Las prendas que el doctor Ramón Peña Saborido estaba acomodando en su maleta lucían tan pulcras y estaban tan perfectamente dobladas que parecían recién sacadas de una tienda. Al mismo tiempo que hacía eso con entusiasmo, su corazón, aun después de haber estado sesenta años a su servicio, palpitaba juvenilmente. En ese momento estaba lleno de ansiedad y excitación y se sentía adolescente aunque a la vez un hombre fuerte, no solamente un juez. El amor reditado provoca esas cosas a esa edad, incluso en un hombre como él, a quien el juzgar crímenes desde hacía muchos años lo había hecho endurecer su corazón. Atrás había quedado la inocencia de su infancia pueblerina en la provincia de La Pampa, la cual había perecido ante la frialdad a la que induce la frecuente observación de escenas del crimen. La sangre, la crueldad, el cinismo y la impotencia que conoció en su profesión lo fueron transformando en un hombre duro y severo.
No hacía calor por transcurrir un otoño que hacía ya demasiado que había regresado al almanaque y el juez no sabía, en ese momento, que no lograría ver el próximo solsticio. Al fin y al cabo quién puede conocer la fecha exacta de su muerte, ni siquiera un suicida aún no graduado.
- ¿Ya decidiste cuántos días te quedarás?- Le dijo su esposa.
- Si; el congreso culmina el Viernes y voy a aprovechar a quedarme para descansar un par de días más, volveré el Lunes.-
- Pero podrías volver antes y, para descansar, hacer un viaje conmigo el mes que viene.- Dijo ella.
- Podríamos… Pero el nombramiento para el puesto de la corte es casi un hecho y después de eso, por lo menos al comienzo, ya no dispondré de tiempo para viajes o distracciones. Vos sabés cómo son esas cosas.- Se excusó el hombre.
- ¿Y si me tomo un avión y me encuentro con vos el Sábado?- Insistió tímidamente ella.
Peña Saborido dejó la maleta a un lado, tomó por ambas manos a su mujer y mirándola a los ojos le dijo:
- Susana. Son diez horas de viaje de ida y lo mismo de vuelta. No vale la pena viajar durante veinte horas para disfrutar tan solo un poco más de treinta.
Su esposa aceptó el argumento calladamente. Era una de esas mujeres que en un momento de su vida abandonan su propia carrera para vivir a la sombra de la de su marido, acomodándose a un estado de cosas placentero en lo material y en lo carente de desafíos y, para que esa situación no sufriera variaciones era, por inconsciente conveniencia, voluntariamente ingenua. Tanto hacía que sus sueños habían sucumbido ante lo cotidiano que ni siquiera se proponía recordar en que arcón estaría extraviado su título en ciencias económicas. Esa mañana estaba serena, la combinación de pastillas para los nervios, que tanto podían acelerarla o aplacarla demasiado, habían logrado situarla en el punto medio.
- Tenés razón.- Le dijo. – Además, los chicos…-
El juez se sintió convincente y satisfecho, tomó la maleta de su manija y una percha de plástico del cuello, en la cual colgaba terso y enfundado, un traje negro hecho a medida mientras ella se ponía un sacón de piel, para protegerse del frío exterior provocado por el invierno amaneciendo. Los niños, discutiendo a los gritos por una trivialidad perturbaron la paciencia, corroída por la edad, de Ramón quien sin necesidad de levantar la voz, con autoridad corrigió la conducta de estos y todos salieron de la enorme y lujosa vivienda. La adicción al poder no es algo que un hombre así deja en el umbral de su casa al entrar a ella.
Una criada con rasgos guaraníes los acompañó hasta la puerta y le dio sus buenos deseos:
- ¡Qué le vaia bien!-
Durante el viaje de casi una hora hacia el aeropuerto la mujer no hizo otra cosa que hablar, los niños que jugar de manos y él que conducir. El hombre había desarrollado la habilidad de prestarle la mínima atención a ella, como para no parecer descortés pero no tanta como para fastidiarse y alejarse de sus pensamientos. No le gustaba verla mal de ánimo y luego de treinta y cinco años de matrimonio, había aprendido a amarla y no concebía la vida sin aquella mujer a su lado. Él también se aferraba a aquel estado de cosas.
Actores, actrices, los niños, vedettes, parientes, peinados, los niños, amigos, la criada y los niños, alternaron su pasaje a través de los labios de ella, mientras él asentía a la vez que soñaba con lo que estaba por ocurrirle. Esa mañana al señor juez los ojos le brillaban de una manera especial, que su mujer eligió no advertir. Freud afirmaba que todo lo que un hombre hace es impulsado por el instinto sexual o por el deseo de ser grande y esa semana, Ramón, iba a saciar ambas cosas, primero lo segundo y luego lo primero.
- Estoy tan orgullosa de que seas el encargado de cerrar el congreso.- Comentó Susana.- Tus logros son como si fueran míos.-
- Son tuyos también, mi amor.- Respondió él.
El clima ameno al que había arribado el diálogo en ese momento se vio interrumpido por una simple frase de ella:
- El jardinero hace tres días que no viene.
El juez se fastidió internamente sabiendo que esa afirmación que aparentemente no inducía a respuesta alguna, en boca de su mujer si lo hacía. “Me paso todo el tiempo resolviendo situaciones en el juzgado ¿También me tengo que ocupar de eso?” Pensó.
- Llamalo.- Dijo secamente él.
- Ya lo hice, pero no me atiende el teléfono. Seguro que a vos si.- Respondió ella pensando que no podía ocuparse de la casa, de los niños, de la escuela, de todo.
- Cuando vuelva lo llamo.- Contestó él casi bufando.
Llegaron al aeropuerto dos horas antes de la salida del vuelo, Peña acostumbraba respetar a rajatabla los horarios de sus citas ya que nunca quiso ser presa de excusas propias que poco le aceptaba a ajenos. Esto le dio a su mujer la posibilidad de explayarse un poco más acerca de la maestra de lengua de sus hijos. El la miró de una manera especial, sintiéndose un poco culpable por lo que estaba haciendo pero seguro de que nunca le haría daño a esa mujer ya que no lo merecía, era una buena persona, amable, una madre ejemplar y aún conservaba su belleza casi intacta. Más de treinta años llevaban juntos compartiendo alegrías y sinsabores, durante los que habían edificado una familia a fuerza de tratamientos que finalmente, hacía ya doce años, habían logrado plantar en ella la simiente de los mellizos.
Cuando la partida dejó de ser inminente él se dirigió hacia el autobús que lo conduciría al avión, luego de haberle dado un beso a cada uno y decirle a ella que la amaba. Para sentirse seguro revisó, en el pequeño bolsillo del pecho de su saco, si se encontraba la pastilla azul que había sacado de su envase y envuelto en un papel para que no alertara al detector de metales. Ella estaba ahí con su virilidad concentrada.
La experiencia es el camino por el que se arriba a la sabiduría y él llevaba sesenta años transitando por esa ruta y en ella había aprendido lo más importante que hay que saber: aprender a aprender. Por eso sabía que lo que estaba haciendo no era definitivo, que la pasión es como el hambre, con apetito cualquier plato es un manjar, pero una vez que uno se sacia ella desaparece, que el placer del cambio es pasajero ya que al cabo de un tiempo todas las cartas terminan teniendo solamente el menú del día.
