miércoles, 27 de octubre de 2010

Capítulo XVIII


- No se por donde comenzar.- Dijo Tiago.
- Pues comienza por algo ¡Coño!- Contestó el muchacho pronunciando la primera mala palabra de su vida.
- Bien - contestó el anciano, aunque no comenzó a hablar de inmediato, se tomó un tiempo para pensar y arrancó haciéndolo lentamente. – Pertenezco a una antigua dinastía de elegidos a los que se les ha encomendado guardar los hechizos, ya te hablaré sobre ello. –
Alonso se acomodó en el suelo, recostando su espalda contra el tronco caído de una encina, más antigua que Tiago, presintiendo que la vigilia sería un poco más extensa que el largo relato que iba a escuchar. El crepitar de la hoguera, su curiosidad, el sonido del río y la cambiante combinación de luces y sombras que las llamas producían en la cara y el cuerpo del viejo, le daban un contexto más mágico y enigmático al relato.
- No fue casualidad que hayas encontrado el libro en lo del herrero. – Continuó. – Él te llamó a ti, el manuscrito digo, a su manera hizo que lo descubrieras, que encontraras sus secretos. Piénsalo, Onofre y sus vecinos lo tuvieron siempre a su alcance, podrían haberse aprovechado de él. No pudieron, no supieron, no habían sido llamados. -
- Pero… ¿Cómo me llamó? Y… ¿Por qué? – Preguntó el joven, vacilando.
- El porque te lo contaré luego, el como tu deberías saberlo. No se como fue en tu caso, en el mío lo hizo cuando ayudé a una anciana mendiga, malherida, en las calles de Teruel. Se había caído y yacía tendida en el suelo con una pierna sangrando. La gente pasaba a su lado y no la ayudaba, yo la levanté y la llevé a su hogar, según sus indicaciones. La casa era una pocilga, una sola habitación con el techo de paja casi destruido y los animales dentro de ella. Limpié su herida y la vendé. Regresé varias veces por día durante una semana, algunas de ellas llevaba alimentos. Cuando se repuso y se pudo valer por sus medios me despedí. Como muestra de agradecimiento me dio un obsequio que era lo único de valor que tenía en su casa; me regaló el libro. –
- A mí no me sucedió eso. – Dijo Alonso.
- No siempre son iguale los llamados, tu sabrás como lo hizo contigo. -
El joven comenzó a hurgar en su memoria para recordar los detalles de su encuentro con el manuscrito. Estuvo unos segundos en silencio hasta que comenzó a contarle a Tiago:
- Un brote de peste se presentó en Toledo, tres compañeros míos murieron por ella, sentí algo de temor por mí, pero no me decidía a dejar la ciudad. El monje médico del convento terminó de ayudarme a decidir, aconsejó a Fray Gerardo quien, en base a eso, ordenó a todos los estudiantes que se fueran por un tiempo hasta que la enfermedad hubiera desaparecido. Yo no tenía donde ir, mas que a mi pueblo, a la casa de Onofre. Estuve varios días allí. Una noche me sentía muy aburrido, no tenía sueño, todos los libros que tenía ya los había leído varias veces, y el herrero dormía la mona.
Se acomodó un poco contra el árbol, como para hablar mejor.
- Era tanto el hastío que sentía que me hizo desatender una recomendación de él, de no abrir un cofre que había en la casa. Eso ahora me parece muy extraño, no me gustar romper las reglas y no respetar las normas. Quizás esa haya sido su forma de llamarme.–
- No dudes que la fue. – Acoto Tiago.
- Seguro que si. – Respondió el joven.
- Yo también recibí otro llamado, a ti te sucederá lo mismo algún día. El llamado de hallar, proteger y adiestrar a tu sucesor.
- ¿Cómo sucedió aquello? - Preguntó Alonso.
- Debía conseguir una reja y una vertedera para mi arado, que fueran más resistentes que las que tenía, el terreno que labraba era pedregoso e impiadoso con mis herramientas. Los artesanos de mi comarca no eran diestros en su fabricación, por lo que la herramienta no me era duradera. Un viajero me habló acerca de un herrero de excelencia que vivía al sur del Jarama, en Arganda, no era un lugar cercano como para transportar la herramienta desde allí, por eso me llamó la atención la recomendación, pero lo que más me extraño fue la coincidencia de la descripción del herrero y su cabaña con la de aquel lugar donde había dejado, años atrás, el libro, oculto en la ignorancia. Interpreté lo sucedido con el viajero como un llamado. No tardé mucho en prepararme y allí me dirigí. El día que llegué a la cabaña y golpee la puerta nadie respondió. Salía humo de la chimenea así que supuse que el hombre no estaría lejos de allí. Me senté a esperarlo hasta casi quedarme dormido. De pronto un sonido, que venía del interior de la morada me intrigó, abrí la puerta y entré. Todo estaba desordenado, la mayoría de las cosas desparramadas en el suelo. Tendido en un rincón, entre jadeos y quejidos, cubierto de sangre encontré al herrero. Lo socorrí lo más que pude. No mostraba el aura que me hubiera permitido sanarlo mediante un hechizo, no correspondía hacerlo, por lo que no lo hice. No pude mejorar su estado, A duras penas logró contarme acerca de los tres hombretones que lo habían atacado, “los de túnicas flordelisadas” los nombraba. Me dijo que lo habían interrogado acerca del libro y que les había hablado sobre un muchacho mudo, venido de Toledo. Cada tanto se quebraba y sollozaba entre gritos de dolor.-
- Onofre. – Dijo Alonso.
- Lo calmé y lo cuide cuanto pude. Más tarde terminé sepultándolo en el terreno que estaba detrás de su casa. –
- ¿Onofre muerto? – Preguntó con asombro el muchacho.
- Si, Ordoño y sus viles compañeros lo golpearon hasta acabarlo. – Contestó Tiago.
El joven no pudo reprimir algunas lágrimas. No había tenido una gran relación con aquel hombre, pero lo apreciaba, había sido bueno de corazón, le había brindado protección y enseñado los secretos del oficio de herrero.
Tiago comprendió su congoja. Hizo un alto en su relato y arrojó más maderos a las llamas. El frío era ahora muy intenso.
Alonso miró hacia el cielo, las estrellas estaban tan lejos que solo podía ver su luz. La muerte me ronda y busca robarme lo poco que tengo, pensó.
- Continúa contándome, quiero saber todo. – Le dijo luego al viejo con un tono apesadumbrado.
Antes de que Tiago pudiera hacerlo, el joven lo interrogó:
- ¿Quiénes eran Ordoño y sus secuaces? ¿Por qué buscaban el libro? –
El anciano inspiró profundamente como tomando fuerzas para lo que tenía que hacer, arrojó una rama más al fuego y comenzó a explicar:
- La cofradía de Antioquia es una antigua secta de casi mil años, la creó Eusebio de Nicomedia, un arriano fundamentalista. Saben de la existencia del libro de los hechizos y quieren hallarlo, necesitan hacerlo para demostrar que no hubo santos ni milagros, que todo fue magia. Querían crear su propia iglesia, su propia religión, pura según ellos. Son católicos, sus integrantes se infiltran en las órdenes religiosas pudiendo estar años en ellas, pasando desapercibidos, hasta que algún día encuentran indicios de la presencia de “el libro” y ponen en marcha toda su maquinaria para encontrarlo. En sus comienzos, bajo las órdenes de Eusebio, sus acciones eran nobles y pacíficas, al correr los años y las centurias, sus naturaleza fue cambiando; tanto por la impotencia de no avanzar en su propósito, como por la ambición desmedida de sus posteriores integrantes. Sus métodos se volvieron más y más violentos, hasta llegar a hoy en día, donde solo quieren apoderarse del poder de los hechizos para gobernarlo todo, sin importarles vidas, ni valores.- El anciano prefirió no referirse a Akunarsche, en ese momento, para no complicarle demasiado, la historia al muchacho.
