
Alonso recordó a Juana, extrañaba mucho a la muchacha. También le causaba preocupación no saber nada nuevo acerca de ella ¿Qué estaría haciendo? ¿Se habría olvidado ya de él? El tiempo suele ser muy abrasivo con algunos recuerdos, pensó.
Tiago rompió el silencio de las voces:
- Por el resto del día nos quedaremos aquí hasta que te recuperes totalmente. Es mejor perder un día de caminata y emprender el siguiente con todas las energías, que deambular lentamente durante varios porque todavía no te encuentres recuperado.
- Si tú lo dices, amigo.- Respondió el joven.- Pero ¿Cuál es la prisa? Si por mí fuera no quisiera seguir alejándome de Toledo.-
- Todavía pueden estar siguiéndonos.- Respondió el anciano.
- ¿Siguiéndonos? ¿Quiénes? Ordoño y sus secuaces están muertos ¿Quién nos seguiría?-
Tiago elevó su vista al azul del cielo y permaneció un rato inmóvil y pensativo; luego, tomando otro guijarro y arrojándolo a las aguas del río, dijo:
- La persecución es eterna. Como eterna es la huída y, en su momento, la lucha. Si los malignos pudieron infiltrarse entre los nobles calatravenses, pudieron haberlo hecho en otros ámbitos. Cualquiera podría ser uno de ellos ¡Nunca debes confiar! Hasta Guillermo, tu niña, Fray Gerardo o Ximénez podrían serlo.-
¿Juana una maligna? Pensó el joven ¿Guillermo?
Tiago, adivinando los pensamientos del muchacho, le dijo:
- Son astutos, malvados y, sobre todo, muy pacientes. Son capaces de traicionar a sus propios compañeros para cumplir su misión o someterse a sufrimientos para lograr su engaño y generar confianza. A Ordoño y sus secuaces no les debe haber resultado fácil ingresar en la orden de Calatrava, deben haber tenido que someterse a una vida ascética, cosa que se contradice con sus ambiciones desmedidas. Deben haber tenido que cumplir los tres votos religiosos durante cuatro días a la semana. Les debe haber resultado difícil todo eso, sin embargo, en pos de encontrar alguna pista que los lleve a “el libro”, de lograr cierta autoridad que les permita hallarlo, fueron capaces de hacer cualquier sacrificio. Así trabajan los malignos.
- Pero…- Dijo Alonso.- Si Juana o algunos de mis amigos lo son ¿Por qué habrían de haber esperado para quitarme los secretos? Si me han tenido a su merced durante mucho tiempo.-
- Te han tenido a ti, no a “el libro”.- Contestó su amigo.- Demostraste que ante la tortura no revelarías los hechizos. “Él” está materialmente destruido. Hasta que no lo escribas nadie tendrá nada. Ellos, quienes sean, esperarán.-
- Entonces ¿Por qué huir?- Preguntó Alonso.
- Porque yo no he demostrado, aún, ser inmune a la tortura, ni que sería capaz de callar al ver que alguien quisiera dañarte. Eso puede ser un arma para ellos.
- Pero ¿Juana? ¿Guillermo?- Vaciló nuevamente el muchacho.- Yo no podría vivir desconfiando de ellos. Prefiero creer y ser engañado, a dudar eternamente para nunca tener nada en mi corazón. Creo que cada persona que se pone frente a mí es buena, que deberá demostrarme que no lo es. Quizás eso me genere algunas decepciones, pero lo contrario nunca me provocaría satisfacción alguna.
- Es una buena forma de ver las cosas.- Contestó Tiago.- Pero no te vendría nada mal desconfiar un poco. No me parece que tus amigos pertenezcan a los malignos, aunque deberás estar alerta ante alguna cosa que te resulte extraña.
Mañana proseguiremos el viaje, ahora voy a ver si consigo algo de comida que no provenga del agua, porque ya siento que me están saliendo aletas de tanto comer pescado.
El joven sonrió en silencio ante la observación de su amigo.
- Yo avivaré el fuego.- Dijo.
La noche se instaló en el cielo y, a la luz de las llamas, comieron un cochinillo de jabalí, el cual les resultó muy sabroso.
Entre las dudas y cavilaciones por las que se movían sus pensamientos, a Alonso le llegó el sueño. Al rato la luz de las llamas iluminaron los cuerpos dormidos de ambos.