Una vez sentado en el asiento de primera clase que le correspondía miró en vano por la ventanilla, con el afán de ver a su esposa y sus hijos pero no logró hallarlos, finalmente las turbinas del avión comenzaron a deshilachar el aire y comenzó a alejarse de la tierra.
lunes, 26 de noviembre de 2012
La bala que apretó el gatillo - Prefacio
“Fatalmente lo prohibido, como lo hizo aquella fruta ancestral, termina expulsándote del paraíso, entre los gritos de secretos conocidos.”
Prefacio
El aire de la habitación estaba denso y azufrado, como el de aquel cielo de la bíblica lluvia de Sodoma y Gomorra, a pesar del remolino que provocaban en él las cuatro aspas del ventilador de techo que se perseguían unas a otras y en los prolijos pliegues de las cortinas azules podía verse tiritar aún el eco apagado de un estruendo reciente.
Como custodiando la pared del fondo de la oficina una suntuosa butaca de cuero permanecía caliente y frente a ella su compañero, un escritorio estilo chippendale propio de una señoría, mantenía las formas albergando sobre su lomo el retrato de una mujer y dos niños, y carpetas y papeles prolijamente acomodados, salvo uno de ellos que en el centro del mueble lucía, sin arrepentimiento y con arrugas palabras prohibidas de despedida que sus letras pronunciaban, esta vez sin perfume alguno.
A un costado del asiento, sobre la alfombra gris, yacía el cuerpo de una persona que ya no respiraría jamás ¿Un cadáver sigue siendo un hombre o es solo un manojo de carne, huesos y fluidos tendidos en la mesa del banquete de un bacilo? Esto último, creo. A su lado, aún humeante y casi candente, un inmóvil revolver se regodeaba por la eficiente pirotecnia que acababa de ejecutar cuando saludó a su bala.
La tarde que se estaba yendo por el otro lado de la ventana, comenzaba a enfriar las indiferentes almas que transitaban por la calle y en un estante, delante de cuatro tomos del código penal, una radio a transistores goteaba el top que anunciaba las diecinueve horas de aquel lunes fatal.
Prefacio
El aire de la habitación estaba denso y azufrado, como el de aquel cielo de la bíblica lluvia de Sodoma y Gomorra, a pesar del remolino que provocaban en él las cuatro aspas del ventilador de techo que se perseguían unas a otras y en los prolijos pliegues de las cortinas azules podía verse tiritar aún el eco apagado de un estruendo reciente.
Como custodiando la pared del fondo de la oficina una suntuosa butaca de cuero permanecía caliente y frente a ella su compañero, un escritorio estilo chippendale propio de una señoría, mantenía las formas albergando sobre su lomo el retrato de una mujer y dos niños, y carpetas y papeles prolijamente acomodados, salvo uno de ellos que en el centro del mueble lucía, sin arrepentimiento y con arrugas palabras prohibidas de despedida que sus letras pronunciaban, esta vez sin perfume alguno.
A un costado del asiento, sobre la alfombra gris, yacía el cuerpo de una persona que ya no respiraría jamás ¿Un cadáver sigue siendo un hombre o es solo un manojo de carne, huesos y fluidos tendidos en la mesa del banquete de un bacilo? Esto último, creo. A su lado, aún humeante y casi candente, un inmóvil revolver se regodeaba por la eficiente pirotecnia que acababa de ejecutar cuando saludó a su bala.
La tarde que se estaba yendo por el otro lado de la ventana, comenzaba a enfriar las indiferentes almas que transitaban por la calle y en un estante, delante de cuatro tomos del código penal, una radio a transistores goteaba el top que anunciaba las diecinueve horas de aquel lunes fatal.
domingo, 6 de mayo de 2012
Capítulo III
Las hojas de los fresnos y los álamos se mostraban lo más verde que podían y las rocas más genuinas, después de la lluvia del día anterior. Aunque el agua no purifica, solo quita las impurezas, lo impuro es sucio por naturaleza.
Cuando Manuel abrió los ojos vio a Avenzoar que, con su turbante y su túnica perfectamente acomodados, daba señales de que había amanecido un rato antes que él. Parecía mirar hacia el río en el que, sobre la punta de dos troncos aferrados a su lecho que se erguían sobre las aguas fastidiando la continuidad de la corriente, sendos cormoranes lucían su negrura e intentaban calentarse con el sol para ponerse en acción. Pero el musulmán, vadeando con su mirada el Guadalquivir, observaba la sierra de La loma, en la que habían sido atacados. Al escuchar los ruidos que producía el joven al ponerse de pie se dio vuelta y, dirigiéndose a él, dijo:
- Debo volver a aquella caverna.-
- ¿Hablas romance?- Preguntó asombrado Manuel.
- Todo lo mejor que puedo.- Contestó el médico.
Confundido por la situación al muchacho se le ocurrió que preguntar era la mejor manera de entender porque aquel hombre había simulado no entender su idioma.
- ¿Por qué no lo hiciste antes?-
- No sabía si podía confiar en ti.- Respondió. – Analizando los hechos acontecidos ayer he concluido que si, que eres un buen hombre.- Y repitió.- Debo volver a la caverna.-
Manuel con un gesto agradeció la confianza y trató de convencer al hombre de lo poco aconsejable que era regresar a enfrentarse con los esparteros.
- Como sea voy a hacerlo, necesito recuperar lo que allí abandoné. Iré solo si es necesario pero si tu me acompañas podrás también recuperar tus cosas.-
Manuel analizó la situación por un instante, no le resultaría fácil continuar su viaje sin dinero y sin el salvoconducto. Recordó el golpe sufrido en la cueva por manos de aquellos ruines y, lejos de amedrentarse, los colores del enojo volvieron a entibiar su cara. Si atacaban ahora, correrían con la ventaja de la sorpresa, como la habían tenido aquellos hombres, pensó. Eso terminó de convencerlo.
- ¡Vamos!- Dijo sin más.
Ambos partieron a desandar el último camino que habían recorrido. Del suelo tomaron unos maderos para proveerse de alguna protección. Al llegar al espartillar comenzaron a moverse con sigilo ya que varias voces, proveniente de atrás de algunos matorrales, daban cuenta que estaban los hombres allí trabajando. Atravesaron el lugar agachados y suavizando sus pisadas hasta que llegaron al ascendente sendero. Comenzaron su ascenso escondiéndose de piedra en piedra para evitar ser descubiertos.
La entrada de ambos a la caverna fue una desagradable sorpresa para las mujeres que allí estaban iluminadas por la luz exterior y por las agónicas llamas de una fogata que, como muestra de una grandeza ya extinta, danzaban sobre una pila de cenizas.
Benazoar alzó su palo de manera amenazante y les hizo una seña para que se mantuvieran en silencio que ellas, temblando de miedo, obedecieron. En un hueco de una de las irregulares paredes de piedra divisó sus pertenencias y las de Manuel, se acercó hacia él y agachándose tomó el saco del muchacho y se lo arrojó diciéndole:
- Revísalo para ver que no falte nada.-
Este así lo hizo, comprobando que lo que más le importaba, el salvoconducto y las monedas, estaban ahí. Con un movimiento de su cabeza le dio a entender que estaba todo en orden.