- ¿Cómo descubrieron la existencia de los hechizos? Preguntó Alonso.
- Uno de los guardianes, unos cientos de años antes de la creación de la cofradía, fue poco discreto y vanidoso. Ellos lo investigaron y lo descubrieron.
- ¿Quién fue? – Preguntó el muchacho, como si pudiera conocer a alguien que había vivido, quien sabe donde, más de mil años atrás.
Quizás por eso Tiago hizo caso omiso a la pregunta y continuó:
- La cofradía tiene infiltrados en todos lados, pocas veces se los descubre, lleva mil años practicando ese arte. Generalmente están en órdenes religiosas, hay mucho poder y mucha información secreta en ellas, la de Calatrava no iba a ser la excepción. Ordoño era un cofrade y un calatraveño a la vez, aunque había perdido cierto respeto entre estos últimos. Un par de asesinatos no esclarecidos habían lanzado un hálito de sospecha hacia él. Los otros dos hombretones también practicaban la doble militancia, quizás fueron reclutados por este dentro de la orden. Los corazones corrompidos tienen un sentido muy desarrollado para detectar a sus pares. Vaya a saberse que información los llevó a la casa de Onofre, eso no lo se, yo solamente recibí el llamado de “el libro” hacia allí. Pero el punto es que mediante la tortura lograron que el herrero hablara y supieron de ti. -
A Alonso toda esa historia de intrigas y violencia, ajena a su naturaleza pacífica, le produjo un escalofrío que le recorrió todas las vértebras.
- Ahora lo saben, no debemos confiarnos en que la información haya muerto con los tres hombretones. – Dijo Tiago, y prosiguió. – Cuando Onofre me relató lo sucedido supe que todo lo ocurrido era la llamada para la búsqueda de mi heredero. El libro me había llevado hasta allí y me estaba guiando hacia ti. Luego de sepultar al herrero, partí rapidamente camino a Toledo, con la esperanza de encontrarte antes que los calatraveños apócrifos. Así sucedió, así fue que aquella mañana te encontré en el sendero. Al saludarte lo primero que observé fue tu cicatriz en el cuello, eras mudo, todos los guardianes lo hemos sido. Por eso hablamos tanto, para recuperar las palabras que no dijimos antes. –
Alonso asintió con la cabeza e increíblemente no dijo nada. Tardaría un tiempo en acostumbrase a que podía hablar.
Tiago continuó su relato:
- Eso me dio la primera pista de que eras un elegido, un guardián, faltaba solamente que probaras que eras digno de serlo. –
- ¿Cómo se prueba eso? – Preguntó el joven.
- Demostrando grandeza en el corazón, sabiduría y prudencia, pero sobre todo lo primero. Cuando en la posada aquella la niña agonizaba, me mostraste una prueba de que tenías esas condiciones. Tu preocupación por el estado de ella hizo que vencieras tu reticencia a revelar los hechizos. Eso es sabiduría y prudencia, estos en manos equivocadas pueden ser muy peligrosos. –
- Eso mismo pensé esa noche. – Acotó Alonso.
- Si, y está muy bien que lo hayas hecho. Si los posaderos no hubieran sido analfabetos habría sido igualmente en vano, no tenían el don de los hechizos.
- Eso explica muchas cosas. – Dijo el joven recordando la ira de Ordoño al haberse sentido engañado. - ¿No eran elegidos? – Peguntó.
- No, no tenían el don; aunque no todos los que lo tienen son elegidos. Ya te hablaré sobre eso. – Replicó el anciano. – Fue prudente que no me exhibieras el hechizo para que yo lo leyera ¿Qué sabías acerca de mí? Muy bien por eso. Cuando al día siguiente la niña había fallecido vi su aura brillando alrededor de su cuerpo, eso indicaba que estaba llamada a ser salvada. –
- Yo también la vi. Me llamó la atención y no supe porque se producía. –
- Ya te lo explicaré. – Contestó Tiago.
- ¡Vaya! - Exclamó Alonso. – Es cada vez más extensa la lista de cosas que vas a explicarme. No nos alcanzará el viaje para ello ¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Al Peloponeso? –
- No bromees sobre esto. – Sentenció el anciano algo enojado. – Debo transmitirte toda la sabiduría, eso es ley, deberás aprenderla para cuando te toque a ti ceder el legado. Nos dirigiremos hasta mi hogar, en la torre de Don Pero Xil, donde está mi familia, mi mujer y los tres niños, hace mucho tiempo que los dejé y deseo fervientemente estar con ellos –
El joven, continuó escuchando, poniéndose muy serio y el anciano prosiguió su relato acerca de lo sucedido en la posada de la niña.
- Podría haber lanzado el hechizo de resucitamiento en aquel momento y haber revivido a la chiquilla, pero habría perdido la oportunidad de evaluar completamente tu corazón. Cuando reanudamos el viaje, me iba preguntando acerca de cuando me pedirías que regresáramos a salvarla y me dieras las palabras para hacerlo. Mi impaciencia era enorme. –
- ¿Qué habría sucedido si yo no lo hacía? –
- Habría sabido que no eras el correcto, que no eras un elegido. El libro suele a veces equivocarse, por eso las evaluaciones. Si no me hubieras pedido que regresáramos a la posada, me habría despedido mas tarde de ti, escrito y ocultado una nueva copia del libro y habría esperado una nueva llamada de él.
- ¿Y la niña? – Preguntó el joven. –
- Ya no estaría entre nosotros, esa habría sido tu decisión. –
- Pero… Si tenía el aura ¿Por qué no la habrías salvado tú?
- Porque el aura es un permiso. La decisión de resucitar a alguien es potestad del elegido, del guardián, es el hechizo más potente que hay. Es más fácil destruir que construir. Revivir es hacer esto último y tiene que ser una decisión muy sabia… La tuya lo fue. Regresar para darle nuevamente la vida a la pequeña me demostró tu grandeza de corazón. Era la última señal que necesitaba para saber que eras el correcto, que el libro no se había equivocado. –
Alonso sonrió y ensanchó los hombros dejándose llevar por un impulso de vanidad; se sintió orgulloso ante estas últimas palabras del anciano. Este percibió eso y también mostró su sonrisa.
Tonta vanidad juvenil, pensó.
- Esa niña hará algo importante y bueno en su vida. – Prosiguió Tiago. – Por eso pudimos ver el aura. –
El muchacho intentó interrumpirlo con una pregunta, pero el anciano no detuvo su verborragia esta vez.
Si, ya se, me lo explicará luego, pensó el joven.
- Cuando continuamos el viaje tu alegría me hacía feliz, aunque una preocupación rondaba mi cabeza; los falsos calatraveños. Por eso cuando vi que se nos acercaba Ordoño, supe que estábamos en peligro. Al verlo solo, comprendí que en algún lugar cercano estarían rondando sus secuaces. Debí ser prudente y por nada en esta vida, revelar que yo también sabía de los hechizos. Pude haberlo inmovilizado con uno de ellos en ese mismo momento, pero eso habría sido nuestra perdición.
- ¿Qué sucedió aquella noche? – Preguntó Alonso muy impaciente.
- Es tarde ya, debemos dormir. – Contestó el anciano provocando una gran decepción en el joven. – Mañana nos espera una larga caminata.
- ¿No puedes hablar dormido? – Preguntó el muchacho.
- No. – Respondió sonriendo Tiago. – Aunque ganas de hacerlo no me falta, he pasado tantos años callado… -
Agregaron uno leños a la fogata y se cubrieron con sus mantas. El silencio de la noche los acunó.