jueves, 19 de mayo de 2011

Capítulo XX




El primer y amargo sorbo le resultó al muchacho, casi imposible de tragar, por lo que, casi instintivamente, alejó el jarro de su boca.
- Debes hacer un esfuerzo y beberlo todo. – Dijo, casi suplicando, Tiago.
- ¡Es horrible! – Contestó Alonso.
- Lo se, ya lo he probado. – Replicó el anciano.
Quizás por la revelación de que su amigo había pasado por el mismo feo trance o por la confianza que sentía hacia él, el joven se sintió impulsado a continuar la acre ingesta. Frunciendo casi todos los músculos de la cara, poblándola de arrugas, de un prolongado sorbo acabó el contenido del jarro.
- ¡Puaj! – Exclamó antes de que se le produjeran algunas arcadas.
- ¡Ja, ja! Ahora a esperar. – Dijo Tiago.
¡A esperar, a esperar, a esperar! Retumbó, casi al instante, la voz del anciano en la cabeza del joven ¿Qué me pasa? Se preguntó.
Sus ojos se desorbitaron y sus pupilas comenzaron un zigzagueo espasmódico; todo lo que veía comenzó a tomar borrosas y sinuosas formas.
- ¿Qué me sucede? – Alcanzó a preguntar antes de que su consciencia perdiera toda percepción de la realidad.
Tiago, sin mirarlo, con una rama removió las ascuas que había parido la fogata, para avivar más las llamas.
- Has tomado un te de belladona. – Dijo con una voz que retumbó en la cabeza del muchacho. – Has perdido lo consciencia. Mi voz llega directamente a tu pensamiento, sin nada que interfiera entre ambos. Lo que debo decirte esta noche deberá quedar grabado en tu mente.-
El muchacho no podía analizar lo que su amigo le estaba diciendo, si bien su cuerpo estaba quieto, sentía que se bamboleaba y que no existía el frío, ni el calor, lo único que percibía era la voz del anciano.
- Eres un guardián de los hechizos.- Continuó Tiago. – Yo también lo soy y muchos, desde hace largo tiempo, lo han sido. Has nacido con el don de serlo y, al ser así, “el libro” te ha guiado hacia él, hacia tu destino. La principal virtud que define tu don reside en la bondad de tu corazón, en tu pureza de espíritu. Él casi nunca se ha equivocado en sus elecciones.
Como a todo guardián te ha incitado a destruirlo y tú has creído que lo hiciste luego de leer lo que en él estaba escrito. Hoy deberás aprender el legado de los guardianes. –
Alonso prácticamente no se movía. Recostado contra el tronco de la encina que le hacía de respaldo, con los ojos enfocados en un punto inexistente de la noche, continuaba, sin otra opción, escuchando lo que Tiago le decía.
- El libro nunca se destruye, solo cambia la forma de perpetuarse, lo ha hecho, a veces, en arcilla, papiros, papel y, otras, en pensamientos. En estos momentos “él” solo existe, para nosotros, en tu cabeza y en la mía. –
El viejo arrojó unos maderos más al fuego, los cuales ahuyentaron al frío unos metros más lejos y prosiguió con su charla:
- Uno de tus deberes como guardián es legarlo, perpetuarlo. A su debido tiempo, cuando sientas que así debe hacerse, deberás escribirlo nuevamente para que “él” encuentre al siguiente elegido, a tu sucesor.
Te preguntarás ¿Qué razón de ser tiene “el libro”? Yo también lo hice y he dudado y, a veces, sigo haciéndolo. -
Tiago calló un instante y volvió a remover las brasas con la vara.
- La naturaleza humana, de por sí, es destructiva; debe serlo para sobrevivir y para su bienestar. El hombre, para alimentarse, destruye animales y plantas; para procurarse una vivienda lo hace con los árboles, la tierra, las piedras. No se puede construir sin antes no haber destruido algo. –
La cabeza de Alonso se bamboleaba, suavemente, de un lado al otro y, de vez en cuando, se quedaba unos instantes recostada sobre alguno de sus hombros. Las palabras de Tiago recorrían todo su cerebro, para instalarse en él eternamente.
El anciano prosiguió:
- Esa naturaleza destructiva, a veces se desenfrena, se desborda y el hombre destruye cosas sin necesidad, a otros, a sí mismo. Si en el mundo imperara, solamente, ese poder destructivo la humanidad no existiría. Algo debe equilibrar esa fuerza caótica, algo debe frenarla.