El muslime, a su vez, revisaba sus cosas verificando que estuviera lo que tanto le preocupaba cuando el pequeño pilluelo, apareciendo desde la oscuridad, de un salto se colgó en su espalda como si fuera una talega y comenzó a darle lo golpes más fuertes que sus pequeños puñitos podían propinar, en la cabeza del médico quien no sintió más que una molestia por ello. Benazoar haciendo girar su torso bruscamente logró que el pequeño cayera al suelo, lo tomó con dos dedos de la parte posterior del cuello y le dio un puntapié en las asentaderas, el cual hizo que el muchachito cayera unos metros más adelante, un poco antes de que las lágrimas afloraran de sus ojos. Las mujeres, al ver tal situación, olvidaron su prudencia y comenzaron a gritar tan agudamente que hicieron que la estancia en la gruta, la cual multiplicaba los sonidos, fuera casi insoportable.
Los dos hombres convinieron tácitamente que era el momento de salir corriendo del lugar, los chillidos eran tan potentes que podrían escucharse hasta en Bedmar. No pudo ser más acertada la decisión, en el momento en el que bajaban por el sendero, en dirección contraria a ellos, cinco de los esparteros venían a su encuentro con claras intenciones de atacarlos.
La inercia es buen aliado en la contienda, multiplica las fuerzas y la velocidad. Como quien se abre camino a machetazos en la espesura, Manuel y Benazoar fueron abatiendo, a su paso, uno a uno a los espartilleros. Cuando llegaron al pie del cerro, aparentemente su reputación de experimentados guerreros, había nacido y crecido en unos pocos instantes, porque otros dos de los atacantes que venían rezagados, se corrieron hacia un costado con mucho más miedo que respeto.
Sin perder el paso los viajeros atravesaron nuevamente el atochal, el río y se alejaron hacia el sur. Cuando consideraron que la distancia recorrida era suficiente como para hallarse a salvo, se detuvieron para calmar su agitación, junto a un arroyo que, serpenteante y prepotente, se abría paso entre las rocas. La agitación y la excitación vividas les habían estimulado la sed.
Manuel mojó toda su cara restregándose con placer las manos en ella y, un poco más clamado que al llegar al lugar, preguntó:
- ¿Por qué debías volver? ¿Qué es lo importante que abandonabas en la cueva?-
El nazarí, realizando casi la misma acción que el muchacho, mojó su rostro, luego escurrió las gotas que sobraban en sus ojos, dio un profundo suspiro y dijo, con confianza implícita hacia Manuel en su respuesta:
- Soy el médico de Muhammad, el sultán de Granada. Él se encuentra enfermo de los pensamientos, nada poco común para un hombre de ochenta años, pero lo necesitamos lúcido, para ello estoy trabajando y necesitado de hojas de ginkgo comencé a averiguar donde podía hallarlas. Un noble de Sevilla que se encuentra en la ciudad me dijo que en Alcázar de Bayyasa podía encontrar dos ejemplares del árbol. Decidí ir a buscarlos, debía hacerlo en persona ya que no podía confiar en que cualquier otro pudiera reconocer las hojas.-
Algo cansado, pero orgulloso de lo que estaba narrando, se sentó en el suelo y recostó su espalda contra una blanca y rugosa roca tan antigua como el mundo. Manuel hizo lo mismo frente a él.
- No me pareció prudente.- Continuó.- Internarme en tierras de los infieles a caballo y con mis atuendos habituales, por lo que me vestí como un simple campesino y emprendí mi viaje a pie desde Jódar. Al llegar a Bayyasa, tal cual me lo había contado Don Nuño, encontré las plantas de ginkgo y recogí las hojas que necesitaba.-
Muy sabio, pensó Manuel, un hombre a caballo intimida o desafía, ninguna de las dos cosas es buena para pasar desapercibido.
Benazoar arrojó un guijarro hacia las aguas de arroyo y abstraído en su relato continuó:
- Luego no pasó mucho más de lo que no sepas, cuando regresaba, al ver la tormenta decidí refugiarme en aquella cueva que no resultó después, ser otra que la que elegiste tu.-
El joven estaba entusiasmado escuchando la historia, sentía que el médico le ofrecía su confianza y no estaba equivocado, hay solo dos cosas que estrechan rápidamente los lazos entre dos hombres, una aventura o una buena borrachera compartida.
“Que mejor que haber ayudado al médico del sultán para moverme por tierras muslimes”, pensó Manuel.
Una pregunta del hombre le generó una inmediata preocupación y lo estimuló, rápidamente, a explotar su imaginación:
- Y a ti ¿Qué te trae por aquí?
Las hojas de los fresnos y los álamos se mostraban lo más verde que podían y las rocas más genuinas, después de la lluvia del día anterior. Aunque el agua no purifica, solo quita las impurezas, lo impuro es sucio por naturaleza.
Cuando Manuel abrió los ojos vio a Avenzoar que, con su turbante y su túnica perfectamente acomodados, daba señales de que había amanecido un rato antes que él. Parecía mirar hacia el río en el que, sobre la punta de dos troncos aferrados a su lecho que se erguían sobre las aguas fastidiando la continuidad de la corriente, sendos cormoranes lucían su negrura e intentaban calentarse con el sol para ponerse en acción. Pero el musulmán, vadeando con su mirada el Guadalquivir, observaba la sierra de La loma, en la que habían sido atacados. Al escuchar los ruidos que producía el joven al ponerse de pie se dio vuelta y, dirigiéndose a él, dijo:
- Debo volver a aquella caverna.-
- ¿Hablas romance?- Preguntó asombrado Manuel.
- Todo lo mejor que puedo.- Contestó el médico.
Confundido por la situación al muchacho se le ocurrió que preguntar era la mejor manera de entender porque aquel hombre había simulado no entender su idioma.
- ¿Por qué no lo hiciste antes?-
- No sabía si podía confiar en ti.- Respondió. – Analizando los hechos acontecidos ayer he concluido que si, que eres un buen hombre.- Y repitió.- Debo volver a la caverna.-
Manuel con un gesto agradeció la confianza y trató de convencer al hombre de lo poco aconsejable que era regresar a enfrentarse con los esparteros.
- Como sea voy a hacerlo, necesito recuperar lo que allí abandoné. Iré solo si es necesario pero si tu me acompañas podrás también recuperar tus cosas.-
Manuel analizó la situación por un instante, no le resultaría fácil continuar su viaje sin dinero y sin el salvoconducto. Recordó el golpe sufrido en la cueva por manos de aquellos ruines y, lejos de amedrentarse, los colores del enojo volvieron a entibiar su cara. Si atacaban ahora, correrían con la ventaja de la sorpresa, como la habían tenido aquellos hombres, pensó. Eso terminó de convencerlo.
- ¡Vamos!- Dijo sin más.
Ambos partieron a desandar el último camino que habían recorrido. Del suelo tomaron unos maderos para proveerse de alguna protección. Al llegar al espartillar comenzaron a moverse con sigilo ya que varias voces, proveniente de atrás de algunos matorrales, daban cuenta que estaban los hombres allí trabajando. Atravesaron el lugar agachados y suavizando sus pisadas hasta que llegaron al ascendente sendero. Comenzaron su ascenso escondiéndose de piedra en piedra para evitar ser descubiertos.
La entrada de ambos a la caverna fue una desagradable sorpresa para las mujeres que allí estaban iluminadas por la luz exterior y por las agónicas llamas de una fogata que, como muestra de una grandeza ya extinta, danzaban sobre una pila de cenizas.
Benazoar alzó su palo de manera amenazante y les hizo una seña para que se mantuvieran en silencio que ellas, temblando de miedo, obedecieron. En un hueco de una de las irregulares paredes de piedra divisó sus pertenencias y las de Manuel, se acercó hacia él y agachándose tomó el saco del muchacho y se lo arrojó diciéndole:
- Revísalo para ver que no falte nada.-
Este así lo hizo, comprobando que lo que más le importaba, el salvoconducto y las monedas, estaban ahí. Con un movimiento de su cabeza le dio a entender que estaba todo en orden.