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato: Anarquía en los Jueves literarios


Se sentó frente a la pantalla y se dispuso a releer lo que había escrito la noche anterior. Abrió el archivo de texto y comenzó a hacerlo. Era una historia de amor breve:

El noble joven se paró frente al apuesto y corpulento hidalgo,
los cambios se hacían presentes, nada sería como antes era,
se abalanzó hacia él, decidido y con velocidad, y se abrazaron.
Una puñalada directa al corazón, desgarradora y letal para el alma,
fue el fin de la contienda, la triangulación amorosa y el juego de celos.
El caballero de cabellos rubios, elegante, valiente y refinado,
vio con un profundo dolor como perdía al amor y su vida.
La disyuntiva había terminado, el príncipe se quedaría con
la bella princesa, quien había esperado la decisión, sintiendo
una experiencia maravillosa e increíble, nunca antes vivida,
Se besaron en los labios y se alejaron tomados de las manos.

Terminó la lectura y frunciendo el ceño, dijo imperativamente:
- ¡El que escribe soy yo, por lo tanto el que manda! Acá no tiene cabida la anarquía, yo soy el jefe por lo que les ordeno que vuelvan a estar como las creé. –
Por miedo, por falta de convicción y por no tener una líder, la revolución de las líneas llegó a su fin. Todas cambiaron su lugar por el original.
El hombre leyó nuevamente el texto:

La bella princesa, quien había esperado la decisión, sintiendo
una puñalada directa al corazón desgarradora y letal para el alma,
vio con un profundo dolor como perdía al amor y su vida.
La disyuntiva había terminado, el príncipe se quedaría con
el caballero de cabellos rubios, elegante, valiente y refinado.
Fue el fin de la contienda, la triangulación amorosa y el juego de celos.
El noble joven se paró frente al apuesto y corpulento hidalgo,
se abalanzó hacia él, decidido y con velocidad, y se abrazaron.
Se besaron en los labios y se alejaron tomados de las manos,
una experiencia maravillosa e increíble, nunca antes vivida
Los cambios se hacían presentes, nada sería como antes era.


Ahora sí, pensó, así es.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato: Robótica