Hace poco más de 3.000 años la raza humana vivía, por su propio desmérito, el peor caos por el que ha atravesado. Las guerras eran moneda corriente, la vida del prójimo carecía de valor alguno y, por un poco de comida o de sal, alguien era capaz de matar a otro. Eran frecuentes los saqueos, las matanzas a mansalva y las vejaciones. El poder destructivo estaba en su máxima expresión. Todo era sed de conquista y de poder y, para tenerlo, de igual manera que para comer y para construir, primero había que destruir.
La tradición de los guardianes dice que en Lagash, su ensi Gudea, en el templo de Eninnu, recibió el conocimiento de los hechizos. Bajo su influjo gobernó y equilibró la balanza. Propició el arte, la ciencia, la economía, el bienestar general y, sobre todo, la paz. Los conjuros le permitieron revertir situaciones desastrosas y crear en sus súbditos la esperanza. Produjo el resurgimiento del pueblo Sumerio.
Su habilidad y su secreto habrían muerto con él en el 2124 a. C., pero Akurnasche, un sacerdote del templo, quien contaba con la confianza de Gudea, escribió los hechizos en tablillas de arcilla e ideo la manera con la que estos se perpetuarían. –
Tiago hizo una pausa en su relato, miró hacia las estrellas que salpicaban con luz el betún de la noche y luego continuó:
- Creó a los guardianes.-
Dicho eso volvió a callar un instante y emitió un suspiro mezcla de orgullo y cierta resignación. Al salir de esa breve abstracción, volvió a arrojar un madero más a las llamas y continuó:
- Ningún hechizo fue concebido para hacer el mal, ni debe ser usado para ello. “El libro” fue creado para mantener el equilibrio, para evitar el fin. Él da las herramientas para hacerlo e indica donde y cuando utilizarlo. Aquella niña de la posada, a la cual reviví, no puedo saber para que misión está predestinada, pero estoy seguro que en algún momento cumplirá una función en la conservación del equilibrio.
Ordoño buscaba lo contrario, ya te hablaré, nuevamente, de los que persiguen “el libro” para utilizarlo para el mal. –
En este punto el anciano se sintió agotado, había estado hablando un largo rato casi sin parar y, aunque eso le gustaba, el trajín de la caminata de ese día, se hacía sentir en su energía. Sabía que Alonso pronto se desvanecería por el avance del efecto de la belladona, por lo que sacó fuerzas de donde no las tenía, para decirle a su amigo los últimos secretos que debería grabar en su mente, para que se convierta en un completo guardián.
- Deberás continuar la dinastía de los guardianes y proseguir la lucha contra los malignos. Tienes los hechizos guardados en tu memoria, ello, por si solo, no hace a “el libro”, son solamente sentencias mágicas, cualquiera que creyera que ellas funcionan quizás podría utilizarlas. En eso radica su peligro y es por lo que ellos lo buscan. El hechizo de resucitación, podría ser un arma terrible en una batalla librada por los malignos y, aunque su esencia no debería permitir dicho uso, no sabemos si así podría ser, si para ello se podría utilizar. Nunca ha sido probado para ese fin y sería peligrosísimo que eso pasara.
Lo que realmente hace a “el libro” son los tres hechizos de los guardianes, los cuales son unicamente transmitidos oralmente del maestro al discípulo; los que Akunarsche concibió, más allá de las enseñanzas de Gudea, y los que atesoramos en nuestras mentes solamente sus sucesores.-
Respiró profundamente y con su voz, ahora con un tono más circunspecto, como si lo que iba a decir a continuación fuera de suma importancia, continuó:
- Deberás escribir nuevamente el “libro”, puedes hacerlo como quieras y en el idioma que desees. Una vez que hayas terminado deberás lanzarle los tres hechizos, los cuales serán la llave de la perpetuación de los guardianes.
El primero, es el que lo convierte en mágico, en poderoso. Cuando culmines su escritura deberás decir “Bigormi ocal”.
El segundo es el que vuelve invisible lo escrito y habilita para leerlo, solamente a aquel a quien él elija para hacerlo y en el idioma que sea el apropiado, “Denugre amilae”.
El tercero y último es el que hace que busque a tu sucesor, el que permite que la tradición de los guardianes se perpetúe. Debes recordarlo bien porque es parecido al anterior, “Denugro ivanúa”.