El muslime, a su vez, revisaba sus cosas verificando que estuviera lo que tanto le preocupaba cuando el pequeño pilluelo, apareciendo desde la oscuridad, de un salto se colgó en su espalda como si fuera una talega y comenzó a darle lo golpes más fuertes que sus pequeños puñitos podían propinar, en la cabeza del médico quien no sintió más que una molestia por ello. Benazoar haciendo girar su torso bruscamente logró que el pequeño cayera al suelo, lo tomó con dos dedos de la parte posterior del cuello y le dio un puntapié en las asentaderas, el cual hizo que el muchachito cayera unos metros más adelante, un poco antes de que las lágrimas afloraran de sus ojos. Las mujeres, al ver tal situación, olvidaron su prudencia y comenzaron a gritar tan agudamente que hicieron que la estancia en la gruta, la cual multiplicaba los sonidos, fuera casi insoportable.
Los dos hombres convinieron tácitamente que era el momento de salir corriendo del lugar, los chillidos eran tan potentes que podrían escucharse hasta en Bedmar. No pudo ser más acertada la decisión, en el momento en el que bajaban por el sendero, en dirección contraria a ellos, cinco de los esparteros venían a su encuentro con claras intenciones de atacarlos.
La inercia es buen aliado en la contienda, multiplica las fuerzas y la velocidad. Como quien se abre camino a machetazos en la espesura, Manuel y Benazoar fueron abatiendo, a su paso, uno a uno a los espartilleros. Cuando llegaron al pie del cerro, aparentemente su reputación de experimentados guerreros, había nacido y crecido en unos pocos instantes, porque otros dos de los atacantes que venían rezagados, se corrieron hacia un costado con mucho más miedo que respeto.
Sin perder el paso los viajeros atravesaron nuevamente el atochal, el río y se alejaron hacia el sur. Cuando consideraron que la distancia recorrida era suficiente como para hallarse a salvo, se detuvieron para calmar su agitación, junto a un arroyo que, serpenteante y prepotente, se abría paso entre las rocas. La agitación y la excitación vividas les habían estimulado la sed.
Manuel mojó toda su cara restregándose con placer las manos en ella y, un poco más clamado que al llegar al lugar, preguntó:
- ¿Por qué debías volver? ¿Qué es lo importante que abandonabas en la cueva?-
El nazarí, realizando casi la misma acción que el muchacho, mojó su rostro, luego escurrió las gotas que sobraban en sus ojos, dio un profundo suspiro y dijo, con confianza implícita hacia Manuel en su respuesta:
- Soy el médico de Muhammad, el sultán de Granada. Él se encuentra enfermo de los pensamientos, nada poco común para un hombre de ochenta años, pero lo necesitamos lúcido, para ello estoy trabajando y necesitado de hojas de ginkgo comencé a averiguar donde podía hallarlas. Un noble de Sevilla que se encuentra en la ciudad me dijo que en Alcázar de Bayyasa podía encontrar dos ejemplares del árbol. Decidí ir a buscarlos, debía hacerlo en persona ya que no podía confiar en que cualquier otro pudiera reconocer las hojas.-
Algo cansado, pero orgulloso de lo que estaba narrando, se sentó en el suelo y recostó su espalda contra una blanca y rugosa roca tan antigua como el mundo. Manuel hizo lo mismo frente a él.
- No me pareció prudente.- Continuó.- Internarme en tierras de los infieles a caballo y con mis atuendos habituales, por lo que me vestí como un simple campesino y emprendí mi viaje a pie desde Jódar. Al llegar a Bayyasa, tal cual me lo había contado Don Nuño, encontré las plantas de ginkgo y recogí las hojas que necesitaba.-
Muy sabio, pensó Manuel, un hombre a caballo intimida o desafía, ninguna de las dos cosas es buena para pasar desapercibido.
Benazoar arrojó un guijarro hacia las aguas de arroyo y abstraído en su relato continuó:
- Luego no pasó mucho más de lo que no sepas, cuando regresaba, al ver la tormenta decidí refugiarme en aquella cueva que no resultó después, ser otra que la que elegiste tu.-
El joven estaba entusiasmado escuchando la historia, sentía que el médico le ofrecía su confianza y no estaba equivocado, hay solo dos cosas que estrechan rápidamente los lazos entre dos hombres, una aventura o una buena borrachera compartida.
“Que mejor que haber ayudado al médico del sultán para moverme por tierras muslimes”, pensó Manuel.
Una pregunta del hombre le generó una inmediata preocupación y lo estimuló, rápidamente, a explotar su imaginación:
- Y a ti ¿Qué te trae por aquí?
martes, 1 de mayo de 2012
Capítulo II
El deseo de volver a ver a su Aurora cuanto antes y la responsabilidad que sentía por cumplir su misión lo inducían a evitar las pérdidas de tiempo.
“Ya no habrá momentos para siestas”. Pensó mientras transpiraba su caminata bajo el sol de la tarde recién nacida.
El paisaje no dejaba de ofrecer su monotonía de piedras y algún que otro arbusto por lo que, al no distraer demasiado la atención, inducía a la reflexión, pero algo lo sacó repentinamente de su abstracción e hizo que observara todos los alrededores tratando de encontrar algún lugar que le brindara protección.
Desde el Sur y hacia su encuentro, unos espesos nubarrones negros se acercaban amenazadoramente, envolviéndose en sí mismos como si fueran gigantescas olas en su rompiente. Para hacer más intimidante aquella acometida, la oscuridad del frente de tormenta se veía interrumpida, repetidamente, por el centellar de rayos que, de un lado hacia el otro o de arriba hacia abajo, iluminaban el espeso y oscuro cielorraso que estaba cubriendo el firmamento, cantando desentonados con sus gruesas voces de estallido.
La situación era cada vez más y más atemorizante.
Sobre la ladera de unos cerros, a su derecha, Manuel vio como si se tratara de oscuros lunares irregulares estampados sobre ella, las bocas de entrada de algunas grutas y, en busca de reparo, hacia una de ellas se dirigió. Al llegar al pie de uno de los montes encontró un sendero que le permitió trepar con más facilidad.
La tormenta estaba casi encima de él y las primeras gotas de agua comenzaron a hacerse presente, primero de manera aislada y después en forma multitudinaria. Logró llegar a su abrigo y una vez adentro, giró hacia donde habían venido sus pasos para observar el fenómeno que la naturaleza le estaba brindando. Al cabo de unos pocos minutos llovía tanto que el aire exterior estaba casi completamente mojado y las gotas, al caer, danzaban sobre los grises de las rocas o se perdían entre las grietas del suelo hecho de guijarros.
El aguacero fue intenso pero breve, no estaban esas tierras acostumbradas a recibir abundantes lluvias y no iba a ser esa tormenta quien rompiera con esa tradición. Un rato más tarde las nubes escaparon hacia el norte, dejando tras de sí una estela de cielo celeste purificado y todo quedó mojado como único testimonio de su paso.
“El aire es más transparente luego de una buena lavada”. Pensó.