Don Alfonso miraba a través del ventanal que daba al interior de la fábrica, a los talleres; las manos unidas por la espalda, con sus gruesos dedos de trabajador, hacían que el viejo saco de pana marrón que vestía se abriera por delante.
Detrás de él había una larga mesa de directorio rodeada de jóvenes prolijamente trajeados.
- Pero papá – Dijo Javier, el gerente general de la empresa – los obreros cada vez nos ocasionan mas problemas con sus demandas, sus accidentes y sus huelgas. –
- Son mi gente. – Contestó el viejo dueño de la compañía, sin darse vuelta. – Con algunos de ellos empecé a construir este sueño, muchos más se agregaron luego, los conozco uno por uno, conozco sus hijos, sus esposas, sus problemas. Cuando pasó lo de la crisis todos se ajustaron, trabajaron más de lo que se les pidió. Son mi gran familia. –
El joven miraba a los demás participantes de la reunión, quienes levantando las cejas o mediante otros gestos, lo alentaban a que siguiera con su argumentación.
- Padre, el sueldo promedio de los obreros es de 1.200 euros por mes, cada uno de los robots de la serie Full Job 2010, hace el trabajo de tres de ellos. Nos ahorraríamos 43.200 € por año. Los costes de despido son de 40.000 €. Cada máquina cuesta 120.000 €, ya conseguimos el crédito a tasas blandas. En menos de dos años las habremos pagado y nos habremos librado de huelgas, protestas y problemas y triplicaremos las ganancias.
Los demás jóvenes asentían ante los argumentos de Javier. El viejo, girando para enfrentar a la mesa dijo:
- ¡Por favor! ¿De qué me hablas? ¿De números? Ellos no son números, tienen sueños, problemas, alegrías, sentimientos, gente que los espera, que espera el fruto de su digno trabajo ¿Me saludaran todas la mañanas con una sonrisa y un buen día tus robots? -
- Ellos son culpables de su destino, contestó el joven, si no tuvieran tantas exigencias uno no dudaría en conservarlos. Han pasado la línea de la tolerancia.–
- ¡De ninguna manera lo haré! Euros, dinero, ganancias ¿Dónde estaban cuando mis hombres fueron a donar su sangre el día de mi accidente? No lo haré ¿Qué harían si se van de acá? No saben hacer otra cosa.
- Es culpa de ellos no haberse capacitado.
- ¿Es merito tuyo haber nacido en nuestra casa y tener tus oportunidades?
El joven bajó la vista y calló.
- La reunión ha terminado. – Dijo el anciano.
Pasó el tiempo y nada cambió en la empresa hasta la muerte de Don Alfonso, en un día muy gris; todos los empleados de la fábrica fueron a su funeral, a los dos días volvieron al trabajo.
Fue después de aquello y de mañana, una muy fría, cuando llegaron los camiones que tenían escrito Full Job Enterprises en sus laterales. Algunos obreros tuvieron que ayudar a descargarlos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Capítulo XVII