Denugro ivanúa, resonó más levemente en los pensamientos de Alonso quien, cada vez, estaba más recostado sobre su lado derecho.
Tiago percibió esto y se dio cuenta que el tiempo de culminar su legado había llegado.
- Lo último que tendrás que hacer – Dijo para terminar. – será esconder “el libro”, lo necesariamente bien como para que no lo encuentren las manos equivocadas, pero no lo suficiente como para que no pueda hallarlo un nuevo guardián. Un día habrá un llamado y todo volverá a suceder.
Alonso, casi como si tuviera consciencia de que la misión había concluido, cayó sobre uno de sus lados y quedó acostado en el suelo.
Tiago lo cubrió con una manta, miró hacia el cielo con satisfacción, arrojó más leña la fogata y se sentó al lado de su amigo. El cansancio que sentía era muy grande, unos pocos minutos más tarde, sus parpados lo separaron de la noche.

jueves, 5 de mayo de 2011

Capítulo XIX





El sol se asomó por donde correspondía, por el Este. Las llamas de la hoguera habían abandonado la tierra llevándose el calor y dejando unas míseras brasas que, a duras penas, lograban mantener su rubor. Las aguas del Guajaraz no habían dejado de correr durante toda la noche, todo era normal. El frío calaba hasta los huesos, el otoño ya se había instalado.
Tiago fue el primero en desperezarse; entre dolores y quejidos logró ponerse de pie. Arrojó unos maderos sobre los agónicos rescoldos y estos, en una última demostración de poder, lograron encenderlos. El resplandor y el calor de la renacida fogata, despertaron a Alonso, quien abrió los ojos y miró hacia el cielo. Vio que solo estaba azul en una creciente franja entre la oscuridad de occidente y el rojo del horizonte contrario. Su primer pensamiento fue para Juana, extrañaba mucho a su muchacha, deseaba estar con ella. Eso lo apesadumbró.
- Acércate a la hoguera para calentar los tuétanos. – Dijo Tiago – Nos espera un largo recorrido. –
El joven así lo hizo. Enfrentando las palmas de sus manos hacia las llamas y frotándoselas, de vez en cuado, una con otra le dijo:
- ¡Tienes que seguir contándome! -
- Eso será por la noche, - Contestó el viejo. – Lo que hoy voy a relatarte es de fundamental importancia y necesito toda tu atención. Una especial atención. -
Alonso no comprendió muy bien esto último.
- ¿Qué atención especial? - Preguntó.
- ¡Toda la atención! – Contestó Tiago. – Lo que te diré tendrá que quedar grabado a fuego en tu memoria. -
El joven comprendió aún menos, pero decidió armarse de paciencia y esperar a la noche para despejar, por lo menos, alguna de las dudas que tenía.
Mejor, tendré todo el día para imaginarme estar junto a Juana, pensó ¿Qué dirá cuando se entere que puedo hablarle, qué puedo contarle todo lo que siento por ella?
Descendieron por el barranco y se mojaron, con agua recogida en sus manos, las caras; estaba tan fría que les produjo un hormigueo en todas las partes que se humedecieron. Volvieron hacia el calor de las llamas, para mitigar un poco el dolor.
- ¿Hay algo para echarse al buche? - Preguntó Tiago.
Alonso hurgó en la bolsa que les había preparado Juana y sacó un trozo de queso y pan sin levadura. Tomaron agua que habían sacado del río con sus jarros e ingiriendo los alimentos, saciaron su sed y su apetito, y emprendieron la caminata.
El movimiento hizo que sus cuerpos, poco a poco, se calentaran, venciendo el desafío contra las bajas temperaturas, por lo que la soleada mañana se volvió agradable.
No había sendero alguno por donde transitar, el camino no era fácil, seguían el curso de las aguas río arriba. Estas corrían por un cauce cavado en las rocas, formando un pequeño cañón, por lo que ningún camino era posible al borde de ellas.
La caminata enfrentaba, alternativamente, grietas y piedras que debían ser saltadas o trepadas. La marcha demandaba mucho esfuerzo y era lenta, por lo que los hombres avanzaban sin hablar.
Tiago iba por delante a paso lento pero firme, hasta que un grito lo detuvo.