Manuel planeó encender una fogata, la noche estaba cerca y sería buena idea hacerlo para iluminar la gruta, entibiarla y cocinar algo. Dejó su zurrón en el suelo, salió de la cueva y regresó con unos troncos de dos robles que habían intentado crecer entre las piedras, sin lograr llegar a ser árboles, muriéndose jóvenes por causa de lo inapropiado para ello del terreno.
Cuando regresó a la caverna vio sus cosas todas desparramadas y notó la ausencia de sus monedas. Antes de que llegara a entender lo sucedido, de las sombras del interior surgió un hombre trayendo por la fuerza y del brazo a un pequeño de no más de diez años. El niño tenía en sus manos la bolsa de monedas que le faltaban a Manuel de su zurrón y chillaba y pataleaba tratando de librarse de su opresor. Cuando llegaron junto a él pudo observar, con más detenimiento, a aquella persona que había atrapado al granuja Su tez era algo grisácea, sus ojos oscuros se escondían bajo el toldo de unas largas pestañas negras y su boca estaba rodeada por una mezcla de pelos negros y blancos, los cuales no mostraban el límite entre el bigote y la elegante barba con forma de punta de lanza. Vestía una túnica roja, sobre otra más clara, una capa de piel de cordero y un turbante que cubría su cabeza como si se tratara de un vendaje exagerado; se trataba de un musulmán de algo más de sesenta años de edad.
Manuel, sin éxito, intentó recuperar su dinero de las manos del pilluelo, pero el pequeño logró zafarse y salió corriendo hacia el interior profundo de la cueva, al mismo tiempo que de allí aparecían cuatro espartilleros profiriendo insultos y amenazas. Cuando el guardián se dio cuenta de que él y su ocasional aliado estaban siendo atacados, ya había recibido un golpe en el antebrazo, el cual lo arrojó hacia una de las paredes de la cueva. Sus agresores estaban armados con palos y él y el musulmán, además de no tener armas, no se mostraban muy avezados en el arte de la lucha y eran superados en número. De repente desde la derecha aparecieron dos hombres más, con maderos en sus manos. Al guardián la sangre comenzó a hervirle de ira, ante el ataque recibido, tiñéndole la cara de carmín y, aunque se irritaba con facilidad cuando se sentía agraviado, no era tonto, el final de la situación que estaban viviendo no podía ser más previsible, perderían la contienda. Fue entonces cuando vio que el musulmán recibía un golpe en la cabeza y trastabillaba unos pasos, por lo que olvidando su bolsa en el suelo, instó al árabe a huir tomándolo y jalándolo del brazo. Empezaron a correr lejos de sus atacantes, barranca abajo, mientras los espartilleros los siguieron por detrás durante un breve tramo. Luego estos se detuvieron y comenzaron a arrojarles piedras con gran habilidad. Las piernas del guardián eran más rápidas que las de su acompañante por lo que iban más adelante logrando alejarse, cada vez más, del alcance de la pedrada. El retraso del musulmán permitió que una roca lo impactara en la nuca, provocandole que iniciara una caída barranca abajo. Manuel se detuvo procurando ayudarlo, pero nada pudo hacer, vio al muslime pasar rodando a unos metros de él, rebozándose en el reciente barro y acelerando su viaje hasta la base del cerro. El guardián retomó su paso, apresurándolo, hasta que llegó junto al cuerpo, finalmente detenido, del moro. Miró hacia la ladera de la montaña para ver si sus atacantes los continuaban persiguiendo y no vio a nadie hacerlo, ya tenían su botín.
El hombre yacía inconsciente junto a una roca contra la que había chocado. De su cabeza fluía sangre por el corte que la piedra había hecho, a pesar de la protección que debería haberle brindado el turbante, en el cual una rosa húmeda y carmesí, se dibujaba cada vez más grande. La herida parecía de consideración, pero lo que más preocupó a Manuel al verlo, fue su pierna derecha. Como testimonio de que había crujido, entre el rojo de la sangre y el marrón del barro asomaba, tímidamente, el blanco de un hueso roto unos centímetros por debajo de la rodilla.
El guardián se alegró de que el musulmán estuviera inconsciente, ya que semejante lesión le habría provocado un dolor insoportable a la lucidez del hombre. Tomándolo por las ropas, a la altura de los hombros, lo arrastró hasta detrás de unas rocas, las cuales le parecieron un refugio seguro de la vista de los esparteros que pudieran estar rondándolos. Apoyó la espalda del hombre contra un bloque de piedra, miró para todos lados cerciorándose de que nadie estuviese viéndolo y, tocando con una mano la herida de la cabeza y con la otra la de la pierna dijo:
- Haraneo atsa.-
El musulmán lanzó un leve quejido y rápidamente fue volviendo en sí. Al ver a Manuel tan cerca de él tomó una actitud defensiva, hasta que recordó lo que había sucedido un rato antes y se relajo. Analizó en su túnica las manchas de sangre que no concordaban con ninguna herida que él tuviera y dijo algo que Manuel no pudo entender. Las aes poblaban mayoritariamente su decir y solo a algunas pocas palabras, que le había enseñado Morayna, el guardián le encontraba traducción.
- Debemos alejarnos de aquí.- Dijo.
El hombre lo miró extrañado y volvió a decir algo que el joven tampoco entendió. Interrumpiendo un diálogo que no se producía, esté último, le ofreció su mano para ayudarlo a ponerse de pie y, una vez sucedido aquello, comenzaron a caminar en dirección del río.
El musulmán estaba extrañado, no recordaba lo ocurrido después del golpe que sufrió en la cabeza, por lo que no podía entender por qué, aun teniendo evidentes manchas de heridas en su ropa, no tenía ninguna de ellas en su cuerpo, pero lo que si tenía en claro era que el joven que iba a su lado de alguna manera lo había ayudado. Miró al guardián y agradeciéndole le dijo:
- Yukan yazilan-
Manuel reconoció la frase de agradecimiento, la cual es una de las primeras que alguien aprende en otro idioma, y asintió con la cabeza.
Atravesando las gruesas matas de las atochas llegaron al Guadalquivir y, siguiendo su curso corriente abajo, al poco tiempo encontraron el puente por donde cruzaron a la otra orilla. La noche, demorando un poco más en llegar que el día anterior, cosas de la primavera, ya estaba casi encima de ellos. El musulmán encontró unos leños secos al reparo de dos grandes rocas y allí mismo encendió una fogata. Ambos estaban muy cansados. Una vez sentados junto a las llamas el hombre, señalándose a sí mismo con el dedo índice, dijo:
- Avenzoar.-
“Avenzoar”, pensó Manuel, “debe ser su nombre”.
Realizando el mismo gesto que su acompañante dijo el suyo.
- Manuel.- Repitió el musulmán.
Volvió a señalarse con el dedo y pronunció otra palabra:
- Tabiib.-
“Tabiib”, dijo en su cabeza el guardián, “médico”, pensó, esa palabra también la conocía.
Ese fue el único diálogo que mantuvieron aquella noche. Al joven le generó extrañeza, sabiendo ahora la profesión de su ocasional compañero de desventuras, las vestimentas del mismo. Durante sus anteriores recorridas por Al Ándalus había visto varios de ellos y apreciado los ornamentos que acostumbraban a lucir, pero este vestía como un simple mudéjar de las tierras reconquistadas y andaba de a pie.
“¡Qué raro!”. Se dijo.
Manuel tardó un largo rato en dormirse, primero pensando sobre que estaría haciendo aquel médico dentro de aquella caverna y lo que la respuesta que más lo satisfacía era que estaría buscando un refugio ocasional como lo había hecho él. Luego lo invadió la preocupación de tener que seguir viaje sin el dinero y el salvoconducto perdidos.