Como si se situara frente a un espectáculo, Alonso se acomodó para escuchar al espigado, había muchas cosas acerca de las que quería saber. Si bien la desazón por haber dejado a Juana ocupaba casi todos sus pensamientos, de tanto en tanto, lo invadían los resabios de sus dudas.
El otro muchacho, a pocos metros de él, miró de un lado al otro, tratando de cerciorarse de que no había nadie en los alrededores que los estuviera observando. Un minuto estuvo ocupado en esa acción, hasta que se sintió seguro de que nadie más había en la zona.
Bajó su cabeza, la tomó entre sus manos, cerró los ojos y dijo:
- “Radivorón velamallad” –
Una luz intensa salió de todo su cuerpo, el cual se retorció brevemente, manifestando dolor. Cuando la confusa imagen producida por el fulgor y el movimiento se aclaró, el muchacho no lucía como antes. Su considerable altura seguía siendo la misma y sus facciones casi iguales, pero su piel estaba ahora poblada de arrugas y su pelo teñido de blanco; era el mismo pero avejentado.
¡Tiago! Dijo Alonso para sus adentros totalmente asombrado. Se puso de pié y, tomando al anciano de los hombros, lo sacudió como diciendo ¡Tiago, Tiago! ¿Qué ha pasado? ¿Eres tú? ¿Fuiste tú siempre?
El anciano le sonrió con alegría al sentir que ya nada tenía que ocultar. Entendió los interrogantes de su joven amigo.
- Te contaré todo, absolutamente todo. – Dijo mientras observaba, nuevamente, los alrededores ya que no se olvidaba que necesitaban privacidad.
Alonso tomó consciencia de lo que había sucedido, un hechizo había vuelto al anciano a su apariencia normal. Estaba ahí, era su amigo, nunca había dejado de serlo aunque él había pensado lo contrario. Si Ordoño, finalmente, resultó ser el malo, Tiago que lo había salvado de las manos de aquel era, decididamente, el bueno. El muchacho lo abrazó fuertemente y unas lágrimas emocionadas abandonaron sus ojos.
El anciano lo separó unos centímetros y lo miró fijamente.
- Estoy acá para protegerte y enseñarte – Afirmó. – Eres un elegido, como yo, deberás saberlo todo, por el bien de todos, pero ahora debemos marcharnos, no siento que estemos seguros aún. –
Tomó una rama del suelo, para utilizarla como bastón y comenzó a caminar. Al muchacho no le quedó más remedio que seguirlo. Se dirigieron hacia el sudeste y avanzaron casi sin detenerse. Tiago parecía seguro acera de hacia donde iban.
Curiosamente durante la vespertina caminata, el anciano casi no habló. Alonso deseaba más que nunca que lo hiciera. Mientras avanzaban sobre el sendero, entre las piedras pardas rojizas, rememoraba lo vivido abordado por un enjambre de preguntas, que no podía formular. Lejos de encontrar respuestas, hallaba más de las primeras ¿Quién era Tiago? ¿Por qué se transmutó en joven para salvarlo? ¿Y Ordoño? ¿Quién era? Pensaba ¿Para qué quería los hechizos?
Recordó aquella vez en la que, mientras se dirigían con Juana hacía el río, había notado que el espigado los estaba siguiendo. El joven era Tiago, ahora entendía, los estaba vigilando para protegerlos. Sintió esa acción y otras más, como un acto de amor del anciano. Quiso abrazarlo pero se contuvo y siguió caminando detrás de él.
El paso que llevaban era rápido. Tiago giraba, de tanto en tanto, su cabeza hacia atrás, buscando a alguien que, por suerte, nunca apareció. Nadie los seguía.
El otoño no solo le roba las hojas a los árboles, le quita, también, momentos a la luminosidad, por eso la noche caía mas temprano que de costumbre.
Aunque ya casi había oscurecido, a lo lejos aún lograron divisar la sisla de Toledo. El anciano seguía caminando con paso firme. Un poco más adelante escucharon el sonido de una corriente de agua.
- Es el Guajaraz, en su orilla acamparemos. – Dijo Tiago.
Eso alegró al muchacho que se sentía muy casado. Llegaron al arroyo, el cual no cesaba de enviarle sus aguas al Tajo.
- Espérame un momento aquí. – Dijo el viejo y se alejó por detrás de unos madroñeros que crecían cerca de la orilla del agua.
Al rato regresó con un jabato.
¿Cómo lo habrá cazado? Se preguntó el muchacho. Casi al instante se dio cuenta y sonrió, conocía el hechizo para hacerlo y era evidente que su compañero también.
El anciano juntó unas raíces de un rezo, que yacía desarraigado de la tierra por la fuerza de algún viento, tomó el yesquero y encendió una fogata. Con gran habilidad desolló al pequeño jabalí, lo preparó para la cocción y se entretuvo en ella.
Alonso miraba sus movimientos con asombro, eran todos calculados, sabios y contundentes. Pensó que era momento de que Tiago comenzara a hablar, a develarle los misterios. Lo miró pero este parecía ignorarlo, absorto en la contemplación de las llamas que comenzaban a dorar al animal.
El muchacho tomó un guijarro del suelo y se lo arrojó para atraer su atención. Le dio en la frente.
- ¡Eh! La vida te queda larga por delante. Deja que comamos tranquilos y comenzarás a saber luego. – Dijo el anciano, entendiendo que era lo que se le estaba reclamando.
Avanzó la noche cada vez con más frío, esto hizo que la distancia entre Alonso y la fogata se acortara paulatinamente. Cuando la carne estuvo lista, las manos las llevaron a las bocas, la caminata había acrecentado el hambre de los dos hombres. Comieron hasta un poco más de haberse saciado.
No es bueno esto para el sueño liviano, pensó el muchacho, aunque su intriga hacía que lejos estuviera del deseo de dormir.
Bajaron hacia el arroyo, bebieron agua y se lavaron las manos y caras. El líquido transmitía mucho frío, por lo que volvieron hacia la fogata y Tiago la alimentó con más madera.
Alonso dio por concluida la espera, de manera que se sentó y miró al anciano con actitud demandante.
- ¡Ja, ja! – Se rió este. – Si, ya es tiempo. –
Calentó sus palmas contra las llamas y se dirigió hacia el muchacho. Frente a él, puso una rodilla en el suelo, su otra pierna formando un ángulo recto y lo tomó con ambas manos por el cuello. Si Alonso no le tuviera confianza se habría defendido, pero permaneció quieto y expectante.
El anciano cerró sus ojos y dijo:
- “Vezet niso” –
El joven sintió como si se estuviera tragando una brasa del encendido brezo. El ardor fue intenso, pero pasajero.
- ¡Aaaah! – Dijo y llevó sus manos a su cuello.
Lo doloroso de la acción no le permitió tomar consciencia, rapidamente, de lo sucedido, hasta que logró hacerlo.
¿Me oí a mi mismo? Se preguntó.
- ¡Aah! – Volvió a decir.
¡Y era a él a quien escuchaba!
- Puedo… Puedo… ¡Puedo hablar! Exclamó con la mirada incrédula clavada en el anciano.
El viejo lo observó con su sonrisa dejando ver todos sus dientes. Si, asentía con la cabeza.
- ¿Puedo hablar? ¡Puedo hablar!
La emoción lo embargó completamente. Ni siquiera había soñado, por parecerle imposible, con un milagro tan extraordinario.
- ¡Puedo hablar! ¡Puedo hablaaaaaaaar! – Gritó.
- ¡Shhh! – Dijo Tiago – Pueden estar buscándonos, te escucharán hasta en Toledo. –
El muchacho calló, posó las palmas de sus manos sobre sus ojos y comenzó a sollozar sin poder contenerse. Sentía emoción, tristeza por todo lo que le había hecho perder el silencio, que el regalo era tardío pero, a la vez, a tiempo y alegría, todo mezclado. Sollozaba desconsoladamente.
Tiago, también con lágrimas en los ojos, posó su mano sobre su hombro, lo dejó sentir y compartió su sentimiento.
Poco a poco Alonso se fue calmando. Con los ojos enrojecidos y dando fuertes y repetidas inspiraciones por la nariz, miró al anciano a través de la distorsión que le producían las lágrimas.
- ¡Gracias! Atinó a decir.
- Se lo que sientes, - Dijo el anciano. – Yo lo he vivido. –
Y corriendo su túnica con una mano, le mostró una antigua cicatriz que tenía en su cuello.
El joven se quebró nuevamente, recostó su cuerpo contra el de su amigo y lloró, sobre su hombro, por un rato largo. Tiago le acariciaba la nuca con una gran ternura y comprensión, como si fuera su padre.
Finalmente Alonso se tranquilizó, hasta que pudo hablar.
- Debes contármelo todo.- Le dijo ametrallándolo con las palabras. – Debes decirme que es lo que ha pasado desde el principio, del libro que encontré en lo de Onofre, de cómo me encontraste tú, sobre Ordoño, los calatraveños, la noche que desapareciste, los hechizos ¿Por qué no funcionaron con algunos? ¿Qué es un elegido? ¿Qué…
- ¡Bueno, bueno, shhh! Ya tendrás tiempo para hablar, no gastes todas las palabras de golpe. – Lo frenó el anciano sonriendo. – Ahora lo sabrás. -
Agregó mas maderos a la fogata y ambos se sentaron junto a ella.