- ¡Aaah! Dijo Alonso. -
- ¿Qué pasa? - Preguntó el anciano, quien al girar vio el cuerpo del joven tendido en el suelo.
- Me lastimé el tobillo. - Contestó con grandes gestos de dolor.
- ¡Déjame ver! - Dijo Tiago y acercándose hacia él, tomo con ambas manos la parte inferior de la pierna de Alonso.
- ¡Aaah! - Volvió a gritar este – Me duele mucho, no podré continuar caminando. – Completó preocupado.
- ¡Deberemos hacerlo! – Replicó el viejo y, sin soltar la pierna del muchacho, dijo:
- ¡Haraneo atsa! -
Alonso sintió un dolor mucho más intenso que el que tenía, pero fugaz, en pocos segundos ambos sufrimientos desaparecieron. Se puso de pié y dijo:
- Todavía no me acostumbré a este poder para solucionar las cosas, continuemos ¡Gracias amigo! -
- ¡Fíjate bien donde apoyas tus pezuñas! - Sentenció Tiago – no podemos pasarnos el viaje remendando tus tobillos. -
Ambos, riendo, retomaron la marcha.
- ¿Hacia donde nos dirigimos? Preguntó algo timidamente Alonso.
- A Mazarambroz. Contestó secamente Tiago – Cruzaremos el acueducto por la alcantarilla, es un camino un poco más largo pero desorientaríamos a cualquiera que intentase seguirnos. Si es que queda alguien para hacerlo.
Al joven le llamó la atención esta última frase, era la segunda vez que el anciano daba a entender que, aún derrotado Ordoño, alguien los podría perseguir. Eso le produjo cierta intranquilidad.
El resto de la travesía continuó requiriendo, por parte de ellos, el mismo esfuerzo con el que se había iniciado en la mañana. Caminaban copiando la sinuosa margen derecha del río, hacia su nacimiento. De tanto en tanto buscaban un lugar accesible en el barranco, para bajar hacia las aguas y saciar la sed.
Las ideas de Alonso iban y venían dentro de su cabeza, alternaba pensamientos dulces y amargos. Imaginaba a Juana en sus brazos y sonreía, en otros momentos sufría por ella al temer que algo malo le hubiera sucedido durante su ausencia, luego se consolaba al saber que Guillermo la estaría protegiendo, pero, oscuramente, su imaginación creaba un romance traicionero y doloroso entre ambos. No podía evitar este pensamiento, los dos jóvenes eran hermosos y las posibilidades de que eso ocurriese existían; nada más antiguo. Luego se calmaba pensando que él nunca haría algo semejante y que su amada y su amigo, poseían una nobleza similar a la suya, por lo que borraba esas ideas y volvía a besar a la muchacha.
Al llegar al mediodía el hambre y el cansancio hicieron que Tiago se detuviera y dijera:
- Debemos comer algo, enciende una fogata y veré que consigo. -
El muchacho obedeció la orden que tenía tono de pedido. Sabía que el viejo conseguiría algo para alimentarse. Juntó unas cuantas ramas y las acomodó entre unas rocas, protegidas de un viento que, si bien no era muy intenso, era constante. Comenzó a tratar de encenderlas con su yesquero. La tarea resultaba imposible, los maderos estaban verdes. Miró hacia un lado y el otro, avergonzado por su torpeza, para ver si el anciano estaba observándolo. Lo estaba haciendo y, con cierto aire de superación, pasó caminando frente al joven y tocando la leña dijo:
- ¡Clesanaldame senín!
De las ramas comenzó a salir humo y luego, con una pequeña explosión, aparecieron las llamas.
El muchacho miró a Tiago con cierto odio repentino y efímero.
- ¡Ven conmigo! – Dijo el anciano.
Alonso lo siguió. El viejo tomó una rama larga del suelo y descendió por el barranco hacia el río. Introdujo la punta de la vara en la corriente de agua.
- ¡Paezafre ret! Dijo.
Esperó unos segundos y, al sentir un tirón, sacó la rama del agua con un barbo aferrado en su punta, tomó el pescado con sus manos y lo dejó sobre una roca. El animal realizó una serie de movimientos espasmódicos hasta que la muerte lo llevó a la quietud.
- ¡Así es demasiado fácil! Dijo el muchacho algo indignado.
- ¿Por qué debería ser difícil? – Contestó el anciano con suficiencia - ¡Prueba tú!