Un poco más tarde, aunque el cielo estaba plagado de centelleos, a una sola estrella comenzó a brindarle su atención. Imaginó que ella era de Aurora y que sería posible que en ese mismo instante la niña también estuviera mirándola. Fue en ese punto, en el que se sintió compartiendo algo con su niña, lo cual hizo suspirar a su corazón.
Todo aquello le provocó un breve insomnio el cual fue derrotado, finalmente, por el cansancio acumulado durante el día.
“Ya no habrá momentos para siestas”. Pensó mientras transpiraba su caminata bajo el sol de la tarde recién nacida.
El paisaje no dejaba de ofrecer su monotonía de piedras y algún que otro arbusto por lo que, al no distraer demasiado la atención, inducía a la reflexión, pero algo lo sacó repentinamente de su abstracción e hizo que observara todos los alrededores tratando de encontrar algún lugar que le brindara protección.
Desde el Sur y hacia su encuentro, unos espesos nubarrones negros se acercaban amenazadoramente, envolviéndose en sí mismos como si fueran gigantescas olas en su rompiente. Para hacer más intimidante aquella acometida, la oscuridad del frente de tormenta se veía interrumpida, repetidamente, por el centellar de rayos que, de un lado hacia el otro o de arriba hacia abajo, iluminaban el espeso y oscuro cielorraso que estaba cubriendo el firmamento, cantando desentonados con sus gruesas voces de estallido.
La situación era cada vez más y más atemorizante.
Sobre la ladera de unos cerros, a su derecha, Manuel vio como si se tratara de oscuros lunares irregulares estampados sobre ella, las bocas de entrada de algunas grutas y, en busca de reparo, hacia una de ellas se dirigió. Al llegar al pie de uno de los montes encontró un sendero que le permitió trepar con más facilidad.
La tormenta estaba casi encima de él y las primeras gotas de agua comenzaron a hacerse presente, primero de manera aislada y después en forma multitudinaria. Logró llegar a su abrigo y una vez adentro, giró hacia donde habían venido sus pasos para observar el fenómeno que la naturaleza le estaba brindando. Al cabo de unos pocos minutos llovía tanto que el aire exterior estaba casi completamente mojado y las gotas, al caer, danzaban sobre los grises de las rocas o se perdían entre las grietas del suelo hecho de guijarros.
El aguacero fue intenso pero breve, no estaban esas tierras acostumbradas a recibir abundantes lluvias y no iba a ser esa tormenta quien rompiera con esa tradición. Un rato más tarde las nubes escaparon hacia el norte, dejando tras de sí una estela de cielo celeste purificado y todo quedó mojado como único testimonio de su paso.
“El aire es más transparente luego de una buena lavada”. Pensó.
Manuel planeó encender una fogata, la noche estaba cerca y sería buena idea hacerlo para iluminar la gruta, entibiarla y cocinar algo. Dejó su zurrón en el suelo, salió de la cueva y regresó con unos troncos de dos robles que habían intentado crecer entre las piedras, sin lograr llegar a ser árboles, muriéndose jóvenes por causa de lo inapropiado para ello del terreno.
Cuando regresó a la caverna vio sus cosas todas desparramadas y notó la ausencia de sus monedas. Antes de que llegara a entender lo sucedido, de las sombras del interior surgió un hombre trayendo por la fuerza y del brazo a un pequeño de no más de diez años. El niño tenía en sus manos la bolsa de monedas que le faltaban a Manuel de su zurrón y chillaba y pataleaba tratando de librarse de su opresor. Cuando llegaron junto a él pudo observar, con más detenimiento, a aquella persona que había atrapado al granuja Su tez era algo grisácea, sus ojos oscuros se escondían bajo el toldo de unas largas pestañas negras y su boca estaba rodeada por una mezcla de pelos negros y blancos, los cuales no mostraban el límite entre el bigote y la elegante barba con forma de punta de lanza. Vestía una túnica roja, sobre otra más clara, una capa de piel de cordero y un turbante que cubría su cabeza como si se tratara de un vendaje exagerado; se trataba de un musulmán de algo más de sesenta años de edad.
Manuel, sin éxito, intentó recuperar su dinero de las manos del pilluelo, pero el pequeño logró zafarse y salió corriendo hacia el interior profundo de la cueva, al mismo tiempo que de allí aparecían cuatro espartilleros profiriendo insultos y amenazas. Cuando el guardián se dio cuenta de que él y su ocasional aliado estaban siendo atacados, ya había recibido un golpe en el antebrazo, el cual lo arrojó hacia una de las paredes de la cueva. Sus agresores estaban armados con palos y él y el musulmán, además de no tener armas, no se mostraban muy avezados en el arte de la lucha y eran superados en número. De repente desde la derecha aparecieron dos hombres más, con maderos en sus manos. Al guardián la sangre comenzó a hervirle de ira, ante el ataque recibido, tiñéndole la cara de carmín y, aunque se irritaba con facilidad cuando se sentía agraviado, no era tonto, el final de la situación que estaban viviendo no podía ser más previsible, perderían la contienda. Fue entonces cuando vio que el musulmán recibía un golpe en la cabeza y trastabillaba unos pasos, por lo que olvidando su bolsa en el suelo, instó al árabe a huir tomándolo y jalándolo del brazo. Empezaron a correr lejos de sus atacantes, barranca abajo, mientras los espartilleros los siguieron por detrás durante un breve tramo. Luego estos se detuvieron y comenzaron a arrojarles piedras con gran habilidad. Las piernas del guardián eran más rápidas que las de su acompañante por lo que iban más adelante logrando alejarse, cada vez más, del alcance de la pedrada. El retraso del musulmán permitió que una roca lo impactara en la nuca, provocandole que iniciara una caída barranca abajo. Manuel se detuvo procurando ayudarlo, pero nada pudo hacer, vio al muslime pasar rodando a unos metros de él, rebozándose en el reciente barro y acelerando su viaje hasta la base del cerro. El guardián retomó su paso, apresurándolo, hasta que llegó junto al cuerpo, finalmente detenido, del moro. Miró hacia la ladera de la montaña para ver si sus atacantes los continuaban persiguiendo y no vio a nadie hacerlo, ya tenían su botín.
El hombre yacía inconsciente junto a una roca contra la que había chocado. De su cabeza fluía sangre por el corte que la piedra había hecho, a pesar de la protección que debería haberle brindado el turbante, en el cual una rosa húmeda y carmesí, se dibujaba cada vez más grande. La herida parecía de consideración, pero lo que más preocupó a Manuel al verlo, fue su pierna derecha. Como testimonio de que había crujido, entre el rojo de la sangre y el marrón del barro asomaba, tímidamente, el blanco de un hueso roto unos centímetros por debajo de la rodilla.
El guardián se alegró de que el musulmán estuviera inconsciente, ya que semejante lesión le habría provocado un dolor insoportable a la lucidez del hombre. Tomándolo por las ropas, a la altura de los hombros, lo arrastró hasta detrás de unas rocas, las cuales le parecieron un refugio seguro de la vista de los esparteros que pudieran estar rondándolos. Apoyó la espalda del hombre contra un bloque de piedra, miró para todos lados cerciorándose de que nadie estuviese viéndolo y, tocando con una mano la herida de la cabeza y con la otra la de la pierna dijo:
- Haraneo atsa.-
El musulmán lanzó un leve quejido y rápidamente fue volviendo en sí. Al ver a Manuel tan cerca de él tomó una actitud defensiva, hasta que recordó lo que había sucedido un rato antes y se relajo. Analizó en su túnica las manchas de sangre que no concordaban con ninguna herida que él tuviera y dijo algo que Manuel no pudo entender. Las aes poblaban mayoritariamente su decir y solo a algunas pocas palabras, que le había enseñado Morayna, el guardián le encontraba traducción.