jueves, 14 de octubre de 2010

Capítulo XVI


La mañana amaneció opaca, los días estivales estaban dejando Toledo y el otoño comenzaba a robarle las hojas a los árboles.
Alonso miró por la ventana de su habitación. En el fondo del mesón una encina hacía fuerza, infructuosamente, para mantenerse verde. Los sentimientos del muchacho también estaban turbios como el día. Debía alejarse de su amada y, aunque el distanciamiento sería temporal y no eterno, como había creído el día anterior, debería dejarla y eso lo angustiaba. Deseaba pasar todos los instantes al lado de ella.
Ordenó sus cosas en el saco, dejándolo preparado para el momento de la partida. Para alivianar su carga, no guardó en él todos los libros que tenía, salvo el de Averroes. Luego se dirigió al comedor para tomar el desayuno, el joven espigado ya se encontraba sentado a la mesa.
- ¡Buen día! ¿Estás preparado para la partida? – Dijo.
El joven asintió y se sentó en la banca.
Qué extraño es el mundo que termina atando mi destino a personas que ni por casualidad imaginé cerca de mí, pensó. Pasaría muchas jornadas compartiendo el tiempo con este extraño conocido.
Juana apareció desde la cocina con leche y pan negro. Depositó los alimentos sobre las tablas y, moviendo la cabeza de un lado al otro para detectar la presencia de su padre, posó sus labios sobre los de la boca de Alonso, sin que le avergonzara la presencia del espigado.
- Si hay para todos, reparte – Dijo el mozo con una amplísima sonrisa, en un gesto totalmente diferente a la parquedad con la que se había mostrado anteriormente.
- Yo también me apunto – Expresó Guillermo al tiempo que entraba al comedor.
La muchacha se ruborizó y huyó hacia la cocina. Alonso, entendiendo el tenor de las frases escuchadas, sonrió. Fue la única sonrisa que exhibiría en ese día.
Los tres jóvenes se hicieron cargo de hacer desaparecer de la mesa los alimentos. Cuando estuvieron saciados el espigado dijo:
- Debo decirte algo Talavero, Fray Gerardo te interrogará acerca de la ausencia de Alonso en las labores. No deberá saber sobre el ataque sufrido, eso levantaría sospechas y nos relacionarían con el malvado Ordoño y todo su séquito. Vendrían a investigar, están muy severos aplicando el libro de las leyes. Deberás mentir. Perdona que te sugiera que lo hagas.
- Haré lo que fuere para proteger a mi amigo. – Replicó Guillermo.
- Puedes decir que llegó un viajero – prosiguió el joven – que le comunicó que su antiguo tutor, Onofre, se encontraba enfermo y que él decidió volver a su aldea para ayudarlo en las labores de herrería.
- De acuerdo – Dijo Guillermo.
- Te aconsejo que sea lo primero que hagas, que no esperes a que venga a preguntarte por Alonso. Ve tú donde el fraile y cuéntale, así lo verá más natural.
- Así lo haré – Dijo el talavero.
Alonso elogió en silencio la astucia de su nuevo amigo, no había pensado en eso Aún no siendo culpables, no había que dejar cabos sueltos que los hicieran víctimas de alguna injusticia. Cabía la posibilidad de que lo relacionaran con Ordoño, si desaparecía sin avisar y más si este hablara acerca de un mudo que sabía hechizos. Extraño fue que no le llamara la atención como era que el espigado conocía sobre la existencia del calatraveño.
La muchacha, sabiendo que era inminente la separación con su amado, entró en la habitación con una bolsa de lino, en la cual había queso, verduras, huevos, higos, pan y otros alimentos.
- Lleven esto para el viaje. – Dijo. La tristeza se reflejaba en sus ojos.
Alonso se puso de pie y la abrazó. Con su cuerpo parecía transmitirle a la muchacha “Todo va a estar bien, volveré en cuanto pueda”.
La joven estaba atenta a algo que a los demás no les preocupaba, por eso, cuando escuchó los pasos que provenían de la cocina, se alejó del abrazo.
Ximénez ingresó al comedor y dijo, con su vozarrón:
- La ruina golpea a mi puerta, tres pensionistas perdidos en un solo día. Son tres alfonsíes menos por mes, nada de iavolaires. –
La joven golpeó con su codo el abultado abdomen de su padre.
- ¡Auch! – Dijo el mesonero. – Está bien, no todo es dinero en la vida. Cuídense mucho jóvenes, quiero tenerlos de clientes otro día. Y tú, muchacho – Agregó dirigiéndose a Alonso. – Deberás regresar o iré a buscarte hasta allende los mares. Quiero ser abuelo algún día. –
Juana volvió a ruborizarse, el joven hizo caso omiso al comentario y estrechó la mano que Ximénez le extendía.
- ¿Puedo acompañarlos hasta el puente? – Preguntó la muchacha a su padre.
- ¿Qué cambiaría si dijera que no? Últimamente has hecho lo que se te ha dado en ganas. –
Las mejillas de la joven volvieron a teñirse de rojo por tercera vez en la mañana.
Los preparativos del viaje habían llegado a su final. Alonso se abrazó con Guillermo y se palmearon las espaldas.
- Cuídate amigo, nos volveremos a ver. – Dijo el Talavero.
El mudo dijo lo mismo pero en silencio.
El trío comenzó a caminar descendiendo por las calles toledanas. El espigado iba adelante, con paso firme y decidido. Escrutaba todos los rostros con los que se cruzaban, desde la altura de su cabeza, en busca de alguna evidencia de peligro. Sentía que todo no había terminado aún, que alguien podría estar asediándolos.
Alonso iba con Juana asida fuertemente a su brazo. La muchacha no hablaba, menos él. La tristeza los invadía, habrían podido vivir felices, el uno sin el otro, antes de conocerse; ahora era casi imposible.
No es posible anhelar lo que uno desconoce, pero cuando uno prueba el néctar ya no podrá abandonar la adicción a él, pensó el muchacho.
Casi al final del sendero descendiente, divisaron el puente de Alcántara. Lucía tan magnífico y milenario como siempre ¿Cuántas vidas habría costado su construcción? ¿Cuántos sueños cotidianos se habrían llevado sus ladrillos, para cumplir el sueño de algún poderoso?
Llegaron a él y sintieron el bramido de la continua corriente del Tajo, que se dirigía hacia el Mar da Palha. Alonso detuvo su marcha y la muchacha hizo lo mismo. Se puso frente a ella y la miró con una expresión de dulzura que solo puede generar el amor más profundo. Ella lloró en silencio. Las yemas de los pulgares del muchacho le secaron las lágrimas que pudieron, mientras le tomaba la cabeza suavemente entre sus manos.
¡Volveré! ¡Volveré! Le decía con su mirada.
Bajo la torre mudéjar selló su despedida con un beso en su boca y se alejó. Ella se quedó de pie, viéndolos, hasta que el camino recorrido los hizo desaparecer de su mirada.
La mañana no dejó de ser mustia para el muchacho, aunque ya se había levantado la neblina y el sol, con el velo con que lo cubría el otoño, brillaba todo lo que podía. Caminaron durante un par de horas, tratando de evitar lo más escarpado de los peñones. De vez en cuando se detenían a descansar.
El espigado, que casi nunca había hablado antes durante su estancia en el mesón, no paraba ahora de emitir palabras. Le contó al muchacho sobre las bellezas que había conocido en Toledo. Acerca de que hubo días en los cuales para conseguir dinero, trabajó de jornalero en la construcción de la catedral y en la sinagoga mayor y que el mismísimo Yosef Ben Shosham a veces le pagó el jornal, de su propia mano. No paró de hablar durante toda la mañana.
Cuando llegó el mediodía se detuvieron en un llano, al rayo del sol. La temperatura fresca no los obligaba a guarecerse bajos las sombras de algún árbol. Comieron algunos de lo alimentos que Juana les había preparado, saciando así su hambre.
Cuando terminaron, el espigado se puso de pie y dijo:
- Debo confesarte algo. -