El muchacho asió la vara, la introdujo en el agua y repitió la sentencia:
- ¡Paezafre ret!
Al cabo de unos pocos instantes sintió el tirón en la rama, la sacó con lentitud del río y, cuando iba a tomar al pez este se soltó y, cayendo en la corriente, salvó su vida.
- ¡Ay muchacho! La magia también requiere habilidad ¡Hazlo nuevamente!
El joven así lo hizo, cuando sintió que un nuevo animal se aferró, retiró la vara con tal fuerza que el pescado voló por los aires y cayó varios metros detrás de ellos.
El viejo lanzó una carcajada y le dijo:
- Todo en su justa medida. -
El muchacho también rió con ganas.
Cuando los pescados estuvieron cocidos y también comidos, se sentaron apoyando las espaldas contra una encina, que era el único árbol que se hallaba cerca. Intercambiaron algún que otro diálogo intrascendente y se entregaron a la siesta.
Si vamos a llegar adonde inevitablemente llegaremos, el apuro es evitable, pensó Alonso, riéndose entre dientes por la cacofonía de la frase, antes de emitir su primer ronquido.
El sol cambió su posición alejando la sombra que los cubría e iluminó una joven gota de sudor, en la frente del muchacho, lo que hizo que este se despertara.
- Es hora de continuar – Dijo a viva voz.
Tiago abrió sus ojos y, casi ronroneando, respondió afirmativamente. Se pusieron de pie y retomaron la caminata.
Conversaban a cada paso, pero el esfuerzo los fue callando paulatinamente hasta que, durante un largo trecho, avanzaron sin intercambiar palabras. De repente el anciano se detuvo y se dirigió hacia el barranco.
- Ya regreso – Dijo.
Se acercó a unas belladonas que crecían sobre él, tomo algunas hojas de las plantas, las puso dentro de su sayo y regresó sobre sus huellas, pisando solamente algunas de ellas.
- ¿Qué es eso? – Preguntó Alonso.
- Algo que utilizaremos esta noche. – Respondió.
- ¿Usar para qué? – Reinterrogó el joven.
- Para su uso. – Fue la respuesta que recibió del viejo.
El muchacho frunció el ceño enojado, se sentía burlado.
- ¡Deja ya esas evasivas, hombre añejo, cuéntame ya que es lo que tramas! –
- Oh jóvenes impacientes – Exclamó Tiago con una gran sonrisa en la cara. – Quieren todo de inmediato y, mientras más inmediato tengan todo, más rápido llegará el final, cualquiera de ellos que sea. Ten un poco de paciencia hasta la noche y te enterarás de todo. –
El muchacho, resignado, le dio cierta razón a las palabras del anciano y reanudó su caminata.
Avanzaron durante toda la tarde copiando el recorrido del río, casi sin descansar, cuando la noche comenzó a asomar por el naciente, decidieron detenerse.
- Hagamos una hoguera. – Sugirió Tiago sabiendo que no encontraría oposición alguna.
La respuesta silenciosa del muchacho, fue comenzar a recoger trozos de leña seca.
Prendieron los maderos y cocinaron unos pescados que habían reservado desde el mediodía. Al poco tiempo su apetito había quedado en el olvido y los cuerpos, que habían perdido el calor producido por la caminata, comenzaron a sentir el frío que arrea la noche, sobre las partes que no enfocaban directamente hacia el fuego.
- ¿Vas a contarme lo que debes? – Preguntó el joven.
- Dentro de unos instantes. – Respondió el anciano, al mismo tiempo que se ponía de pié.
Se dirigió hacia el río, en el cual recogió agua con su jarro y, al regresar, lo colocó sobre unas brasas para que se calentara.
- ¿Qué haces? – Volvió a interrogar, impaciente, Alonso.
- ¡Shhh! – Fue toda la respuesta que recibió.
Cuando el agua comenzó su ebullición, dentro del jarro, Tiago lo retiró del fuego y arrojó en él tres hojas de belladona. Esperó un rato hasta que la infusión se tornara turbia y, luego, a que se enfriara un poco. El aire de la otoñal noche, poco generoso en calor, aceleró este último proceso. Ofreciéndole el brebaje al muchacho le dijo:
- ¡Bébelo!
- ¿Qué es? –Preguntó confundido este.
- ¡Bébelo! – Repitió con más vehemencia.
El muchacho, confiando en su amigo, así comenzó a hacerlo.