- Debemos alejarnos de aquí.- Dijo.
El hombre lo miró extrañado y volvió a decir algo que el joven tampoco entendió. Interrumpiendo un diálogo que no se producía, esté último, le ofreció su mano para ayudarlo a ponerse de pie y, una vez sucedido aquello, comenzaron a caminar en dirección del río.
El musulmán estaba extrañado, no recordaba lo ocurrido después del golpe que sufrió en la cabeza, por lo que no podía entender por qué, aun teniendo evidentes manchas de heridas en su ropa, no tenía ninguna de ellas en su cuerpo, pero lo que si tenía en claro era que el joven que iba a su lado de alguna manera lo había ayudado. Miró al guardián y agradeciéndole le dijo:
- Yukan yazilan-
Manuel reconoció la frase de agradecimiento, la cual es una de las primeras que alguien aprende en otro idioma, y asintió con la cabeza.
Atravesando las gruesas matas de las atochas llegaron al Guadalquivir y, siguiendo su curso corriente abajo, al poco tiempo encontraron el puente por donde cruzaron a la otra orilla. La noche, demorando un poco más en llegar que el día anterior, cosas de la primavera, ya estaba casi encima de ellos. El musulmán encontró unos leños secos al reparo de dos grandes rocas y allí mismo encendió una fogata. Ambos estaban muy cansados. Una vez sentados junto a las llamas el hombre, señalándose a sí mismo con el dedo índice, dijo:
- Avenzoar.-
“Avenzoar”, pensó Manuel, “debe ser su nombre”.
Realizando el mismo gesto que su acompañante dijo el suyo.
- Manuel.- Repitió el musulmán.
Volvió a señalarse con el dedo y pronunció otra palabra:
- Tabiib.-
“Tabiib”, dijo en su cabeza el guardián, “médico”, pensó, esa palabra también la conocía.
Ese fue el único diálogo que mantuvieron aquella noche. Al joven le generó extrañeza, sabiendo ahora la profesión de su ocasional compañero de desventuras, las vestimentas del mismo. Durante sus anteriores recorridas por Al Ándalus había visto varios de ellos y apreciado los ornamentos que acostumbraban a lucir, pero este vestía como un simple mudéjar de las tierras reconquistadas y andaba de a pie.
“¡Qué raro!”. Se dijo.
Manuel tardó un largo rato en dormirse, primero pensando sobre que estaría haciendo aquel médico dentro de aquella caverna y lo que la respuesta que más lo satisfacía era que estaría buscando un refugio ocasional como lo había hecho él. Luego lo invadió la preocupación de tener que seguir viaje sin el dinero y el salvoconducto perdidos.
Un poco más tarde, aunque el cielo estaba plagado de centelleos, a una sola estrella comenzó a brindarle su atención. Imaginó que ella era de Aurora y que sería posible que en ese mismo instante la niña también estuviera mirándola. Fue en ese punto, en el que se sintió compartiendo algo con su niña, lo cual hizo suspirar a su corazón.
Todo aquello le provocó un breve insomnio el cual fue derrotado, finalmente, por el cansancio acumulado durante el día.
sábado, 28 de abril de 2012
Los herederos de Akunarsche (Los caminos de Ál Andalus) Capítulo I
Manuel no volvió la vista atrás y se alejó de su amigo Alonso caminando, casi con la total certeza y desazón de que jamás volvería a verlo. “Él” tenía misiones diferentes para ambos. No había pasado mucho tiempo desde el día en que se conocieron, hacía apenas unos meses, pero la intensidad de los acontecimientos vividos juntos, sobradamente habían sido suficientes para forjar una gran amistad. El argandeño, a su espalda, partía a cumplir una misión en las torres de Don Pedro Xil para luego emprender el regreso a Toledo, donde lo esperaba su amada Juana. Manuel se los imaginó, en un futuro no muy lejano, formando una familia y estableciéndose en la ciudad. Algo no muy diferente a aquello sucedería con la pareja pero él, seguramente, no lo vería ya que los caminos que le esperaban lejos estaban de llevarlo hacia el Tajo. Debía ir al sur, a buscar la cueva con pileta de Benaoján, cumplir la misión que le había encomendado “el libro” y luego regresar a la Torre de Orgaz, donde su corazón había quedado anclado en el alma y la rubia cabellera de Aurora, la bella joven que estampó para siempre el sabor dulce de sus besos en sus labios. Caminaba esa mañana, bajo el mismo sol que había estado iluminando el terreno, por mucho más de los casi mil trecientos años que separaban ese día de aquel del nacimiento del hijo del señor. Alonso si se volteó a mirarlo y se le empañaron los ojos por la aflicción, ya que aquellas aventuras que vivieron juntos unieron sus corazones para siempre, más allá de la distancia que los separase. Manuel había aparecido, unos meses atrás, en la casa de Rafael, el padre de Aurora, para curarlo de las heridas que le había provocado el despiadado ataque del enano Flair, mediante uno de los hechizos, el de sanación, y la confianza mutua que les dictaron los corazones de ambos, les permitió confesarse algo que debían mantener en secreto, que los dos eran guardianes de los conjuros. Los encuentros casuales y tensos con el noble Rodríguez y sus hombres y el descubrimiento de que este confabulaba con Muhammad el rojo en contra de Alfonso el sabio, el ataque de los golfines en la sierra Morena, los caminos que los llevaron a Villa Real y a Úbeda, crearon los lazos que amarraban su reciente y madura amistad. “¿Cómo habremos de separarnos si su recuerdo caminará por siempre junto a mí en la memoria?” Pensó el argandeño. Ambos eran herederos de Akunarsche, aquel sacerdote sumerio del templo de Lagash que en tiempos del rey Gudea, época todavía anterior al deambular de Moisés por el desierto, para contrarrestar el mal que provocaban los hombres, había creado “el libro” de los hechizos y fundado la dinastía de los guardianes que los protegerían y utilizarían para hacer el bien, equilibrando así la balanza de lo malo con lo bueno y haciendo al mundo más tolerable de habitar. La tradición de los guardianes imponía que a su tiempo, cada uno de ellos, debía escribir un ejemplar de “El libro” y esconderlo en algún lado seguro, pero no inaccesible. Manuel ya lo había hecho. En su momento “Él” le haría un llamado a un nuevo sucesor, al que cada guardián debería hallar para adoctrinarlo y revelarle los secretos y la historia de Akunarsche, durante una especie de ceremonia iniciática. Así le había sucedido a Alonso con Tiago y a Manuel con su mentor. La marcha del guardián era firme y decidida, tras un paso realizaba otro y, después de este, otros más. No solo a Alonso dejaba atrás al alejarse, sino a las murallas de Úbeda y al territorio cristiano. Hacia el frente, en la curva donde apoya sus pies el cielo, estaba su próximo destino, los territorios ocupados por los Nazaríes y sus parientes desde hacía algo más de quinientos años. No le temía a ello, como le podría suceder a cualquier otro castizo, el destino lo había llevado a salvar de un ahogo seguro, bastante tiempo atrás, a la pequeña Morayna y, como recompensa, su padre el poderoso Hakán, primo de Muhammad El Rojo sultán de Granada, le había obsequiado un salvoconducto para moverse libremente y sin ser molestado por todo el reino de Nazarí. La misión que