miércoles, 13 de octubre de 2010

Este Jueves, relato: ACIERTOS Y EQUIVOCACIONES


“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” Sabina – 1990

La primera persona del pretérito imperfecto del subjuntivo, puede llegar a ser cargada como una cruz, toda una vida.
Si yo hubiera hecho tal cosa… Si yo hubiese dicho tal otra…
Las decisiones que son tomadas en un momento determinado solo pueden ser juzgadas, con todos los parámetros en iguales condiciones que aquel. No se puede cobrar un penal mirando la repetición de la jugada, hay que hacerlo en el momento en que se cometió.
Tampoco aquello que no tiene forma de contrastarse puede ser juzgado correctamente. Por ir por una calle lateral se puede chocar y abollar el coche.
- ¡Qué tonto! Hubiera tomado la carretera ¿Y si lo hacía y me atropellaba un camión a 100 km/h y me mataba? -
Nunca se podrá saber hacia donde conducía el camino que no se tomó.
No se debería añorar lo que nunca jamás sucedió.

lunes, 11 de octubre de 2010

Capítulo XV


La ira del calatraveño alcanzó su punto más intenso. Elevó nuevamente su espada para ejecutar a Alonso. El muchacho no se inmutó ante la amenaza y se quedó inmóvil esperando la ejecución. Ya nada le importaba en este mundo, que sentido tendría vivir con el corazón latiendo sin ton, ni son.
La punta del arma comenzó a trazar un semicírculo en el aire, pero el mandoble fue interrumpido, al tiempo que un chasquido metálico retumbó en la habitación, por una espada empuñada por un hombre que había entrado sin ser advertido.
El cambio de movimientos hizo que Ordoño girara sobre su eje y terminara casi de bruces en el suelo.
Intentó levantar la vista para ver a su atacante pero un golpe de plano, sobre su pómulo derecho, lo arrojó unos metros a su izquierda. Entre quejidos de dolor quiso ponerse de pie nuevamente. El filo de una fría hoja fue presionado contra su yugular y la advertencia de peligro lo obligó a quedarse inmóvil. Su arma, aún a unos pocos centímetros de él, estaba muy lejos de su poder.
Alonso vio toda la acción con incredulidad, ningún otro sentimiento lo invadía ¿Qué sentido tenía su salvación ahora? Pensó. Incluso tuvo pensamientos de reproche hacia el autor del tardío rescate.
- Será mejor que te quedes quieto. – Le dijo el joven espigado a Ordoño.
El espíritu guerrero del monje lo hizo desatender la sugerencia e intentar un ataque. El muchacho, con una gran destreza, giró su espada en el aire la tomó por la hoja y asestó un tremendo golpe, con la empuñadura del arma, sobre la frente del malvado. No quería matarlo. Ordoño se derrumbó desmayado.
Luego de eliminar el peligro calatraveño, se dirigió hacia Alonso quien, ante el dolor físico, la sangre perdida, la desesperación y la angustia, solo atinaba a permanecer sentado casi inmóvil. Tomó la mano inerte que yacía sobre la mesa, la acercó hacia el incompleto brazo del joven, apoyándola contra él en la posición en la que debería estar, y dijo:
- Tostecu tényeri. –
El dolor que sintió Alonso fue tan intenso como breve. Los tejidos de ambas heridas se fusionaron y, casi al instante, volvió a tener el dominio de los movimientos de su mano. La levantó y la hizo girar, mientras la miraba con incredulidad. En un repentino impulso, atacado por un pensamiento, se puso de pie y tomó al espigado de sus ropas. Con movimientos de su cabeza le señalaba el cuerpo de Juana, ordenándole que hiciera algo.
¡Revívela, revívela! Parecía decirle.
El alto joven tranquilizó al muchacho haciendo un gesto con la palma de su mano, como si también él fuera mudo. Se acercó al cuerpo de ella y, mientras le quitaba las sogas que la asían, le dijo unas palabras al oído.
Alonso alcanzó a escucharlas.
- Yatanta velna. –
Con las sogas en sus manos se dirigió hacia el cuerpo de Ordoño.
La muchacha abrió sus ojos y pestañeó unas cuantas veces, de inmediato se puso de pie. Al mismo tiempo Alonso se dirigió hacia ella y la abrazó fuertemente mientras la joven, con sus brazos caídos sobre sus costados, decía:
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –
La alegría del muchacho lo hacía llorar a raudales. La estrujó tan fuertemente que ella, apelando a fuerzas que casi no tenía, forcejeó un poco para liberarse y logró apartarlo unos centímetros.
- ¿Qué pasó? - Volvió a preguntar.
Alonso la miró a los ojos y luego la besó en la frente. No podía explicarle nada.
El alto salvador ató fuertemente las manos de Ordoño y, acercándose hacia ellos, les dijo:
- Debemos irnos de acá, no es seguro. –
Los jóvenes, embelezados el uno con el otro, muy poca atención prestaron a lo que el muchacho les dijo. Este salió de la casa, para regresar unos minutos después.
- Deben ayudarme a cargarlos, debemos irnos de aquí. – Dijo con más énfasis.
¿Cargarlos? Pensó Alonso ¿Al muerto también? ¿Lo resucitará? Se preguntó.
La pareja se sentía muy debilitada por causa de todo el sufrimiento que habían padecido. Ayudaron a cargar el cuerpo inconsciente del monje, al carro que el espigado había sacado del fondo de la casa y al que le había amarrado el caballo.
Cuando por fin lograron subir el pesado cuerpo al transporte, el alto muchacho dijo:
- ¡Vamos por el otro! –
Alonso lo siguió y vio que no ingresó en la casa para retirar el cuerpo del calatraveño muerto.
¿Cual otro? Pensó el muchacho.
Siguiendo la línea de la pared del frente, el espigado, llegó hasta la esquina y dobló dirigiéndose hacia el fondo de la casa. Cuando el muchacho también giró hacia el interior del terreno, vio que su compañero aferraba un cuerpo inconsciente, yacido sobre el suelo, e intentaba levantarlo.