Manuel debía cumplir, aquella que él mismo había escrito inconscientemente una noche mientras redactaba su manuscrito de “El libro”, era encontrar un ejemplar de “Él” que había quedado huérfano de sucesor, expuesto a que cualquiera lo hallase, en unas cuevas con piletas cercanas a Benaoján y destruirlo. El día le hacía honor a la primavera, el sol brillaba con suficiencia y sin exceso, las aves poblaban el cielo y una suave brisa, proveniente desde el sur, enfrentaba el avance del muchacho meciéndole los cortos y renegridos cabellos que coronaban su cabeza, a un metro ochenta de altura. Rodeado del paisaje descolorido que ofrecían las calizas y dolomitas, transitaba por senderos que algunas veces se presentaban algo incómodos. Tratando de evitar otro encuentro con Rodríguez y sus hombres, el cual quizás resultaría fatal para él, no había tomado el camino más común para llegar a Granada, el que bien conocía, aquel que pasaba por Baeza y Jaén, sino que se estaba dirigiendo hacia el Marquesado de Xódar, para atravesar, más tarde, la sierra Mágina. Le preocupaba un poco no saber como haría para cruzar el Guadalquivir, el cual era el principal escollo a sortear en su ruta, pero se sentía esperanzado de que encontraría alguna manera de hacerlo. A un poco más de media jornada de avance, el camino comenzó a mostrarle numerosas huellas de pequeñas pezuñas y varias veces debió hacerse a un lado, para permitir el paso de los rebaños de ovejas que los ganaderos de la mesta trashumaban hacia el norte. En un recodo del sendero, al reparo de las copas de unas pocas encinas, una treintena de merinos y churras intentaban pastar las pocas hebras de vegetación que se escondían entre las piedras, bajo la vigilancia de los ojos cansados de una pareja de delgados arrieros que, sentados contra el tronco de uno de los árboles, se estaban alimentando frugalmente. Algo intrigado por la frecuencia de los arreos, Manuel los saludó y les pidió si podía compartir el descanso con ellos. Los pastores aceptaron de buena gana. - ¿Hacia dónde se dirigen?- Interrogó el muchacho. El hombre sin dejar de masticar un trozo de carne frío contestó. - A Cuenca.- - ¿Cuenca? – Dijo intrigado Manuel. -¿Y por qué van por aquí? Debería viajar más hacia el oeste.- El hombre, como armándose de paciencia, dejó a un lado el trozo de carne y se acomodó como para dar una breve explicación. - No podemos ir por donde queramos- Dijo.- Debemos seguir los caminos establecidos por el rey Alfonso y este es uno de ellos, por él llegaremos hasta la cañada real Conquence que nos dirigirá hasta nuestro destino.- Manuel poco sabía de políticas, por lo que le intrigó que los pastores no fueran libres de movilizarse por donde quisieran, lo que le hizo preguntar: - ¿Por qué deben seguir esos caminos preestablecidos? - Porque los agricultores se han quejado siempre de que nuestros ganados les comen el trigo a su paso ¡Tontos haraganes!- Dijo el hombre con fastidio y continuó. – El rey ha establecido una serie de caminos, que son por los cuales debemos trashumar para proteger los cultivos ¡Tontos labriegos!- La respuesta satisfizo la curiosidad del muchacho, pero aun así realizó otra pregunta, esta vez para tratar de despejar la preocupación que sentía acerca del futuro inmediato de su viaje: - ¿Por dónde puedo cruzar el río?- El ganadero hizo un gesto de suficiencia y contestó: - Deberás seguir las huellas de los arreos, te conducirán hacia una zona de espartillares que tendrás que atravesar, y luego acompañar al río aguas abajo hasta que encuentres un puente romano por donde hacerlo. Hallarás también varios esparteros, no te fíes de ellos, no parecen malos pero son brutos, por eso no tienen la fama de los de Sesma. Viven en las cuevas del cerro, les gustan los pleitos y las pelea y, a veces, un poco de más lo ajeno. - El muchacho agradeció los consejos. Luego estuvieron un rato conversando, durante el cual, Manuel dio algunas vagas explicaciones de hacia donde se dirigía y la razón por que la hacía hasta que cada uno continuó su viaje en direcciones opuestas. A medida que fue avanzando ya no le resultó extraño cuando se cruzaba con algún rebaño. “No en vano le llaman “el sabio” al rey, pensó”.
martes, 20 de diciembre de 2011
Al final llegó el final
viernes, 16 de septiembre de 2011
Convocatoria literaria: Este Jueves un relato: tu calle
Me ufano de saber numerosas cosas, aunque soy consciente de que son muchísimas más las que no conozco. Me educaron tres años de preescolar (salita rosa, salita verde y salita celeste), siete de escuela primaria, cinco de secundaria y cinco de universidad. Son veinte años de enseñaza que me permiten hoy saber, por ejemplo: que la estructura electrónica del benceno es la de un híbrido de resonancia; lo que son las derivadas e integrales; que la “m” va antes de la “b” y de la “p” o que Luís XV no tenía todos los patitos en fila.
El saber no ocupa lugar, dice el dicho, y se ve que mis maestros intentaron refutarlo llenándome la cabeza con todo tipo de información.
Aprendí otras cosas como: a robar nísperos de una casa abandonada; que a un caído se lo ayuda, no se le pega; como eludir a un defensor haciendo una pared con el cordón de la vereda; que olor tiene el barro; a distinguir a quien no confiarle ni un suspiro, de aquel a quien se le puede entregar el corazón; que a un amigo nunca se lo traiciona; que aprender es para siempre; que el primer beso en un zaguán es el que más se teme y menos se olvida; que siempre hay alguien más fuerte que uno, capaz de dejarte un ojo en compota, y otro más débil, al que podés hacer huir de un boleo en el culo; que si vamos todos juntos, los patoteros de la otra cuadra no podrán pegarnos; que para saber andar en bicicleta hay que caerse muchas veces; que el dolor, por más profundo que sea, siempre pasa y la alegría también, y que nunca podré volver a ser el mismo de ayer. Aprendí estas cosas también pero, a ellas, las aprendí en la calle
El saber no ocupa lugar, dice el dicho, y se ve que mis maestros intentaron refutarlo llenándome la cabeza con todo tipo de información.
Aprendí otras cosas como: a robar nísperos de una casa abandonada; que a un caído se lo ayuda, no se le pega; como eludir a un defensor haciendo una pared con el cordón de la vereda; que olor tiene el barro; a distinguir a quien no confiarle ni un suspiro, de aquel a quien se le puede entregar el corazón; que a un amigo nunca se lo traiciona; que aprender es para siempre; que el primer beso en un zaguán es el que más se teme y menos se olvida; que siempre hay alguien más fuerte que uno, capaz de dejarte un ojo en compota, y otro más débil, al que podés hacer huir de un boleo en el culo; que si vamos todos juntos, los patoteros de la otra cuadra no podrán pegarnos; que para saber andar en bicicleta hay que caerse muchas veces; que el dolor, por más profundo que sea, siempre pasa y la alegría también, y que nunca podré volver a ser el mismo de ayer. Aprendí estas cosas también pero, a ellas, las aprendí en la calle
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