- ¡Ayúdame con él! – Le dijo.
Alonso así lo hizo. Entre los dos lograron transportarlo hasta subirlo al carro. Cuando lo depositaron en él, pudo reconocerlo. Era Hamad.
Miró al espigado con asombro y este, entendiendo, le dijo:
- Ya te explicaré todo con lujo de detalles. Ahora debemos irnos. -
Antes de dejar el lugar, el alto joven, tomó una pequeña tabla que encontró en el suelo y, con la pluma que había utilizado Alonso, escribió algo en ella; luego la depositó sobre el asiento del conductor.
Ayudaron a la debilitada Juana a subir y, una vez todos arriba, emprendieron la marcha. La luna, esa noche, era tan nueva, que todavía no había aprendido a iluminar.
Por las oscuras y estrechas calles de Toledo, el carro se trasladaba sin que ningún ocasional trasnochado pudiera distinguir que transportaban dos cuerpos, sospechosamente inmóviles. Por otro lado era la víspera del Corpus Christri y no era extraño el tránsito de algún carruaje por la noche, llevando algún cabezudo que prepararían para la fiesta.
El salvador condujo, mediante hábiles movimientos de las riendas, al pesado pero dócil caballo hasta las puertas del monasterio. La pareja realizó todo el recorrido abrazada y en silencio.
Cuando llegaron a la puerta del cenobio, el conductor hizo que el carro se detuviera y dijo:
- Acá dejaremos la carga. –
Se apeó y, tomando a los prisioneros por sus ropas, hizo que cayeran al suelo, sin importarle mucho que se golpearan, y los arrastró hasta la puerta. Luego regresó al carro y tomó la tabla que había escrito, en ella podía leerse: “Para Don Pedro Yánez, maese de la orden de Calatrava. Estos son quienes están buscando. Haced justicia con ellos.”
Se subió nuevamente al vehículo y lo condujo por las oscuras y curvadas calles empedradas.
Alonso mantenía a Juana apoyada sobre su hombro, dormida. Sus pensamientos lo revolucionaban. Por un lado, los sentimientos que había sentido al perder a su amada fueron tan terribles, que supo que lo habían marcado para toda la vida. Nunca más dejaría de sentir el temor de vivir momentos así. También lo asaltaban las dudas acerca de cómo supieron sobre él y el libro los malos hombres ¿Por qué Hamad había sido atacado por el espigado? Y, sobre todo, lo invadían las dudas acerca de este ¿Quién era este hombre? ¿Cómo es que con él funcionaban los hechizos? ¿Cómo pudo llegar a rescatarlos?
El monótono repiqueteo de los cascos del caballo sobre el empedrado y el silencio de la noche y de sus acompañantes, lo inducían a enfrascarse más en sus pensamientos. De pronto el joven habló.
- Deberemos abandonar la ciudad cuanto antes. Cuando interroguen a Ordoño hablará sobre nosotros, conozco a esa clase de seres cobardes como él, que simulan valentía pero flaquean instantáneamente ante la tortura. No le creerán mucho, pero igualmente irán a buscarnos y ¿Qué podremos explicar que no nos comprometa? Debes hacerte a la idea, amigo, de que mañana dejaremos Toledo. No será por mucho tiempo, juzgarán al monje por blasfemia, lo estaban buscando. Luego de que la hoguera se apague, en poco tiempo todo estará olvidado y podrás regresar por tu mujer, a ella no la interrogaran. –
Dicho esto continuó conduciendo en silencio. Alonso deseaba hacerle numerosas preguntas. No pudo. La sensación de alivio que sentía al haberse revertido toda la desgracia sufrida, lo liberaba de cualquier sentimiento de opresión, incluso de angustiarse por tener que separarse de su amada.
Al llegar al cruce con la calle que lleva al barrio de francos, el joven hizo detener al caballo. Soltando las riendas dijo:
- Dejaremos el carro abandonado acá. Seguiremos a pie, debemos evitar que alguien nos relacione con él. -
Alonso despertó a Juana, quien titubeó un poco hasta que tomó consciencia de que ya no dormía. Todos se bajaron del vehículo y comenzaron a caminar. No fue una fácil tarea para la pareja, por la fatiga y lo irregular del empedrado. Varios minutos pasaron, entre pasos y trastabilleos, hasta que llegaron a la posada.
Cuando ingresaron en ella, encontraron a Ximénez, Guillermo y Osenda, sentados a la mesa. Con gestos de alegría y de sorpresa, se pusieron todos de pie para recibir a los recién llegados.
La imagen de la pareja no era para nada tranquilizadora, lucían abatidos y sus prendas estaban manchadas con sangre.
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? – Era lo que repetían los tres que esperaron, casi al unísono.
Ximénez abrazó y besó a su hija inmerso en una gran alegría. Guillermo hizo casi lo mismo con su amigo. El joven espigado permaneció en silencio.
Cuando el momento de excitación pasó, Ximénez trajo alimentos de la cocina. Realmente estaban hambrientos. Quien más comió fue Osenda.
Con el apetito saciado y algunas de las fuerzas recuperadas, el espigado fue quien habló. Dio una explicación a medias de lo que había sucedido, aunque obvió mencionar los hechizos, el libro y el carácter religioso de los atacantes. Mintió cuando dijo que se trataba de una banda de ladrones que estarían confundiendo a Alonso con otra persona y acerca de que él pasó por el lugar casualmente. También hizo cierto alegato acerca de su conocimiento sobre esas bandas y dijo que seguirían persiguiendo al muchacho, por lo que debería abandonar la ciudad por un tiempo. Alonso asintió cuando el muchacho terminó su narración.
La historia satisfizo a Guillermo y Ximénez, Osenda no se enteró casi de ella. Juana no dijo nada, también creyó en el relato.
Estuvieron un rato más en el comedor, hasta que cada uno se retiró a descansar.